Aves autóctonas como mascotas: el límite entre la costumbre cultural y la protección ambiental

El mascotismo de fauna silvestre daña los ecosistemas: el caso del tero demuestra los riesgos de criar aves nativas en cautiverio

Tener de mascotas a las aves puede ser perjudicial para su salud.

Durante décadas, la imagen de un pájaro cantando en una jaula en el patio de una casa formó parte del paisaje cotidiano en gran parte del Cono Sur. Especies nativas como el cardenal copete rojo, el zorzal, el mofeta o diversos tipos de jilgueros han sido históricamente capturadas para convivir con los seres humanos en calidad de animales de compañía.

Sin embargo, en la actualidad esta costumbre enfrenta un profundo cuestionamiento ético, biológico y legal, al tiempo que la sociedad toma mayor conciencia sobre el impacto directo que el mascotismo genera sobre los ecosistemas locales.

La tenencia de aves silvestres autóctonas como mascotas, fenómeno conocido técnicamente como mascotismo de fauna silvestre, acarrea consecuencias irreparables para las poblaciones naturales. A diferencia de las especies domésticas tradicionales, como perros, gatos, o aves criadas en cautiverio desde hace siglos como canarios y periquitos australianos, la fauna nativa no está adaptada genéticamente a la vida bajo la tutela humana ni a la restricción de su libertad.

El intento de transformar un ave autóctona en un animal de compañía genera graves problemas en múltiples niveles. En primer lugar, la extracción constante de ejemplares de su hábitat natural reduce sensiblemente las poblaciones silvestres, alterando la cadena trófica y eliminando los servicios ecológicos esenciales que prestan estas especies, entre los que destacan la dispersión de semillas, el control biológico de plagas de insectos y la polinización de plantas nativas.

A nivel individual, las aves silvestres capturadas sufren altos niveles de estrés al ser privadas de su libertad y confinadas a espacios reducidos. Esta condición deriva habitualmente en conductas estereotipadas, automutilación de plumaje, caída severa del sistema inmunitario y muertes prematuras. Desde el punto de vista normativo, las legislaciones de protección ambiental en la región prohíben taxativamente la caza, captura, transporte, comercio y tenencia no autorizada de animales silvestres nativos, constituyendo una infracción grave.

Dentro de este panorama, un ejemplo sumamente emblemático y cercano lo representa el tero (Vanellus chilensis). Por ser un ave extremadamente común en campos, canchas de fútbol, parques e incluso jardines residenciales, con frecuencia surge la tentación o la falsa creencia de que es posible mantenerlo como un animal doméstico o de alarma para vigilar los predios urbanos o rurales.

El tero es ampliamente conocido por su comportamiento territorial implacable y su característico grito de alerta. Cuando percibe la presencia de intrusos o posibles depredadores cerca de su zona de anidación, despliega una compleja estratagema defensiva que incluye llamados estridentes, vuelos rasantes de amenaza y la táctica del falso nido para distraer la atención lejos de sus huevos o pichones, sumado a los llamativos espolones óseos que posee bajo las alas.

A diferencia de lo que se suele pensar cuando se encuentra un pichón aparentemente desamparado en el pasto, intentar criar o mantener a un tero en un hogar o jardín doméstico genera serios inconvenientes. En primer lugar, el tero es un ave caminadora con altas exigencias biológicas que requiere grandes extensiones de campo abierto para desplazarse libremente a pie y buscar de forma activa insectos, lombrices y pequeños invertebrados en la tierra, algo imposible de replicar adecuadamente con alimentos comerciales.

Por otra parte, aunque se intente criar desde pequeño, el instinto territorial del Tero permanece intacto. Al llegar a la madurez reproductiva, atacará sistemáticamente a personas, niños u otras mascotas de la casa para defender lo que considera su territorio, volviéndose inmanejable en un entorno residencial. Asimismo, cabe recordar que sus pichones nacen preparados para caminar y seguir a sus padres inmediatamente, por lo que nunca están abandonados aunque no se vea a los adultos a simple vista.

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