En el mundo maya, la máscara fue utilizada en ceremonias y representaciones rituales para asumir la identidad de dioses, animales o seres sobrenaturales, e incluso para acompañar a los difuntos en su tránsito hacia el inframundo. Entre las más destacadas se encontraban las máscaras zoomorfas, vinculadas a animales y protagonistas de leyendas, fábulas, creencias religiosas y concepciones mayas acerca de la relación entre los seres humanos y las fuerzas de la naturaleza. Portar la máscara de un animal podía significar asumir simbólicamente algunas de sus cualidades o invocar su energía; los guerreros también las utilizaban como signos de fuerza e instrumentos para intimidar al adversario.
Estas tradiciones prehispánicas no desaparecieron con la conquista española, sino que experimentaron múltiples cambios y fueron apropiadas y resignificadas por los evangelizadores, que incorporaron esas máscaras a danzas, ceremonias y representaciones teatrales destinadas a transmitir el imaginario y los valores del cristianismo. Las máscaras zoomorfas atravesaron procesos de transculturación y se integraron en diversas danzas de fiestas patronales e incluso de carácter evangelizador. Actuaron, así, como una forma de continuidad cultural maya y, al mismo tiempo, de resistencia. Muchas de las narrativas religiosas introducidas por los conquistadores, como el Baile de la Conquista, las Danzas de Moros y Cristianos o el Baile de los 24 Diablos, que aún se conservan, convivieron con danzas tradicionales como las de Tocontín, Topocomad, el Baile de los Huehuetecos o la Danza del Venado. En estas últimas está presente la impronta nahualista y una concepción del animal que desborda su representación puramente naturalista para adquirir dimensiones simbólicas y espirituales.

La expresión más marcada de la evangelización es el Baile de la Conquista, que dramatiza uno de los acontecimientos centrales y más traumáticos de la historia guatemalteca: la conquista del territorio maya por las fuerzas españolas encabezadas por Pedro de Alvarado. La danza es mucho más que una reconstrucción teatral, ya que en ella se entrecruzan memoria histórica, evangelización, violencia, resistencia y transmisión cultural. Es precisamente esa ambigüedad y ese sincretismo lo que otorga una significación especial a algunas expresiones culturales de Guatemala: nacidas dentro de una representación colonial de la victoria española, terminaron formando parte de la memoria cultural de las propias comunidades indígenas e incorporaron máscaras procedentes de ambas tradiciones. Muchos bailes coloniales no fueron solamente expresiones de conquista, sino también mecanismos de articulación social. Entre ellos destaca el Baile de los Convites o Danza de los Invitados, cuyos antecedentes se encuentran en ceremonias realizadas durante el período colonial en honor a los santos patronos de las ciudades y que tendieron a incorporar a las poblaciones mayas. En otras expresiones está más presente la visión evangelizadora y moralizante del bien y del mal, como en las Danzas de Moros y Cristianos, originarias de la península ibérica, que rememoraban los enfrentamientos históricos entre cristianos y musulmanes y fueron trasladadas a América como una analogía al servicio de la evangelización. Eran danzas o representaciones teatrales construidas alrededor del enfrentamiento entre los cristianos, presentados como héroes y defensores de la fe, y los moros, representados como sus adversarios. La danza funcionaba simultáneamente como entretenimiento, representación teatral e instrumento de transmisión ideológica. Más concretamente, la Danza de los 24 Diablos buscaba inculcar una concepción moral del mundo organizada alrededor de la confrontación entre el bien y el mal, donde cada diablo representa un pecado o una forma particular de desviación moral. Sus diálogos y enfrentamientos construyen una representación pedagógica y teatral de la lucha entre salvación y pecado, cielo e infierno, virtud y condena. Las máscaras guatemaltecas condensan distintos estratos de una historia cultural extraordinariamente compleja. Mientras algunas remiten más claramente a antiguas cosmovisiones mayas, otras nacieron de los mecanismos coloniales de evangelización, y muchas integran elementos procedentes de ambos mundos. Más que ocultar un rostro, estas máscaras permiten mostrar otros: detrás de la madera tallada aparecen dioses, animales, conquistadores, indígenas, santos, diablos, héroes, enemigos y personajes populares. Cada máscara contiene una pequeña narración y, al mismo tiempo, forma parte de una historia mucho mayor: la del encuentro violento, la superposición y la persistencia de culturas diferentes en un complejo proceso de construcción colectiva. Por ello, contemplar hoy una máscara tradicional guatemalteca no significa solamente observar un objeto artesanal. Significa acercarse a una memoria que ha atravesado siglos de conquistas, evangelizaciones, resistencias y transformaciones. Son rostros que alguna vez pertenecieron a dioses, guerreros, animales o demonios y que todavía continúan hablando. Son, en definitiva, otros rostros de Guatemala.

