Mascotas y adultos mayores: alianza clave contra la soledad pero con riesgos en el hogar

Las mascotas tienen un impacto terapéutico para la vejez pero existen recomendaciones para una tenencia segura

La mayoría de los adultos mayores en hogares unipersonales tienen mascotas.

En la sociedad contemporánea, y de forma acentuada en Uruguay, el envejecimiento poblacional y la proliferación de hogares unipersonales han consolidado una clara realidad social. De acuerdo con datos demográficos publicados en el 2023, entre el 20% y el 25% de los adultos mayores vive solo, una proporción que en el país representa a una de cada cuatro personas mayores de 65 años.

En este escenario de viudez y retiro laboral, donde la falta de compañía cercana incrementa la vulnerabilidad ante enfermedades o pérdida de autonomía, la convivencia con animales de compañía y el abordaje desde la zooterapia emergen no como meros pasatiempos, sino como verdaderos sostenes funcionales y emocionales.

La magnitud de este fenómeno en Uruguay se refleja con precisión en las cifras censales sobre tenencia en hogares unipersonales: el 48% de quienes viven solos convive con al menos una mascota. El desglose muestra una clara preferencia por la compañía canina, con un 27% que opta exclusivamente por un perro, un 9% que convive únicamente con gatos y un 12% que mantiene a ambas especies.

En ese contexto la mascota actúa como un antídoto directo contra la soledad no deseada, ofreciendo una presencia constante que no juzga ni exige habilidades complejas. Biológicamente, el contacto frecuente con un perro o gato estimula la liberación de oxitocina y endorfinas, reduciendo los niveles de cortisol asociados al estrés.

En el plano conductual, el animal impone una estructura temporal: exige fijar horarios para la alimentación y cumplir con paseos periódicos. Este esquema de responsabilidades diarias activa la movilidad física, mantiene la flexibilidad articular y estimula las funciones cognitivas al tiempo que la salida al exterior propicia breves intercambios verbales con vecinos, dinamizando el entramado comunitario.

En los casos donde la tenencia permanente no resulta viable o se requiere una intervención clínica focalizada, la zooterapia o terapia asistida con animales ofrece una alternativa de alto valor. Diseñada como una intervención estructurada y dirigida por profesionales de la salud, esta disciplina utiliza animales entrenados para alcanzar objetivos específicos en las áreas cognitiva, motora y afectiva.

La elección de la mascota es claves para evitar riesgos.

En personas con deterioro cognitivo inicial, cuadros depresivos o demencias, las sesiones guiadas de zooterapia facilitan la evocación de recuerdos, reducen la agitación y fomentan la expresión emocional. El animal funciona aquí como un puente de comunicación no verbal, permitiendo que el paciente conecte con el entorno sin la presión del lenguaje formal, lo que genera estados de calma y disposición al tratamiento.

Sin embargo, para que este vínculo se traduzca en una experiencia beneficiosa dentro del hogar, la elección de la mascota adquiere una importancia crítica. No cualquier animal resulta adecuado para cualquier persona; la clave reside en la alineación entre las características del ejemplar y las capacidades físicas, la autonomía y el entorno habitacional del adulto mayor.

En términos generales, la adopción de animales adultos o sénior suele ser notablemente más recomendable que la de cachorros. Un ejemplar maduro presenta un temperamento predecible, menores requerimientos de adiestramiento y una demanda energética acorde al ritmo pausado de la vejez.

Asimismo, para personas con movilidad reducida o problemas de equilibrio, la compañía de un gato o de un perro de raza pequeña con bajo nivel de impulso resulta sensiblemente más segura que la de un perro de gran porte.

A pesar de los indudables beneficios, la relación entre adultos mayores solos y sus mascotas no está exenta de matices complejos. La evaluación responsable exige poner sobre la mesa los desafíos y riesgos asociados.

En el plano físico, la presencia de animales en el hogar incrementa el riesgo de tropezones y caídas debido a correas, juguetes o movimientos imprevistos del animal. A esto se suma el desgaste financiero que implica la alimentación adecuada y la atención veterinaria, gastos que pueden tensionar presupuestos ajustados a pensiones fijas.

Por último, existe una dimensión de vulnerabilidad emocional: la angustia que experimenta el adulto mayor ante la posibilidad de enfermar o ser hospitalizado sin contar con un plan de contingencia para el cuidado de su compañero, así como el duelo severo que desencadena el fallecimiento de la mascota.

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