Los días 3 y 4 de octubre se realiza el Día del Patrimonio que este año tendrá como título “Raíces indígenas: pasado, presente y futuro”. Por tal motivo se inaugurará una muestra con una selección de 30 Máscaras indígenas latinoamericanas el sábado a las 17 hs en la Alianza Francesa de Melo en Cerro Largo y el domingo en el MAPI una recorrida junto a una charla sobre las máscaras de origen indígena de la Colección en el MAPI que alberga a más de 150 piezas.
América Latina reúne una extraordinaria diversidad cultural y las máscaras constituyen una de las expresiones materiales más intensas de los pueblos indígenas. Ellas no fueron concebidas como adornos, sino con el rol de contribuir a danzar, curar, proteger cosechas, transitar etapas vitales, honrar muertos o evocar presencias espirituales o animales. Incluso narrar historias y leyendas, y expresar creencias. Aunque muchas máscaras son recientes y las tradiciones cambiaron con la colonización y la modernidad, sobrevive en ellas el origen ritual con la naturaleza, los ancestros y las creencias de su tiempo. Su función no es ocultar, sino transformar y al cubrir su rostro cotidiano, el portador asumía temporalmente otra identidad, convirtiéndose en animal, espíritu, ancestro o héroe. En ritos como el Warime de los Piaroa, el anonimato es vital al encarnar espíritus y animales. Para los mayas y en los Andes ecuatorianos, portar figuras zoomorfas permite asumir las cualidades del animal mediante un código compartido por toda la comunidad o expresar el alter ego animal de los humanos. Los animales no son una mera fauna externa, sino fuerzas protectoras y mediadores que expresan una sociedad donde humanos, naturaleza y espíritus compartían un mismo universo e intercambian atributos y colaboraban.
Otro de los ejes centrales de estas tradiciones es la relación entre vivos y muertos. Las máscaras de Aña entre los Chané permiten el encuentro ritual con los antepasados como las máscaras mexicanas de Xantolo. Entre los Tukano-Cubeo, las máscaras táwü despedían al difunto en la ceremonia Óyne y, al amanecer, eran quemadas para enviar el espíritu al río de los muertos, destrucción que completaba la función del objeto. Las máscaras también acompañan transiciones vitales, como en la Pelazón de los Tikuna, un rito de paso femenino hacia la vida adulta. En otros casos, organizan el ciclo agrícola, la caza y la autoridad comunal, reafirmando pertenencias, transmitiendo saberes y recomponiendo el orden del grupo dentro de un tiempo cíclico y no lineal. La Amazonia conserva sistemas estrechamente ligados a cosmologías indígenas. El Warime de los Piaroa reúne sanación y fertilidad mediante los warimetsa (pecaríes) y el espíritu Mará Reyó. Se destacan también los seres acuáticos funerarios del Alto Xingu o las máscaras Tamoko de los Wayana-Aparai asociadas a la enfermedad y la cura como la de los chamanes Empera. En Colombia, despuntan las máscaras del Valle de Sibundoy (Inga y Kämentsá) ligadas al yagé, confirmando que chamanismo, flora, fauna y territorio forman una unidad ritual indivisible de los estados humanos.

El Gran Chaco posee un fuerte sustrato animista que conecta vivos, muertos y naturaleza, desbordando las fronteras de Argentina, Bolivia y Paraguay. Las máscaras de Aña de los Chané-Chiriguano participan en el Areté Guasú, ligado tanto a las cosechas como a los ancestros. La Chiquitanía boliviana suma a los Yarituses y su veneración al dios Piyo, mientras que las danzas de Tobas nos muestran las fiestas de preparación para la guerra. En los Andes, las raíces precoloniales articulan la máscara con la comunidad, la agricultura y las autoridades, y con ella con la Pachamama. En Perú, danzas como la Huaconada encarnan la autoridad moral de los ancianos, mientras la Jija Huanca o los Shapish remiten a la memoria quechua y a los ciclos agrícolas. Bolivia aporta danzas comunitarias como el Tinku, el Awki Awki donde brilla juguetón el Kusillo, además de representaciones de cóndores vinculados a las montañas y el encuentro con el cielo. En Ecuador encontramos también animales zoomorfos de Tigua y el Diablo Huma del Inti Raymi, en agradecimiento a la Pachamama y al Sol. En Mesoamérica, las máscaras mayas prehispánicas otorgaban identidades divinas o animales y fuerza guerrera, inclusive para pasar al inframundo con las máscaras funerarias de jaguar. Hoy, la máscara de Paskola de los Yaquis integra música y mediación espiritual, mientras que en Guerrero encontramos un rico bestiario de jaguares, monos y coyotes. Celebraciones como la Tigrada de Zitlala o la Danza de los Tlacololeros asocian al jaguar con la lluvia y la protección agrícola, prolongando su histórica centralidad ritual.
En Amazonia prevalecen las fibras y los espíritus del bosque; en el Gran Chaco, la madera y el retorno ancestral; en los Andes, la agricultura, la Pachamama y las montañas donde se esconde el Inti Raymi; y en Mesoamérica, el mundo del nahualismo y el poder del jaguar. Ellas demuestran que este patrimonio es una realidad viva y no el residuo de culturas desaparecidas. Cada pieza amalgama memoria, territorio y acción colectiva, reflejando la continuidad de pueblos que atravesaron conquistas sin perder sus propios modos de interpretar el mundo. Así, sus máscaras indígenas revelan ancestros, fuerzas terrenales y seres tutelares y son parte de un sistema cultural inseparable de la naturaleza y mitos y leyendas, cuya comprensión exige reconocer que el patrimonio indígena latinoamericano sigue siendo contemporáneo, diverso y profundamente creador.


Existen otras máscaras más peligrosas por todos conocidas