Ser agnóstico no significa ser indiferente. Reconocer que no tenemos certezas sobre la existencia de Dios no nos aparta del dolor, de la esperanza ni de la necesidad de compañía. Por eso, ante la preocupación que puedan sentir los católicos por el papa León XIV, corresponde acercarnos con respeto. No hace falta rezar para acompañar a quien reza. Tampoco hace falta creer para comprender cuánto puede significar una figura espiritual en la vida de millones de personas.
La tolerancia pierde contenido cuando se limita a permitir que el otro piense distinto, pero se vuelve incapaz de reconocer sus sentimientos. Una convivencia democrática requiere algo más: escuchar, comprender y aceptar que aquello que para nosotros no tiene significado religioso puede ser, para otra persona, una fuente de consuelo. Esa diferencia merece consideración, ante la incertidumbre.
Podemos cuestionar posiciones de la Iglesia católica, discutir su historia y discrepar con sus intervenciones públicas. Ninguna de esas diferencias nos obliga a adoptar una actitud de desprecio frente a sus fieles. La crítica a una institución y la solidaridad con las personas pueden convivir. Confundirlas empobrece el debate y transforma la libertad de pensamiento en una excusa para la insensibilidad.
Para muchos creyentes, el Papa representa una referencia de unidad, una voz espiritual y un vínculo con una tradición familiar. Hay quienes encuentran en su fe fuerzas para afrontar una enfermedad, una pérdida o la soledad. No corresponde burlarse de esa experiencia ni medirla únicamente desde nuestras propias convicciones. Cada persona construye sus respuestas ante las preguntas de la existencia con sus herramientas.
También debemos cuidar las palabras. La preocupación por una figura pública no habilita a difundir rumores ni a convertir versiones sobre su salud en certezas. Acompañar a los fieles exige responsabilidad con la información. La prudencia es una forma de respeto: evita alimentar angustias y reconoce que detrás del cargo hay una persona cuya dignidad merece consideración.
La libertad de conciencia que defendemos para nosotros ampara igualmente a quienes creen. Sería contradictorio exigir respeto por nuestro agnosticismo y negárselo a una comunidad religiosa. La reciprocidad se demuestra cuando podemos tender una mano sin pedir al otro que abandone aquello que lo sostiene.
En estos momentos, los agnósticos podemos expresar cercanía, escuchar y compartir el deseo de bienestar para León XIV. Una palabra serena o un gesto sincero de compañía también tienen valor.
No renunciamos a nuestras ideas al acompañar a la gente de fe. Les damos una dimensión humana. La solidaridad no necesita una misma religión: necesita respeto.

