El último balance oficial por los potentes terremotos registrados hace más de una semana en el centro de la costa venezolana eleva a casi 3.000 los fallecidos y a más de 16.500 los heridos.
El presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Jorge Rodríguez, ha informado de que son concretamente 2.954 los muertos y 16.592 los heridos como resultado los seísmos de 7,5 y 7,2 en la escala de Ritcher ocurridos el 28 de junio, que han dejado además importantes daños sobre más de 800 edificios, 190 de ellos hundidos. Las víctimas incluyen, además, 16.309 personas que han perdido su vivienda, según las autoridades, que han informado asimismo de que han atendido a 83.793 familias, rescatado a 6.462 personas, y repartido más de 9.480 toneladas de alimentos y 78.400 bolsas de comida.
En este momento, hay desplegados más de 3.300 rescatistas internacionales para hacer frente a los estragos de los terremotos, que les han seguido cerca de 900 réplicas, de acuerdo a las informaciones del Gobierno. «Reconocemos la valiosa entrega de las delegaciones extranjeras que se sumaron a nuestras operaciones de rescate. Más de 3.000 efectivos internacionales han participado activamente junto a nuestros equipos en las tareas de búsqueda y salvamento. ¡Gracias!», ha destacado Rodríguez.
El niño que sobrevivió
Carlos Miguel Colmenares, de 12 años, es el único sobreviviente de un edificio derrumbado en Macuto, estado La Guaira. El joven estuvo cinco días bajo los escombros, con espacio reducido y solo un frasco de salsa picante. Según relata el diario venzolano El Nacional luego de cinco días, Carlos Miguel fue rescatado por brigadas internacionales de República Dominicana y Ecuador. El reencuentro con su padre rápidamente se viralizó en redes sociales.
El joven recibe atención médica en el Hospital de Clínicas Caracas, desde donde contó cómo logró mantenerse con vida por más de 120 horas. Recordó que se mantuvo sereno y demostró tener inteligencia emocional e intelectual en medio del caos. «Al quedar atrapado, no sabía dónde estaba, así que agarré mi teléfono, prendí la linterna y la pasé por todo alrededor mío. Así, cuando se le acabara la batería (al teléfono) podía tener como una especie de mapa mental: Aquí está la pared, aquí está el mueble y ahí está la nevera», detalló. Recalcó que «no tenía la noción del tiempo» y que después de las primeras noches dejó de saber cuánto tiempo llevaba bajo los escombros. Tenía un espacio reducido, su rostro quedó protegido por una mesa y colocó un vaso plástico bajo su nuca para proteger su cabeza. «Fue demasiado difícil pasar las noches y los días, ya que al estar quieto tanto tiempo, mi cuerpo empezó a doler. Lo que hacía era mover un poco las piernas. Solo tenía dos posiciones ahí, así como medio recostado y así como estoy (acostado sobre su espalda)», describió. Lo único que tenía cerca de él era una salsa. «Una de las cosas más horribles es que no había nada, ni agua, nada. Lo único que pude tomar para saciar la sed fue un frasco de salsa picante», expresó.

