Durante años, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea fue un expediente dormido. Un proyecto que parecía destinado a acumular polvo en los archivos diplomáticos. Pero el mundo cambió, y lo hizo de una manera tan abrupta que hoy el pacto vuelve a escena con un significado completamente distinto. Ya no se trata de un tratado comercial más: es una negociación sobre el lugar que América del Sur ocupará en el nuevo orden global.
En un planeta donde las potencias utilizan la energía, la infraestructura y la tecnología como armas de presión, el acuerdo Mercosur–UE se convirtió en una discusión sobre soberanía. No sobre aranceles.
Europa: una potencia atrapada entre gigantes
La Unión Europea llega a esta negociación en una posición incómoda. Durante décadas se pensó a sí misma como una superpotencia normativa, capaz de influir en el mundo a través de reglas, estándares y regulaciones. Pero ese modelo está en crisis.
Europa enfrenta una doble vulnerabilidad:
- Dependencia tecnológica de Estados Unidos: la nube, la inteligencia artificial y los chips que sostienen su economía están en manos de empresas norteamericanas. Europa regula tecnologías que no controla.
- Fragilidad energética: la pérdida del gas ruso y la creciente influencia de Washington sobre las reservas de hidrocarburos en América la dejaron expuesta. Su industria pesada está pagando el precio.
A esto se suma un tercer golpe: la irrupción de China en el vehículo eléctrico, que amenaza con desplazar a la industria automotriz europea, uno de los pilares de su poder económico. Bruselas necesita mercados, minerales críticos y un espacio donde su poder normativo siga teniendo sentido. Y ahí aparece el Mercosur.
Mercosur: un bloque fracturado entre la ideología y el pragmatismo
Si Europa llega debilitada, el Mercosur llega dividido. No por diferencias menores, sino por visiones opuestas sobre cómo insertarse en el mundo.
- Argentina, bajo Javier Milei, adoptó un alineamiento automático con Estados Unidos e Israel. Es una “monogamia ideológica” que reduce su margen de negociación y ve al Mercosur como un obstáculo más que como una plataforma.
- Brasil, con Lula, juega otra partida: la “poligamia de Estado”. Itamaraty busca equilibrar a China, Estados Unidos y Europa para maximizar su autonomía. Para Brasil, el Mercosur es indispensable.
- Uruguay se mueve con audacia normativa. Su capacidad de innovar en políticas públicas le dio una credibilidad técnica que hoy lo convierte en un actor inesperadamente influyente.
- Paraguay dejó de ser un país periférico: su energía hidroeléctrica lo posiciona como una potencia verde en un mundo que necesita electricidad limpia para producir.
El Mercosur no es un bloque homogéneo. Es un rompecabezas político que necesita una estrategia común para no quedar atrapado entre las grandes potencias.
Un mundo de cuatro hegemonías
El acuerdo se negocia en un escenario donde conviven cuatro formas de poder:
- Estados Unidos, dueño de la infraestructura digital y del poder militar.
- China, dueño de la infraestructura física y de la transición industrial.
- Rusia, dueño de la energía y de los corredores estratégicos euroasiáticos.
- Europa, dueña de las normas… pero con dificultades crecientes para imponerlas.
En este contexto, el riesgo es claro:
Que el Mercosur termine siendo una reserva extractiva de alta tecnología para Europa.
Y que Europa termine siendo un museo regulatorio sin industria propia.
La geometría variable: la única salida posible
Para que el acuerdo tenga sentido, el Mercosur necesita abandonar la lógica de “todos juntos o nada” y adoptar una geometría variable, donde cada país aporte su fortaleza específica:
- Brasil debe exigir transferencia tecnológica real.
- Uruguay puede liderar la certificación y los estándares regionales.
- Paraguay debe convertir su energía limpia en un imán para inversiones industriales.
- Argentina debe aportar previsibilidad institucional y equilibrio diplomático.
No se trata de romper el bloque, sino de hacerlo más inteligente.
La pregunta de fondo: ¿qué quiere ser América del Sur?
El acuerdo Mercosur–UE es más que un pacto comercial. Es un examen histórico.
La región debe decidir si quiere ser un actor con voz propia en el nuevo orden global, o bien un proveedor de materias primas para la transición verde de otros.
La soberanía del siglo XXI no se ejerce desde el aislamiento ni desde la sumisión, sino desde la capacidad de moldear interdependencias. El desafío no está en Bruselas ni en Washington: está en la capacidad de los países sudamericanos para construir un proyecto común que supere los ciclos ideológicos y piense en el largo plazo.
Si no lo hacen, el acuerdo será solo otro capítulo en la larga historia de oportunidades perdidas.


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