No se trata de negar los avances logrados ni de desconocer la complejidad de gobernar.
Se repiten advertencias sobre “amenazas ideológicas”, se magnifica el conflicto cultural y se promete orden, mientras se evita un debate profundo sobre empleo, política fiscal, educación o desarrollo productivo.
La independencia de nuestra América Latina es un derecho irrenunciable; no permitiremos que intereses externos amenacen nuestra autodeterminación, nuestra cultura ni nuestro futuro.
La izquierda chilena llegó al poder con un capital simbólico enorme. Encarnaba la promesa de cambio tras el estallido social, la superación del modelo heredado de la dictadura y la construcción de un Estado más justo, inclusivo y moderno.
Estaríamos, posiblemente, frente a una “gran” divergencia entre izquierda y progresismo.
