La apnea del sueño es una afección en la que la respiración se interrumpe repetidamente mientras se duerme. El cuerpo reacciona activando un reflejo de supervivencia que despierta a la persona para que vuelva a respirar. Eso evita la asfixia, pero fragmenta el sueño y le impide cumplir su función reparadora. Existen tres tipos, la obstructiva, la más común, causada por el bloqueo de la vía aérea superior. La central, en la que el cerebro no envía las señales adecuadas a los músculos respiratorios. Y la mixta, que combina ambas.
La apnea obstructiva ocurre cuando los músculos de la garganta se relajan durante el sueño y los tejidos circundantes presionan la tráquea, bloqueando el paso del aire. La central, menos frecuente pero no rara, se origina por una alteración en el control neurológico de la respiración.
Los síntomas incluyen pausas respiratorias que suele notar la pareja, ronquidos fuertes, despertares con sensación de ahogo o falta de aire, fatiga diurna extrema, dolores de cabeza matutinos y cambios de humor. En los niños, la presentación puede ser diferente.

El índice de apnea-hipopnea (IAH) mide la gravedad, de 5 a 14 eventos por hora es leve; de 15 a 29, moderado, y 30 o más, severo. Si no se trata, la apnea del sueño puede tener consecuencias graves. Aumenta el riesgo de hipertensión arterial, fibrilación auricular, insuficiencia cardíaca, accidentes cerebrovasculares y muerte súbita.
También provoca somnolencia diurna excesiva que incrementa el riesgo de accidentes de tránsito y laborales. La obesidad es uno de los principales factores de riesgo, aunque un tercio de los pacientes no tiene sobrepeso. El riesgo aumenta con la edad y es más frecuente en varones antes de los 50 años. Antecedentes familiares, hipertensión, agrandamiento de amígdalas y consumo de alcohol o sedantes también incrementan la probabilidad.
El diagnóstico se realiza mediante una polisomnografía, un estudio nocturno que monitorea el corazón, la respiración, los niveles de oxígeno y las ondas cerebrales. Existen versiones para el hogar, aunque con limitaciones. El tratamiento de primera línea es la presión positiva continua en la vía aérea (CPAP), que mantiene la vía respiratoria abierta durante el sueño. También se utilizan dispositivos orales, cambios posturales, pérdida de peso y, en casos refractarios, cirugía. La apnea obstructiva puede curarse con cirugía o pérdida de peso significativa.
La apnea del sueño es un trastorno frecuente, grave y tratable. Su detección temprana puede prevenir complicaciones mayores. Quienes roncan fuerte, se despiertan cansados o tienen somnolencia diurna deben consultar a un médico. El tratamiento mejora la calidad de vida y reduce el riesgo de enfermedades cardiovasculares y accidentes.
Más allá de las complicaciones cardiovasculares, investigaciones recientes han comenzado a revelar un vínculo igualmente preocupante, la apnea obstructiva del sueño se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
Los episodios repetidos de hipoxia intermitente, sumados a la fragmentación del sueño, pueden acelerar el daño cerebral vascular y neuro-degenerativo. Un metaanálisis publicado en 2025 en la revista GeroScience concluyó que los trastornos del sueño, en particular la apnea obstructiva, son factores de riesgo significativos para el declive cognitivo y la enfermedad de Alzheimer.
Además, un estudio poblacional danés de 2025 encontró que las personas con apnea obstructiva del sueño presentan un mayor riesgo de desarrollar demencia por todas las causas. Este hallazgo subraya la importancia de un diagnóstico y tratamiento tempranos, no solo para proteger el corazón, sino también para preservar la salud cerebral a largo plazo.

