La enfermedad de Buerger debe su nombre al médico Leo Buerger, quien en 1908 describió detalladamente un grupo de 30 pacientes con lo que llamó «gangrena espontánea presenil». Pero la primera referencia a esta afección la había hecho ya en 1879 Felix von Winiwarter. Quien realizó la autopsia de un paciente con isquemia crónica en una pierna.
Desde entonces, esta enfermedad ha sido objeto de controversia, pues algunos la consideraban indistinguible de la arteriosclerosis, mientras que otros la reconocían como una entidad clínica individualizada. Hoy en día, está plenamente aceptada como una enfermedad específica. Especialmente frecuente en varones jóvenes fumadores de entre 20 y 40 años. Aunque su incidencia está aumentando entre mujeres jóvenes debido al incremento del tabaquismo femenino.
La tromboangeítis obliterante afecta sobre todo a las extremidades, provocando dolor en reposo, especialmente nocturno, y la aparición de úlceras isquémicas o gangrena en los dedos de manos y pies. Es típico que se presente en los miembros inferiores en la mitad de los casos. Pero entre el 30 y el 40% de los pacientes presentan afectación tanto de brazos como de piernas.

Un síntoma común es el fenómeno de Raynaud, y hasta la mitad de los pacientes pueden tener tromboflebitis migratoria superficial. La claudicación intermitente es menos frecuente que en otras enfermedades vasculares, y cuando aparece, suele localizarse en el dorso del pie. El test de Allen, que evalúa la circulación de las manos, suele ser patológico en el 63% de los casos.
El diagnóstico se basa en criterios clínicos, ya que no existe una prueba única que confirme la enfermedad. Los criterios más utilizados son los de Shionoya y los de Olin. Estos incluyen, edad menor de 50 años, tabaquismo activo, presencia de isquemia distal en extremidades. Así como exclusión de otras causas como diabetes, enfermedades autoinmunes o estados de hipercoagulabilidad. La arteriografía suele mostrar oclusiones segmentarias abruptas y la afectación típica de las arterias infrapoplíteas y de las arterias digitales, con una transición brusca entre el vaso sano y el afectado.
La relación de la enfermedad con el consumo de tabaco es tan intensa que la abstención es el pilar fundamental del tratamiento. Los estudios demuestran que la incidencia de exacerbaciones se reduce a la mitad en los pacientes que abandonan el hábito y el riesgo de amputación desaparece a los ocho años de dejar de fumar.
Además, el tabaco se asocia a la persistencia, progresión y recurrencia de los síntomas. En cuanto al tratamiento farmacológico, se utilizan analgésicos, antiagregantes y, en algunos casos, prostaciclinas. Está incluye el iloprost, que han mostrado beneficio en la cicatrización de úlceras. En fases avanzadas, el tratamiento quirúrgico, como la simpatectomía o el bypass, puede ser necesario, aunque la eficacia de estos procedimientos es limitada.
Dentro de la prevención es necesario evitar el consumo de tabaco, tanto activo como pasivo, es la única forma de prevenir la enfermedad y de evitar su progresión. Aunque la tromboangeítis obliterante es poco frecuente en la población general, su impacto en la calidad de vida y su potencial para causar discapacidad severa la convierten en una enfermedad que merece ser conocida. Especialmente entre los jóvenes fumadores que empiezan a tener dolor en las extremidades o lesiones en los dedos.

