El periodismo político uruguayo atraviesa un momento decisivo. En un país con una larga tradición democrática, instituciones estables y una ciudadanía altamente politizada, resulta paradójico que gran parte de las entrevistas al sistema político se queden en la superficie. Declaraciones previsibles, cruces de consignas y titulares diseñados para el impacto inmediato han ido desplazando a un ejercicio periodístico que debería ser, ante todo, una herramienta de comprensión y control del poder.
La entrevista política no es —o no debería ser— un simple trámite para que el entrevistado reafirme su relato. Cuando las preguntas se limitan a pedir opinión sobre la coyuntura del día, a reproducir la lógica del conflicto partidario o a buscar la frase polémica, el periodismo renuncia a su función central: incomodar, profundizar y revelar. El resultado es una conversación circular en la que los actores políticos dicen lo que ya dijeron, el público escucha lo que ya sabe y los problemas estructurales quedan intactos, fuera de foco.
Hacer preguntas más profundas implica preparación, tiempo y, sobre todo, decisión editorial. Significa ir más allá del “¿qué opina?” para avanzar hacia el “¿por qué?”, el “¿cómo?” y el “¿con qué consecuencias?”. Supone confrontar promesas con resultados, discursos con datos, y coyunturas con procesos de largo plazo. En Uruguay, donde muchas políticas públicas se sostienen durante décadas más allá de los gobiernos, la falta de preguntas estructurales empobrece el debate democrático.
También implica asumir riesgos. Las preguntas incómodas pueden tensar la relación con las fuentes, generar silencios o respuestas evasivas, e incluso provocar costos políticos o comerciales para los medios. Pero sin ese riesgo, el periodismo se transforma en una extensión pasiva del sistema que debería examinar. La credibilidad no se construye con acceso privilegiado, sino con independencia intelectual y rigor.
Además, en un contexto de sobreinformación y desconfianza creciente, el público demanda algo más que declaraciones cruzadas. Quiere entender cómo se toman las decisiones, quiénes se benefician, quiénes quedan afuera y qué intereses están en juego. Si el periodismo no ofrece esas claves, otros actores —redes sociales, opinadores sin responsabilidad editorial, desinformación organizada— ocupan ese espacio.
La necesidad de preguntas más profundas no es un reproche individual a los periodistas, sino un desafío colectivo del ecosistema mediático uruguayo. Redacciones con menos recursos, tiempos de producción acelerados y lógicas de audiencia basadas en la inmediatez conspiran contra la profundidad. Sin embargo, justamente por eso, apostar a entrevistas más exigentes es también una forma de diferenciarse y recuperar valor público.
El periodismo político uruguayo tiene el capital profesional y la tradición para dar ese paso. Profundizar no es ser hostil; es ser responsable. Preguntar mejor no debilita la democracia: la fortalece. Porque una democracia madura no le teme a las preguntas difíciles, y un periodismo a la altura de su tiempo no debería temer hacerlas.

