Lula necesita hablar del futuro con la misma fuerza con que reivindica su pasado. Su trayectoria, su liderazgo y su papel en la transformación social de Brasil constituyen un capital político considerable. Pero ninguna biografía, por importante que sea, reemplaza una respuesta concreta a las preocupaciones del presente. La disputa con Flávio Bolsonaro obliga al presidente a revisar el alcance de su mensaje. La segunda vuelta del 25 de octubre enfrenta proyectos distintos, también en asuntos decisivos como la soberanía y las relaciones económicas internacionales. Sin embargo, esa diferencia necesita traducirse en consecuencias comprensibles para quien debe decidir su voto.
Lo que faltó decir con suficiente claridad en la primera vuelta es qué cambiaría en un nuevo gobierno. ¿Cuáles serán sus prioridades? ¿Qué errores reconoce? ¿Qué decisiones tomará para que el trabajo, la seguridad, la salud y la educación dejen de aparecer como promesas generales y se conviertan en compromisos verificables?. La defensa de la democracia es indispensable. Pero pierde capacidad de convocatoria cuando no explica cómo esa democracia protege al ciudadano que teme volver de noche a su casa, al trabajador cuyo ingreso resulta insuficiente o a la familia que espera atención médica. Las instituciones necesitan legitimidad cotidiana. Y esa legitimidad también se construye con servicios públicos que funcionan.
Lula debe asumir que el descontento merece ser escuchado. Sería un error interpretar toda distancia con su gobierno como ignorancia, manipulación o adhesión al autoritarismo. Hay ciudadanos que pueden rechazar al bolsonarismo y, al mismo tiempo, exigir respuestas al oficialismo. Hablarles implica reconocer sus motivos, sin descalificarlos ni reclamarles gratitud. También necesita abordar la seguridad con firmeza. La izquierda no puede dejar ese terreno a quienes ofrecen soluciones espectaculares sin explicar sus costos. Combatir el crimen organizado requiere inteligencia, investigación, control de las armas y del dinero, coordinación estatal y protección de las comunidades. Lula debe explicar cómo fortalecerá esas capacidades y cómo evaluará sus resultados.
En economía, se deben vincular las grandes cifras con la vida real. El crecimiento importa cuando abre oportunidades, mejora ingresos y permite planificar. La estabilidad importa cuando protege el salario. La política social importa cuando atiende la urgencia y amplía las posibilidades de autonomía. Ese vínculo debe ocupar el centro de su propuesta.Reconocer errores daría credibilidad a ese mensaje. Un presidente que aspira a continuar tiene la obligación de rendir cuentas, identificar lo pendiente y explicar por qué podrá resolverlo. Pedir otro mandato exige algo más que enumerar logros.
Lula debe convocar desde una propuesta que despierte confianza y esperanza. Advertir sobre su adversario forma parte de la campaña; explicar su propio rumbo constituye la responsabilidad principal.
Brasil necesita escuchar qué hará, cómo lo hará y qué está dispuesto a corregir. El pasado explica el liderazgo de Lula. El futuro debe justificar su próximo mandato.

