57 años después del histórico alunizaje de Neil Armstrong, la humanidad vuelve a la órbita lunar. A diferencia de 1969, en esta ocasión los astronautas no salieron de la nave ni pisaron la superficie. Sin embargo, esta nueva expedición representa un paso clave en el camino hacia futuras misiones tripuladas y un regreso sostenido a la Luna.
El programa Apollo 11 permitió a Estados Unidos imponerse en la carrera espacial. En plena Guerra Fría, el objetivo era llegar antes que la Unión Soviética, y con la llegada del hombre a la Luna y la plantación de la bandera, la meta política y simbólica quedó prácticamente cumplida. Hoy, con el programa Artemis, la estrategia es diferente: no solo regresar, sino construir infraestructura sostenible en el satélite que sirva como plataforma para futuras misiones al espacio profundo.
Con casi seis décadas de diferencia, la tecnología ha evolucionado a pasos agigantados, y un ejemplo claro se observa en las naves utilizadas. En Apolo se empleó el Saturno V, un cohete desechable de aproximadamente 110 metros de altura, diseñado para misiones específicas y de corta duración, por lo que cada lanzamiento era único.
En cambio, el Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), utilizado en Artemis, está concebido para misiones más largas y complejas, con una arquitectura más flexible y una configuración modular que incluye dos propulsores sólidos laterales.
Estos avances también permiten ampliar el conocimiento sobre la Luna y su entorno. A diferencia de lo que suele creerse, las misiones Apolo no se limitaron únicamente a la cara visible, ya que también orbitaron el satélite y pasaron por su cara oculta. Sin embargo, el Apolo también lo hizo a distancias más cercanas, logrando avistar parte de la misteriosa cara oculta, las circunstancias del sobrevuelo de Artemis II presentan algunas diferencias significativas.
En estas trayectorias, tanto en el pasado como en la actualidad, es habitual perder comunicación durante varios minutos con el centro de control en Houston debido a la interferencia del propio cuerpo lunar.
El regreso a la órbita lunar marca así una nueva etapa en la exploración espacial. Más allá de repetir los logros del pasado, el objetivo actual es validar tecnologías, ensayar maniobras y preparar el terreno para futuras misiones tripuladas que vuelvan a intentar el alunizaje.

No obstante, también persisten cuestionamientos en algunos sectores, que señalan que, pese a los avances tecnológicos, aún no se ha buscado “superar” la hazaña de 1969 en términos simbólicos. Aun así, más allá de estas discusiones, el programa Artemis representa un nuevo hito en la historia de la exploración humana.
Durante su viaje, la nave Orión fue diseñada para realizar pruebas clave en condiciones reales del espacio profundo, acumulando información fundamental para los próximos pasos del programa. Según el cronograma actualizado, las futuras misiones buscarán concretar un nuevo alunizaje tripulado en los próximos años.
La estrategia actual prioriza la validación de procedimientos y tecnologías, con el objetivo de que la humanidad regrese a la Luna con mayores niveles de seguridad y pueda, a largo plazo, consolidar una presencia sostenible más allá de la Tierra.


No pueden solucionar los problemas en la tierra y piensan en bajar en la luna, no sobrevive en el espacio está especie humana la radiación la destruye.