Las relaciones entre China y Uruguay también se construyen en las aulas, en el aprendizaje de un idioma y en los vínculos que nacen cuando dos culturas encuentran un espacio para conocerse.
Y es precisamente porque el intercambio académico abre una puerta a otra forma de acercarse que está ligada a la de quienes deciden aprender del otro y descubrir, a través de su propia experiencia, una sociedad que hasta entonces conocían por canales alternativos.
Para Lucas Rey, licenciado en Relaciones Internacionales y actual becario del Gobierno chino en la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing (Beijing Foreign Studies University), ese acercamiento comenzó en Uruguay, en 2021. Mientras iniciaba sus estudios universitarios en la Universidad de la República, se matriculó en el Instituto Confucio para aprender mandarín. En ese momento no sabía exactamente hasta dónde lo llevaría aquella decisión, pero tenía una idea bastante clara de lo que buscaba.
A los 16 años, una profesora de inglés le había preguntado qué quería hacer después de aprender el idioma. Lucas recuerda que su respuesta fue sencilla: quería poder comunicarse con la mayor cantidad de personas posible. Si el inglés le permitía hablar con una parte importante del mundo, el siguiente paso, pensó, era aprender chino.
La idea quedó dando vueltas hasta que encontró la oportunidad de ponerla en práctica. Así comenzó un camino que, cinco años después, lo llevó a estudiar en China y a experimentar de primera mano aquello que hasta entonces había conocido desde Uruguay.

Un primer acercamiento desde Uruguay
Lucas habla del Instituto Confucio como quien recuerda un lugar familiar. Allí encontró profesores chinos que, lejos de su país, compartían su idioma y su cultura con los estudiantes uruguayos. Lucas Las clases dos veces por semana no eran una carga más en medio de la carrera universitaria, sino una pausa de la rutina y una oportunidad para conocer otras formas de pensar.
Lucas nos cuenta que aprender mandarín exigió paciencia. Y es que aprender mandarín tiene lo suyo, primero llegan los tonos, que pueden cambiar el significado de una misma sílaba, y después los caracteres, que requieren horas de práctica y memoria. Pero con el tiempo descubrió que dominar las estructuras del idioma era apenas una parte del desafío.
En una sociedad donde el contexto y los gestos también forman parte de la comunicación, entender una frase puede exigir mucho más que conocer su traducción.
Ahora, en Beijing, practica mandarín de manera intensiva, y qué decir que es el único latinoamericano del grupo. Aquí la experiencia es distinta a la de Uruguay, pues ya no se trata solamente de aprender un idioma, sino de utilizarlo todos los días para desenvolverse en un entorno nuevo.
Lucas menciona el guanxi, relacionado con las redes de relaciones personales, y el mianzi, asociado con la reputación y el respeto social. Son nociones que, a su juicio, ayudan a comprender por qué la confianza y la construcción de vínculos tienen tanto peso en las relaciones personales y profesionales.
“En Occidente solemos ir directo al punto. Acá se cultiva el vínculo, el respeto y la confianza antes de ir directo al negocio”, relata.
No significa que una cultura sea mejor que otra, aclara, sino que existen maneras distintas de relacionarse. Para entenderlas no basta con estudiar sus códigos sino que también hay que observar, escuchar y aprender de los errores.
Aprender China desde adentro
Vivir en Beijing también le ha permitido revisar algunas ideas que tenía antes de viajar. Desde Uruguay, su acercamiento a China pasaba por libros, artículos académicos, medios de comunicación y materiales traducidos. Ahora, en cambio, conoce el país a través de sus rutinas, de las conversaciones y de las pequeñas situaciones que aparecen cada día.
“Una de las cosas que más me sorprenden es la convivencia entre tradición y modernidad”, cuenta. A su alrededor, la tecnología forma parte de actividades tan comunes como pagar una cuenta, pedir comida o trasladarse por la ciudad. Aplicaciones como Alipay y WeChat concentran buena parte de esas operaciones. “Desde que he llegado no he visto un solo billete y me he manejado solo con el celular”, cuenta, todavía sorprendido por la facilidad con la que puede resolver muchas tareas cotidianas.
También relata que ha descubierto una sociedad más diversa de lo que imaginaba, con diferencias regionales, generaciones con experiencias distintas y realidades que no pueden resumirse en una sola imagen del país.
En ese proceso, el idioma se ha convertido en una herramienta para acercarse a las personas. Muchos se sorprenden al encontrarse con un uruguayo que puede comunicarse en su lengua y enseguida quieren saber más sobre Uruguay. El fútbol suele ser un punto de partida para esas conversaciones, una referencia compartida que facilita el encuentro entre dos lugares geográficamente distantes.
También aparecen las diferencias culturales. Lucas señala el valor que se concede en China a la puntualidad, la planificación y el respeto por las jerarquías, frente a una forma de relacionarse que en Uruguay suele ser más informal y directa. Son detalles que pueden parecer menores, pero que cobran importancia cuando se estudia, se trabaja o se intenta establecer vínculos en otro país.
El intercambio como parte de la relación bilateral
La experiencia de Lucas también plantea una cuestión que va más allá de su trayectoria personal: qué lugar ocupa el intercambio educativo en las relaciones entre China y Uruguay.
China es el principal socio comercial de Uruguay, una relación que abre oportunidades en ámbitos que exceden las exportaciones tradicionales. Para Lucas, formado en Relaciones Internacionales, el desafío consiste en ampliar esos vínculos hacia sectores como la educación, la tecnología, los servicios, la cultura y la cooperación académica.
En ese escenario, conocer el idioma y los códigos culturales puede marcar una diferencia. No es necesario que todas las personas que trabajen con China se conviertan en especialistas en su historia o su lengua, sostiene, pero sí considera importante que quienes se desempeñen en áreas como el comercio, la diplomacia, el turismo o la investigación cuenten con herramientas para comprender mejor a sus interlocutores.
El intercambio académico contribuye precisamente a eso. Las becas, los programas universitarios y los cursos de idioma permiten que estudiantes de ambos países entren en contacto, construyan redes y desarrollen una mirada más cercana sobre la realidad del otro.
A su vez, vivir y estudiar en un entorno internacional permite conocer a personas de otros países que llegan con inquietudes similares. Para Lucas, esos encuentros amplían la perspectiva y dejan vínculos que pueden resultar valiosos mucho después de terminar los estudios.
Su mirada sobre la relación bilateral combina, por tanto, las oportunidades con los desafíos. Considera que Uruguay puede profundizar sus vínculos con China, diversificar sus intercambios y generar más oportunidades en sectores de mayor valor agregado. Pero entiende que avanzar en esa dirección requiere conocer mejor al país asiático, sin reducirlo a su peso económico o a su capacidad industrial.
China, recuerda, tiene una historia extensa, culturas regionales diversas y una sociedad en constante transformación. Acercarse a esa realidad exige tiempo, curiosidad y disposición para revisar las ideas preconcebidas.
Cuando comenzó a estudiar mandarín en Uruguay, Lucas no sabía con certeza que terminaría viviendo en China. Su recorrido fue el resultado de la perseverancia, las oportunidades académicas y una curiosidad que se había despertado años antes, en aquella conversación con su profesora de inglés.
Hoy considera que aprender chino ha sido una de las decisiones más importantes de su vida y de su carrera. No solo porque le permite comunicarse con más personas, sino porque ha modificado su forma de interpretar las relaciones internacionales y de acercarse a una cultura diferente.
Desde Beijing, su experiencia también deja una reflexión sobre los límites de conocer un país a distancia. Los libros y los estudios siguen siendo necesarios para comprender su historia, su política y su economía, pero no sustituyen el contacto con quienes viven allí ni la experiencia de participar en su vida cotidiana. Por eso afirma una y otra vez que “China se entiende mejor viviéndola”.



