Algunas leyendas urbanas de Corea del Sur

Historias que seguro te dejarán la piel de gallina.

Donde los rascacielos de Seúl rozan el cielo y la cultura pop domina las pantallas globales, existe una Corea del Sur menos conocida pero igual de fascinante: la Corea de las leyendas urbanas. Estas historias, transmitidas en susurros de generación en generación, ofrecen una experiencia turística alternativa para quienes buscan algo más que templos, comida callejera o conciertos de K-pop.

Gumiho: el susurro de las nueve colas

En lo profundo de los montes coreanos, cuando la niebla comienza a esparcirse  por la tierra como un manto con vida propia, algunos aseguran haber visto ojos brillantes entre los árboles. Ojos que no pertenecen ni al hombre ni a bestia alguna.

Se dice que cuando un zorro vive mil años, se convierte en algo más que un animal: se transforma en un Gumiho, una criatura que adopta la forma de una mujer de belleza indescriptible, perfecta… demasiado perfecta. Aparece en senderos solitarios, en templos abandonados, en sueños. Y te seduce con palabras suaves y gestos delicados. Pero detrás de su mirada se oculta una sed inhumana.

No busca amor, busca carne. Corazones aún palpitantes, hígados calientes de vida.

Pero no todos los Gumihos quieren matar. Algunos están cansados de la maldición que les arrastra. Y en los relatos más recientes, hay quienes intentan reprimir su instinto, llevar una vida humana, abstenerse de devorar a los vivos por mil días… Solo así pueden liberarse. Solo así pueden ser libres.

La pasajera del último tren

Casi todos los días, cientos de miles de personas suben al metro de Seúl sin pensar en lo que pueda ocultarse entre las sombras de los túneles. Pero hay una historia que recorre los andenes más antiguos como una advertencia: nunca tomes el último tren completamente solo.

Se cuenta que una mujer aparece cerca de la medianoche. Lleva un vestido blanco, arrastrando los pies, el rostro cubierto por un velo como si estuviera de luto. Se sienta sola en el último vagón, en silencio, hasta que alguien sube. Entonces se levanta… y pregunta con una voz apenas audible: ¿Has visto a mi hijo?

Si respondes, si siquiera le devuelves la mirada, se dice que jamás vuelves a casa. Que te bajas en una estación que no existe en ningún mapa, donde el tiempo no corre y las voces son susurros de los que ya no están.

Los conductores, aunque se niegan a hablarlo en público, saben que hay ciertos turnos que nadie quiere tomar. Y cámaras que misteriosamente se apagan cuando ella aparece.

Porque no es una mujer. Es un lamento hecho carne, un alma perdida que busca eternamente… a alguien más con quien perderse.

Corea del Sur se está posicionando como un destino turístico de “terror cultural”, donde se pueden explorar estas historias con respeto, emoción y curiosidad. Ya sea en los pasillos oscuros, templos o incluso estaciones de tren. Las leyendas esperan al próximo viajero dispuesto a escuchar… y a no olvidar.

Sin duda aunque me de miedo, sería una experiencia excepcional de poder experimentar ¿Te atreverías a conocer estos lugares?

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