Cuando un artista que nos interesa se presenta en un escenario, nos brota la intención de ir. Asistir es ser parte de un acontecimiento fundamental, tanto en lo emocional como en lo artístico. Cada detalle de esa presentación ha sido minuciosamente trabajado: desde la iluminación, la escenografía y la ambientación, hasta la lista de canciones si se trata de músicos, las coreografías en la danza o la cuidada selección de historias en un encuentro de narración oral. Incluso la locación juega un rol clave, pues cada experiencia estética comulga mejor con determinados espacios. Esa sala, teatro, plaza o estadio también formará parte de aquello que vamos a vivir.
Si nos dieran a elegir entre asistir presencialmente o ver una transmisión en directo, la mayoría elegiría estar ahí. Buscamos el magnetismo del vivo, la adrenalina de la comunicación cara a cara y el hecho de poner todos nuestros sentidos a disposición de ese instante. Pero ¿qué pasa realmente cuando estamos ahí? ¿Habitamos el momento o solo estamos registrando que estuvimos?.
Buena parte del tiempo terminamos contemplando la propuesta a través de la pantalla del dispositivo móvil. Filmar y sacar fotos se vuelve prioritario. Y cuanto más deseada o exclusiva haya sido la oportunidad de asistir, mayor parece ser el empeño por conseguir la captura ideal. No es suficiente con vivir la experiencia; necesitamos un soporte que nos permita volver a ella, una imagen o un video para recuperar, aunque sea en parte, lo que allí sucedió. Como quien regresa a las páginas de un libro que disfrutó.
A esta necesidad de registrar se suma otra igual de importante: la de comunicar, la de hacer saber dónde estamos y qué estamos haciendo. Mostrar que fuimos testigos de ese concierto o de aquel espectáculo. Habrá quien argumente que no graba para exhibirse, sino para conservar el instante y no perder ningún detalle; para intentar, de algún modo, volver a sentir lo mismo. Es verdad que las artes vivas comparten una condición inevitable: son efímeras. Ocurren una sola vez. Podrá haber otras funciones, pero serán distintas; nunca exactamente aquella. Por eso el registro resulta tan tentador, como si ofreciera una garantía contra el olvido.
Sin embargo, aquí aparece una pregunta incómoda: ¿A qué le prestamos más atención, al presente o al después?. Mientras se despliega el espectáculo, ¿estamos realmente allí?. Vamos al encuentro con el artista buscando precisamente aquello que la tecnología no puede darnos: la presencia, la cercanía, lo irrepetible. Y, aun así, la mirada termina atrapada en una pantalla. Quizás, en el fondo, nos cueste aceptar que las cosas terminen. Quizás lo más valioso de las mejores experiencias de la vida sea, precisamente, nuestra total imposibilidad de conservarlas.

