El 6 de enero de 2021 no fue un estallido espontáneo de violencia ni una protesta que se salió de control. Fue la consecuencia directa de una estrategia política deliberada impulsada por Donald Trump para desconocer el resultado de una elección democrática que había perdido. Durante semanas, el entonces presidente de Estados Unidos sembró la idea de que había habido un fraude masivo, sin aportar pruebas, utilizando el peso de la presidencia para erosionar la confianza pública en el sistema electoral.
Trump no solo denunció el resultado: organizó, convocó y alimentó la movilización que desembocó en el asalto al Capitolio. A través de redes sociales, discursos y apariciones públicas, llamó a sus seguidores a viajar a Washington el día en que el Congreso debía certificar la victoria de Joe Biden. La consigna era clara: impedir que se concretara la transición de poder. “Si no luchan como el demonio, no van a tener un país”, les dijo desde el escenario, horas antes de que la multitud marchara hacia el Parlamento.
Ese mensaje no fue una metáfora. Fue una incitación. Trump sabía que estaba hablando a una base radicalizada, convencida de que la elección había sido robada. En lugar de apaciguar, eligió encender. Cuando la violencia comenzó, no actuó para detenerla. Durante horas observó cómo el Capitolio era invadido, legisladores evacuados y la institucionalidad estadounidense humillada ante el mundo.
Incluso mientras la policía luchaba por recuperar el control, Trump seguía justificando a los atacantes, clasificándolos como “gente muy especial” y reiterando sus mentiras sobre el fraude. Recién cuando el desastre era irreversible emitió un mensaje ambiguo, pidiendo calma sin retractarse de la narrativa que había provocado el caos.
El asalto al Capitolio no fue solo un ataque físico a un edificio: fue un intento de golpe político. Buscaba impedir la certificación de un resultado legítimo y forzar una continuidad ilegal en el poder. Trump no fue un espectador: fue el arquitecto de la desestabilización.
Lo ocurrido marcó un antes y un después en la democracia estadounidense. Demostró que incluso las instituciones más antiguas pueden ser vulnerables cuando un líder decide poner su ambición personal por encima de la Constitución. La lección es clara y universal: cuando se normaliza la mentira desde el poder, la violencia no tarda en aparecer.
Trump convirtió una derrota electoral en una crisis institucional. Y el precio lo pagó la democracia.


Qué raro, lo mismo que hizo Bolsonaro después… Y acusan a Maduro?
Donald Hitler Trump!
Así pienso
Viendo a esos tres primeros desforestados de materia gris ya me imagino al resto de votantes que tiene. Es capaz de llevarnos a una confrontación mundial este narcisista.