Durante décadas, la seguridad del continente americano fue interpretada desde una sola perspectiva: la de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Bajo ese prisma surgió una de las instituciones más polémicas de la Guerra Fría: la Escuela de las Américas, creada en 1946 y durante años instalada en Zona del Canal de Panamá, para luego trasladarse a Fort Benning, en territorio estadounidense.
Su objetivo oficial era formar militares latinoamericanos en tácticas de defensa y lucha contra la insurgencia. Pero la historia reveló otra dimensión. Bajo el argumento de combatir la guerrilla y frenar la expansión del comunismo —en pleno contexto de la Guerra Fría— miles de oficiales de América Latina pasaron por sus aulas. Muchos de ellos terminaron participando en golpes de Estado, dictaduras y graves violaciones a los derechos humanos en países como Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Guatemala.
La lógica que sustentaba aquella formación era clara: garantizar gobiernos alineados con la política exterior de Washington y evitar cualquier proyecto político que se apartara de su órbita de influencia. La seguridad continental, en la práctica, se convirtió en un instrumento de control político.
Décadas después, el contexto ha cambiado, pero el discurso presenta inquietantes similitudes. Hoy ya no se habla de guerrilla ni de la amenaza comunista. El nuevo enemigo es el narcotráfico, las redes criminales o el terrorismo. Con esos argumentos se promueven iniciativas regionales de cooperación militar y de seguridad que, en algunos casos, vuelven a colocar a los países latinoamericanos bajo la tutela estratégica de Estados Unidos.
El llamado “Escudo de las Américas” de Trump , una idea que aparece periódicamente en debates de seguridad hemisférica, refleja esa continuidad conceptual: una arquitectura regional diseñada para enfrentar amenazas comunes, pero cuyo centro de mando, financiamiento y planificación suele radicar fuera de la propia región.
Nadie discute que el narcotráfico es un problema real y devastador para América Latina. Tampoco que la cooperación internacional pueda ser necesaria para combatir redes criminales transnacionales. El problema surge cuando la cooperación se transforma en dependencia y cuando la seguridad se convierte en un argumento para intervenir en las decisiones internas de los países.
La experiencia histórica debería servir de advertencia. La Escuela de las Américas dejó una huella profunda en la memoria política latinoamericana, asociada a represión, autoritarismo y pérdida de soberanía. Repetir esquemas similares bajo nuevos nombres y nuevos enemigos puede resultar tentador desde la lógica geopolítica, pero difícilmente contribuirá a construir una región más democrática y autónoma.
América Latina enfrenta desafíos complejos: crimen organizado, desigualdad social, corrupción y debilidad institucional. Pero la respuesta a esos problemas no debería surgir de estrategias diseñadas desde afuera, sino de consensos regionales genuinos.
De lo contrario, la historia corre el riesgo de repetirse. Y lo que antes se justificó en nombre de la lucha contra la guerrilla podría hoy legitimarse bajo el combate al narcotráfico. Cambian las palabras, pero la lógica de la intromisión permanece.


Y dado lo cíclico de la historia –lo cual demuestra la incapacidad de aprender de los individuos y la falta de interés de las nuevas generaciones– pues los resultados serán los mismos.
Prueba de ello son los países miembros del «escudo» y la situación en la que se encuentran sus habitantes.
Desde aquí asomemos a la ventana y miremos hacia el oeste al otro lado del río, el ejemplo es tan claro que rompe los ojos, y si no creen crucen y pregúntenle a cualquier trabajador o jubilado cómo la está pasando y qué hace para sobrevivir.
Un poco más hacia el oeste, crucen los Andes y verán ya instalado al admirador y promitente continuista de Pinochet. Y la lista sigue…
Tal vez no haya dictaduras «cívico/militares» (todavía) pero sí hay dictaduras económicas y sociales y eso basta para hacer frustrante y miserable la vida de la gente común que depende de un salario o una jubilación.
Los totalitarios están a la vuelta de la esquina esperando que la gente, en su desespero, salga a las calles simplemente a decir que tiene hambre. Y ahí saldrán «las fuerzas defensoras del orden» a curtir a palos a los «insurgentes», y luego por «motivos de seguridad ciudadana» estaremos a un solo paso de que el mandamás de turno solicite «ayuda y apoyo» a los uniformados verdes para controlar la situacuón y que «la paz vuelva a las calles».
Los procedimientos y lo que suceda durante ese «proceso pacificador» pues serán desgraciados y quedarán luego bajo el tapujo traidor de alguna «caducidad» que oportunamente cerrará el libro.
Y luego ya estaremos listos para escribir otro, con nuevas gentes, nuevas situaciones y los mismos resultados.
¿Hasta cuándo?
La respuesta no la tenemos aquí sino en la larga cadena de intervencionismo histórico en este «patio trasero» del país «sánguche» entre Canadá y México. A menos que esa entidad diabólica deje de sembrar corrupción y miedo en este continente pues nada va a cambiar.
Estamos seguros de que nuestros nobles pueblos de idiosincracia pacífica –actuando fuera de la influencia de esa maléfica entidad terrorista– se desarrollarían con éxito en paz y armonía, con dedicación a su país y con respeto hacia los demás.
De momento, soñar no cuesta nada…