Las instituciones de beneficencia ocupan un lugar especial en la vida social. Se sostienen sobre un valor esencial: la confianza. Confianza de quienes donan, de quienes colaboran y, sobre todo, de quienes encuentran en ellas un espacio de contención, ayuda o protección. Por eso, cuando esa confianza es vulnerada desde adentro, el daño no es solo individual: es profundamente colectivo.
En los últimos tiempos han salido a la luz casos en los que personas con antecedentes graves —vinculados a conductas inmorales, abusos o incluso delitos de índole sexual— ocuparon cargos de dirección o presidencia en organizaciones benéficas. No se trata de hechos aislados ni meramente anecdóticos. Se trata de fallas estructurales en los mecanismos de control, en los procesos de selección y, en muchos casos, en la propia cultura institucional.
Resulta difícil comprender cómo entidades cuya misión es proteger, asistir o acompañar a sectores vulnerables pueden no contar con protocolos rigurosos para verificar los antecedentes de quienes las conducen. No es solo una omisión administrativa: es una negligencia ética. La ausencia de controles adecuados abre la puerta a situaciones de abuso de poder, manipulación y daño, especialmente cuando las víctimas potenciales son personas en situación de vulnerabilidad.
El problema no radica únicamente en la falta de verificación formal de antecedentes judiciales. También hay una dimensión más profunda: la tendencia a priorizar trayectorias públicas, contactos o prestigio social por encima de evaluaciones integrales de idoneidad y conducta. En algunos casos, incluso, se impone una lógica de silencio o encubrimiento cuando surgen denuncias, con el objetivo de preservar la imagen institucional.
Esa actitud no solo agrava el problema, sino que lo perpetúa. Cuando las organizaciones eligen mirar hacia otro lado, se convierten —aunque sea indirectamente— en parte del daño. La protección de la reputación nunca puede estar por encima de la protección de las personas.
La consecuencia es devastadora. Cada caso que sale a la luz erosiona la credibilidad de todo el sistema de beneficencia. Quienes necesitan ayuda pueden sentir temor o desconfianza. Quienes aportan recursos pueden retraerse. Y quienes trabajan con vocación genuina dentro de estas instituciones ven afectada la legitimidad de su tarea.
La respuesta no puede ser reactiva ni limitada a sanciones una vez que el daño ya está hecho. Es imprescindible avanzar hacia estándares mucho más exigentes de gobernanza. Esto implica procesos de selección transparentes, verificación exhaustiva de antecedentes, mecanismos de denuncia accesibles y seguros, y auditorías periódicas que no dependan exclusivamente de la buena voluntad interna.
También implica un cambio cultural. Entender que el poder dentro de una organización de beneficencia no es un privilegio, sino una responsabilidad que exige integridad absoluta. Y que esa integridad debe ser comprobable, no presumida.
Las instituciones que trabajan con la confianza de la sociedad no pueden permitirse zonas grises. La legitimidad se construye todos los días, pero puede perderse en un instante. Y cuando eso ocurre, no solo cae una persona o una organización: se resiente un entramado social que, justamente, existe para cuidar a quienes más lo necesitan.


Que embole hablar al aire sin identificar a quien va dirigido.
Va al Paetido Socialista? Debería ir dirigido a todo el FA.
Ejemplos de poner gente inservible en roles para los que no esta preparados es el MTOP con Lucia Echeverry, IM con Erlich, Olivera, Cosse (NEFASTOS); OSE con el comodin de Pablo Ferreri, etc.
Pasquín de Cutcsa, Tenfield, Saceem, en definitiva del Frente Amplio, hable con profundidad y caramente a quien va.
Que te Paso??? Estas muy TENSO por El Encarcelamiento de Tu LIDER POLITICO en Bolivia??…los NARCO-PILLOs son muy triste….
Se refiere no sólo a instituciones políticas sino también sociales
En el INAU se pide antecedentes judiciales y deberían pedirlas a todos