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No son solo memoria

Desde el fondo de la historia cada día ellos emergen como un faro a la dignidad y la lucha.

El 20 de mayo de 1976 no es una fecha más en el calendario de la historia uruguaya. Es una herida abierta que atraviesa generaciones, una marca indeleble que recuerda hasta dónde puede llegar el terrorismo de Estado cuando se despoja de todo límite ético y legal. Ese día, en Buenos Aires, fueron asesinados Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, dos figuras centrales de la vida política nacional, junto a los militantes William Whitelaw y Rosario Barredo y en un hecho paralelo el secuestro de Manuel Liberoff. No fue un crimen aislado. Fue un mensaje. Fue parte de un engranaje represivo regional que hoy conocemos como el Plan Cóndor.

Michelini, periodista , senador antes del golpe de  estado  y  dirigente del Frente Amplio, había hecho de la denuncia internacional una herramienta clave contra la dictadura uruguaya. Su voz, incómoda para el poder, resonaba en foros internacionales donde advertía sobre la sistemática violación de los derechos humanos en su país. Gutiérrez Ruiz, por su parte, simbolizaba la institucionalidad quebrada: había sido presidente de la Cámara de Diputados al momento del Golpe de Estado en Uruguay de 1973, y su figura encarnaba la legitimidad democrática interrumpida por la fuerza. Ambos estaban exiliados en Buenos Aires, creyendo —como tantos otros— que el exilio ofrecía una protección relativa. Pero en aquellos años oscuros, las fronteras eran apenas una ficción frente a la coordinación represiva del Cono Sur.

El hallazgo de sus cuerpos, acribillados y abandonados dentro de un automóvil, tuvo un impacto que trascendió lo nacional. No solo sacudió a Uruguay, sino que expuso ante el mundo la existencia de un sistema clandestino de persecución política que operaba con precisión y brutalidad. La represión ya no se limitaba a los márgenes territoriales de cada dictadura: se había convertido en una red transnacional de inteligencia, secuestro y asesinato. En ese contexto, el Plan Cóndor dejó de ser una hipótesis para transformarse en una evidencia histórica irrefutable.

La historia de William Whitelaw y Rosario Barredo está entrelazada con uno de los episodios más oscuros del siglo XX en el Cono Sur. Sus nombres, muchas veces opacados por la notoriedad pública de otras figuras, forman parte esencial de la memoria colectiva sobre el terrorismo de Estado y la coordinación represiva que caracterizó al Plan Cóndor.

Ambos eran militantes políticos uruguayos que, como tantos otros, se vieron forzados al exilio tras el avance de la represión en su país luego del Golpe de Estado en Uruguay de 1973. En busca de refugio, se trasladaron a Buenos Aires, una ciudad que en ese momento se había convertido en destino de cientos de exiliados políticos de la región. Sin embargo, lo que parecía un espacio de relativa seguridad pronto se transformó en una trampa mortal.

La crónica de sus últimos días se inscribe en una lógica de persecución sistemática. En mayo de 1976, en plena consolidación de la dictadura argentina tras el golpe de ese mismo año, los servicios de inteligencia y fuerzas represivas intensificaron la caza de opositores extranjeros. Uruguayos, chilenos, bolivianos: nadie estaba fuera del alcance de una maquinaria que operaba sin fronteras.

Whitelaw y Barredo fueron secuestrados en un operativo clandestino. No hubo orden judicial, no hubo registro oficial. Solo la violencia ejercida en las sombras. Como en tantos otros casos, el procedimiento combinó inteligencia previa, vigilancia y ejecución rápida. Las víctimas eran señaladas, localizadas y capturadas en cuestión de horas. Luego, el silencio.Aparecieron sus cuerpos junto a Michelini y Gutierrez Ruiz.

Cabe destacar que Manuel Liberoff fue secuestrado en Buenos Aires el 20 de mayo de 1976, era médico, comunista, luchador por la democracia y la libertad.

El 30 de octubre de 1973 la dictadura decretó su expulsión a la Argentina, que se concretó el 7 de noviembre de 1973, por “conducta antinacional”, luego de tenerlo detenido, aislado, en un cuartel del kilómetro 14 de Camino Maldonado.

En Argentina  revalidó su título, trabajó como médico, militó en la solidaridad con aquellos que mantenían la lucha contra la dictadura en Uruguay, encabezada por Juan María Bordaberry, y siguió practicando la medicina con los mismos principios que hoy reconocen sus vecinos y pacientes.Su secuestro y desaparición, en el marco del Plan Cóndor, se produjo de su domicilio en la calle San Martín 2610 – primer piso, en Buenos Aires.

Recordar este episodio no es un gesto meramente conmemorativo. Es, ante todo, un acto político en el sentido más profundo del término. La memoria, lejos de ser un ejercicio pasivo, es una práctica activa que interpela al presente. Nos obliga a confrontar no sólo lo ocurrido, sino también las condiciones que lo hicieron posible: el autoritarismo, la intolerancia, la deshumanización del adversario político. En ese sentido, cada evocación del 20 de mayo es también una advertencia.

A  cincuenta años de aquellos hechos, Uruguay ha avanzado en la reconstrucción de su verdad histórica, pero ese camino ha estado lejos de ser lineal. La aprobación de normas como la Ley de Caducidad marcó durante décadas un límite a la acción judicial, consolidando espacios de impunidad que recién comenzaron a resquebrajarse con el tiempo y la presión social. Las causas vinculadas a crímenes de la dictadura han enfrentado obstáculos persistentes: falta de información, pactos de silencio, resistencias institucionales y, en muchos casos, el paso inexorable del tiempo que amenaza con clausurar la posibilidad de justicia.

En el caso de todos los secuestrados en esa fecha y asesinados como desaparecidos trasciende el trágico final. Representan una forma de hacer política basada en el compromiso ético, en la defensa irrestricta de las libertades públicas y en la convicción de que la democracia es un valor irrenunciable. En un contexto contemporáneo donde la desafección política, la polarización y la circulación de discursos que relativizan el pasado ganan terreno, sus legados adquieren una vigencia renovada. No se trata de idealizar el pasado, sino de recuperar referencias que permitan orientar el presente.

También es imprescindible comprender que estos asesinatos no fueron excepciones, sino parte de un patrón sistemático de violaciones a los derechos humanos en la región. El Plan Cóndor articuló gobiernos, fuerzas armadas y servicios de inteligencia con un objetivo común: eliminar toda forma de disidencia política. Reconocer esa dimensión estructural implica asumir una responsabilidad colectiva: la de fortalecer las instituciones democráticas para que nunca más puedan ser utilizadas como herramientas de opresión.

Cada 20 de mayo se realiza la Marcha del Silencio, una de las expresiones más potentes de memoria colectiva en la región. En ese silencio cargado de significado se condensan décadas de lucha por la verdad y justicia, pero también una pedagogía cívica que trasciende generaciones. Las nuevas generaciones, que no vivieron la dictadura, encuentran en esa marcha un espacio para comprender que los derechos no son conquistas definitivas, sino construcciones frágiles que requieren vigilancia permanente.

Frente a discursos que buscan relativizar el pasado o promover lecturas equidistantes, es necesario sostener una posición clara y firme: no hay justificación posible para el terrorismo de Estado. No existe contexto que legitime la desaparición forzada, la tortura o el asesinato político. La democracia, con todas sus tensiones e imperfecciones, sigue siendo el único marco legítimo para la convivencia social.

Pero además, este editorial propone ir un paso más allá: preguntarnos qué hacemos hoy, en el presente, con esa memoria. Porque el riesgo no es solo el olvido, sino también la banalización. Cuando los hechos más atroces se transforman en meras referencias históricas desprovistas de contenido ético, se pierde su capacidad de interpelación. Y con ella, se debilita una de las principales barreras contra la repetición.

La memoria, entonces, debe ser incómoda. Debe cuestionar, incomodar, generar debate. Debe obligarnos a revisar nuestras prácticas políticas, nuestros discursos públicos, nuestras formas de convivencia. En una época atravesada por la inmediatez y la sobreabundancia de información, sostener una memoria crítica es, en sí mismo, un acto de resistencia.

Michelini, Gutiérrez Ruiz, Whitelaw ,Barredo y Liberoff no son solo nombres inscritos en la historia trágica del país. Son símbolos de una lucha que permanece abierta: la lucha por una sociedad más justa, más democrática, más consciente de su pasado. Recordarlos no es un gesto nostálgico; es una decisión política y ética.

A medio siglo de sus secuestros y asesinatos, la pregunta sigue vigente: ¿qué hacemos hoy con esa memoria? La respuesta no puede ser la indiferencia ni el ritual vacío. Debe ser el compromiso activo con la verdad, con la justicia y con la defensa irrestricta de la democracia. Porque recordar no es quedarse en el pasado: es, en definitiva, una forma de defender el presente y de proyectar un futuro donde nunca más el terrorismo de Estado encuentre lugar.

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