El Castillo de los Tres Reyes del Morro

 La puerta de entrada al pasado colonial de Cuba.

Para el viajero contemporáneo, el Morro va más allá de una parada turística: es un portal al pasado colonial de Cuba. Cada espacio, cada muro, y cada cañón representa una epopeya de defensa y resistencia. Sin embargo, aquí la historia no se lee, -se camina, se toca, se vive-.

A la entrada de la bahía de La Habana, donde la historia se levanta en piedra, se erige el Castillo de los Tres Reyes del Morro, no solo como una fortificación, sino como guardián de cinco siglos de memoria. Esta obra de ingeniería militar, es conocida entre las joyas mejor preservadas de la arquitectura colonial en América, que actualmente trasciende su función original, para convertirse en un museo que guarda historias de conquistas.
El castillo relata lo que comenzó en 1589 de la mano del ingeniero italiano Battista Antonelli, y que hoy se observa a través de las salas que muestran desde los planos originales de la construcción hasta objetos conservados de la época. Sin embargo, su valor no reside en lo que exhibe, sino en lo que representa: un símbolo de identidad, y un testimonio de cómo La Habana, -como bien diría Jose Martin Felix de Arrate-, se convirtió en llave del Nuevo Mundo».

Viaje a la historia

El acceso al castillo en sí mismo ya representa la primera experiencia. Los visitantes atraviesan un túnel que te transporta hacia la Cuba del siglo XVI. Asimismo, en su interior, techos de ladrillo y paredes de cantera, pequeños pasadizos, con la altura de una persona promedio, conectan las naves donde se muestran instrumentos taínos y armas de la toma de La Habana, hasta reliquias de la colonización española.

Sin lugar a dudas, uno de los mayores atractivos turísticos del Morro son las vistas panorámicas que ofrece. Al ascender por su rampa hasta el nivel superior, podemos disfrutar de una visión de 360 grados a una altura de 44 m sobre el nivel del mar. ¿Qué observamos desde este punto? Hacia el norte, el Océano Atlántico, enmarcado por los cañones y garitas que defendían la ciudad. Desde el noreste al sureste, se divisan La Habana del Este, la Fortaleza de La Cabaña y la Villa Panamericana. Hacia el sur, el mosaico de edificios antiguos y modernos del Casco Histórico de La Habana Vieja y hacia el sureste, el emblemático malecón habanero que se extiende bordeando la costa.

La fortaleza, con sus baluartes, fosos, aljibes y calabozos, fue la principal custodia de La Habana hasta la construcción de La Cabaña. Hoy, tras un meticuloso trabajo de restauración liderado por la Oficina del Historiador de la Ciudad desde 1990, el castillo bulle con una animada vida cultural. Sus salones funcionan como galerías y sus antiguas baterías albergan restaurantes como «Los Doce Apóstoles»y «La Divina Pastora», que ofrecen una exquisita gastronomía.

El Faro como testigo de una ciudad

El faro es considerado un símbolo inseparable de la Habana, pues la acompaña desde 1845. Aunque se incorporó posteriormente a la fortaleza, su luz guió a generaciones de navegantes. El Faro del Morro, se encendió por primera vez, durante el cumpleaños de la Reina María Cristina de España y una curiosidad interesante es que tiene un código lumínico propio. Asimismo, emite dos destellos cada 15 segundos lo que ayuda a los marineros a identificar que están cerca de La Habana.

El Faro, junto con el Castillo de los Tres Reyes del Morro, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Esta distinción reconoce su valor histórico, arquitectónico y cultural.

El verdadero encanto del Castillo de los Tres Reyes del Morro —y lo que lo distingue de otros sitios históricos— es su capacidad para conecta al visitante con el pasado. Contemplar desde allí el malecón, la ciudad y el mar abierto es recibir una clase de historia con la brisa del Caribe de fondo. Un recorrido por este castillo se siente y se lleva dentro como una de las memorias más auténticas de Cuba.

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