Hegra conserva un aura de misterio que fascinó a los primeros exploradores europeos.

Hegra

No solo los nabateos dejaron su huella. El filólogo francés Ernest Renan incorporó algunas de estas inscripciones en su obra “Vida de Jesús”, primer volumen de la Historia de los orígenes del cristianismo.

El desierto del norte de Arabia Saudita se extiende ante mí como un océano interminable de arena rojiza y rocas que se levantan en formaciones imposibles. El sol cae implacable, y cada paso cruje sobre la arena seca mientras avanzo hacia Hegra, también conocida como Mada’in Salih, la ciudad nabatea que, siglos atrás, conectaba Arabia con Petra y las rutas comerciales del Mediterráneo y Mesopotamia. Caminar aquí no es simplemente recorrer un paisaje: es atravesar capas de historia que el viento, la arena y el tiempo han dejado en silencio, inscritas en cada piedra.

Hegra conserva un aura de misterio que fascinó a los primeros exploradores europeos. Charles Montagu Doughty, un inglés aventurero del siglo XIX, fue el primero en documentar sus ruinas. Se unió a una caravana de peregrinos rumbo a La Meca, rodeado de miles de musulmanes y camellos. Armado solo con un cuaderno de notas, un cuchillo escondido bajo la manga y una curiosidad insaciable, Doughty enfrentó jornadas agotadoras, noches heladas y la constante necesidad de ganarse la confianza de los beduinos que controlaban la región. Fue él quien descubrió inscripciones en lihyanita, dadanita, nabateo y latín, mensajes grabados en piedra por comerciantes, gobernantes y tribus que habitaron esta región hace más de dos mil años.

Hoy, al recorrer Hegra, siento la misma mezcla de fascinación y vértigo que debió experimentar Doughty. Las tumbas monumentales, con sus fachadas ornamentadas, columnas talladas y motivos geométricos, reflejan la sofisticación de una civilización que supo organizar rutas comerciales, rituales religiosos y relaciones sociales con precisión sorprendente. Las inscripciones relatan nombres, tributos y ceremonias, creando un mosaico de lenguas y culturas que resistió al paso del tiempo y que hoy nos permite reconstruir la vida en este remoto oasis del desierto.

Mientras camino entre los túmulos, la arena se cuela en mis botas y el viento levanta pequeñas nubes que parecen susurrar historias de comerciantes, peregrinos y artesanos. Las sombras de las rocas al atardecer dan un aire teatral a las fachadas de las tumbas, y uno puede imaginar a los nabateos observando desde lo alto cómo sus construcciones sobrevivían al implacable clima desértico. Cada fachada tiene su sello único: figuras talladas, inscripciones cuidadosamente grabadas y elementos arquitectónicos que conectan Hegra con Petra, mostrando un intercambio cultural que cruzaba desiertos y montañas.

No solo los nabateos dejaron su huella. El filólogo francés Ernest Renan incorporó algunas de estas inscripciones en su obra “Vida de Jesús”, primer volumen de la Historia de los orígenes del cristianismo. Renan trataba los Evangelios como “biografías legendarias” y retrataba a Jesús como un revolucionario social más que como una figura divina, provocando la indignación del papa Pío IX y recibiendo el apodo de Blasfemo Europeo. Gracias a esto, Hegra pasó a ser conocida más allá del desierto, conectando las piedras del norte de Arabia con debates intelectuales y religiosos en Europa.

Mientras avanzo hacia el corazón del sitio, escuchó el crujir de la arena bajo mis pies, los ladridos ocasionales de perros que viven en las cercanías y el viento silbando entre las piedras. Cada tumba que visitó revela detalles sorprendentes: cámaras internas, nichos tallados para ofrendas, símbolos que todavía no han sido completamente descifrados. Los arqueólogos explican que cada hallazgo es una pieza de un rompecabezas más grande, que permite comprender cómo se movían las rutas comerciales, cómo vivían los habitantes del desierto y cómo se mezclaban culturas y lenguas en este enclave estratégico.

El sol desciende lentamente, tiñendo de naranja y violeta la arena y las fachadas de piedra. La temperatura baja rápidamente, y el frío del desierto me recuerda que aquí, como hace siglos, la supervivencia depende de la preparación, la paciencia y el respeto por un entorno que no perdona errores. Mientras escribo estas líneas bajo un cielo estrellado que parece derramarse sobre Hegra, pienso en los exploradores como Doughty, valiente y curioso, enfrentando caravanas, camellos y culturas desconocidas; Renan, analizando piedras y palabras desde un escritorio europeo, y los propios nabateos, que hicieron de este lugar un oasis de historia y arquitectura.

Hegra es más que ruinas; es un relato que se percibe con los sentidos. Se escucha en el viento, se toca en la textura de la roca, se huele en la tierra seca del desierto y se siente en la inmensidad del paisaje. Cada piedra tiene una historia, cada inscripción un mensaje de quienes vivieron, comerciaron y murieron aquí. Para el periodista que la visita, Hegra es una lección de paciencia, fascinación y respeto: un recordatorio de que la historia no solo se lee, sino que se experimenta.

Al caer la noche, Hegra se envuelve en silencio. Las estrellas iluminan las tumbas y caminos olvidados, y uno puede imaginar las caravanas de antaño, cargadas de especias, incienso y sueños que cruzaban rutas interminables bajo este mismo cielo. Visitar Hegra no es solo una experiencia arqueológica; es una inmersión en un tiempo donde cada piedra, cada sombra y cada inscripción conecta a los vivos con los ecos de un pasado milenario, uniendo exploradores, historiadores y viajeros modernos en un diálogo silencioso con la historia.

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