Sin embargo, en los últimos años, ese rasgo distintivo parece diluirse frente a la sobreexposición constante de todos los políticos uruguayos en las redes sociales. Lo que nació como una herramienta legítima de comunicación directa con la ciudadanía se ha transformado, en muchos casos, en un escenario de autopromoción permanente, simplificación del debate y búsqueda ansiosa de visibilidad.
La lógica de las redes sociales impone reglas claras: mensajes breves, emociones fuertes, confrontación y presencia continua. En ese terreno, la política pierde matices. Las ideas complejas, los acuerdos trabajosos y las políticas públicas de largo plazo quedan relegados frente a la foto cotidiana, el tuit ingenioso o el video diseñado para viralizarse. La necesidad de “estar” todo el tiempo termina empujando a los dirigentes a opinar de todo, aun cuando no tengan nada sustancial para decir. El silencio, que también puede ser una forma de responsabilidad, parece hoy un pecado imperdonable.
Este fenómeno no distingue partidos ni ideologías. Oficialismo y oposición, figuras consagradas y dirigentes emergentes, todos parecen atrapados en la misma carrera por la atención. La consecuencia es una inflación de mensajes que, lejos de informar mejor, satura y confunde. Cuando todo es urgente, nada lo es; cuando todos hablan al mismo tiempo, la discusión pública se vuelve ruido.
Además, la sobreexposición erosiona la investidura del cargo. El político permanentemente disponible, opinando sobre cada tendencia o polémica del día, corre el riesgo de diluir la autoridad que su función requiere. Gobernar no es comentar la realidad, sino transformarla mediante decisiones que suelen ser impopulares, complejas y técnicamente exigentes. Las redes, en cambio, premian la reacción rápida y el aplauso inmediato.
No se trata de demonizar las plataformas digitales ni de reclamar un regreso a una política distante y hermética. Las redes pueden acercar representantes y representados, transparentar agendas y ampliar la participación. Pero cuando se convierten en el centro de la acción política, desplazan el foco de lo importante: la gestión, el debate serio y la rendición de cuentas.
Uruguay enfrenta desafíos profundos en materia de educación, seguridad, desarrollo productivo y cohesión social. Resolverlos requiere menos exposición y más profundidad; menos performance y más contenido. Tal vez sea momento de que la dirigencia política se anime a ir a contramano del algoritmo y recuerde que gobernar no es acumular seguidores, sino construir futuro.

