Cuando Erika Rodríguez llegó a Uruguay, en junio de 2018, no conocía a nadie. Había viajado desde Valencia, Venezuela, y comenzaba una nueva etapa en un país al que llegaba con muchas incertidumbres. Ocho años después, su vida transcurre entre dos emprendimientos, uno de ellos es un carro de comida ubicado sobre Bulevar Artigas de Montevideo, donde los sabores venezolanos se encuentran con el gusto de los uruguayos.
“Es muy fuerte, porque se debe comenzar de cero”, recordó. Durante sus primeros días en Montevideo se alojó en la casa de Pablo y Belkis, dos venezolanos que conoció el mismo día que llegó al país. Ellos la recibieron en una habitación que había quedado libre y ese gesto fue el inicio de una historia de amistad.
Rodríguez es administradora de empresas, mercadóloga y publicista, y en Venezuela ya había tenido su propio emprendimiento, una agencia de festejos. En Uruguay también desarrolló su perfil emprendedor. Primero abrió una estética y, hace un año, sumó una propuesta gastronómica que tenía desde hacía tiempo en la cabeza: Tropidog. La idea nació de la intención de construir un emprendimiento que no dependiera completamente de ella. La estética, explica, requiere de su presencia “al 100%”. Pero el nuevo proyecto terminó llevándola nuevamente al contacto directo con la gente, una de las cosas que más disfruta.
“Soy emprendedora de nacimiento. En Venezuela también fui emprendedora”, cuenta, y aunque pensaba que Tropidog podía ser un proyecto menos dependiente de su presencia, reconoce que terminó involucrándose de lleno. “Amo estar acá en Tropidog. El contacto con la gente de distintas nacionalidades, me gusta mucho”, señala.

Perros caliente o panchos venezolanos
La emprendedora había observado que los uruguayos se habían animado cada vez más a probar preparaciones venezolanas. Las arepas y los tequeños ya tenían un público conocido, pero ella entendió que había espacio para llevar otra parte de la gastronomía de su país a las calles de Montevideo.
“Aparte de que el uruguayo se ha atrevido a probar la comida venezolana y le ha gustado, no solamente las arepas y los tequeños, sino que veo que le gusta mucho nuestra sazón”, explica. A eso se sumó una pasión personal: cocinar. Sus amigos le insistían que debía mostrar esa faceta y finalmente decidió hacerlo a través de los perros calientes (hot dog). El resultado combina las dos tradiciones. Tropidog ofrece el pancho uruguayo, el perro caliente venezolano y una tercera opción que fusiona ambos estilos y lleva el nombre del emprendimiento.
Una de las principales diferencias está en el pan. Explica que utilizan un pan largo, suave y “calentito”, diferente al utilizado tradicionalmente para los panchos uruguayos. Buena parte de la identidad está también en las salsas: actualmente cuentan con ocho variedades y preparan otras cuatro para incorporar próximamente.
Algunas son recetas propias y dos de ellas son exclusivas de Tropidog. “Me encanta inventar, me encanta innovar”, dice la emprendedora, que además asegura ser especialmente cuidadosa con los sabores. El emprendimiento cumplirá su primer aniversario el 21 de noviembre y la celebración se extenderá durante todo el mes.
De gritar “pancho” a personalizar la atención
Los comienzos fueron artesanales. Cuando inauguró el carro todavía no estaba rotulado y los clientes no tenían claro qué se vendía allí. Recuerda que tuvo que ponerse al frente del carrito y llamar a los transeúntes. “Gritaba: ‘Pancho, pancho, pancho, perro caliente, pancho’”, cuenta entre risas.
La falta de identificación hacía que algunas personas incluso confundieran el carro con uno de churros o tortas fritas. De a poco llegaron los cambios: la rotulación y las banderas venezolanas permitieron identificar rápidamente la propuesta.
No obstante, Tropidog terminó superando ese público inicial. Los uruguayos ocupan un lugar importante, seguidos por los venezolanos, pero también hay clientes peruanos, mexicanos, dominicanos y cubanos. Esa diversidad influyó en la oferta, Erika incorporó dos salsas picantes pensando especialmente en los peruanos y mexicanos, mientras que las salsas dulces tienen buena recepción entre cubanos y dominicanos. Uno de los principales ajustes tuvo que ver con el pan. “En un principio sí tuvimos que adaptar el pan. Utilizamos el mismo pan para todos los panchos y el uruguayo me dijo: “No, queremos esto así. Y yo enseguida lo cambié”, relata y explica que escuchar al cliente es parte central del negocio. Su objetivo no es simplemente vender un producto rápido, sino “generar una experiencia de atención”.
“Esto no es comida rápida. Esto es un carro de atención personalizada”, afirma. Le gusta conocer a quienes regresan, saber qué les gusta y escuchar sus opiniones. Esa cercanía, asegura, es uno de los elementos que explica la receptividad que tuvo Tropidog.
Un pedacito de Venezuela en Montevideo
La comida también se convirtió en una manera de expresar su vínculo con Venezuela. Nunca imaginó que terminaría compartiendo su cultura a través de un carro de perros calientes. Sus profesiones y su experiencia laboral estaban alejadas de la gastronomía, pero el emprendimiento le permitió transmitir una parte de su identidad. “Yo siento que el venezolano cuando brinda una arepa, cuando brinda un poco de comida en su casa, es brindar cariño”, explica. Ese concepto está en el centro de lo que busca construir con Tropidog: no solo ofrecer un perro caliente diferente, sino compartir una parte de la cultura venezolana con quienes viven en Uruguay. “Quiero brindarles un poquito de nuestra cultura, de nuestro cariño”, sostiene. “Quiero brindarle un poquito de eso, un poquito de Venezuela, un poquito del Caribe”, afirma. De allí surge el eslogan de Tropidog: “Sabor caribeño en cada bocado”.

Emprender en la calle
Instalar un carro de comida en Montevideo también implica adaptarse a una serie de reglas. La dueña de Tropidog reconoce que uno de los desafíos ha sido trabajar dentro de las condiciones establecidas para este tipo de actividad.
“Tenemos nuestras reglas y tenemos obviamente que seguirlas”, señala. Entre ellas menciona las restricciones vinculadas a las ubicaciones, los controles bromatológicos y de la Intendencia. Su postura es clara: el objetivo es hacer las cosas bien, cumplir con las normas y avanzar “por el carril”.
La ubicación actual tampoco fue el resultado de un largo estudio de mercado. Según cuenta, surgió de una decisión espontánea. Un día salió del Shopping de Tres Cruces, observó el movimiento de personas sobre Bulevar Artigas y esquina Goe, y pensó que allí podía funcionar. En menos de dos semanas inauguró el puesto en las cercanías de la terminal de pasajeros. La ubicación permitió recibir visitantes de diferentes lugares y algunos clientes comenzaron a plantearle la posibilidad de llevar Tropidog a otros puntos de Montevideo y del país.
Por otro lado, la entrevistada admite que no es una persona especialmente afín a las fotos o los videos. Sin embargo, entendió que para un emprendimiento gastronómico actual resulta fundamental el manejo de las redes sociales.
“Estoy consciente y he aprendido que es súper y sumamente importante para cualquier emprendimiento”, sostiene. Tropidog comenzó a construir su presencia digital y, en los últimos meses, alcanzó casi 4.000 seguidores en Instagram con la cuenta Tropidog.mdv. Ahora el objetivo es continuar expandiendo el concepto. El emprendimiento ya cuenta con delivery y Rodríguez piensa en sumar otro carro. Por ahora, continúa sobre Bulevar Artigas de lunes a sábado, de 12 a 21 horas.

