El cineasta húngaro Béla Tarr, uno de los directores más influyentes del cine de autor europeo, falleció este lunes a los 70 años. Béla Tarr creció en Budapest en una familia relacionada con el mundo del teatro: su padre era escenógrafo y su madre apuntadora. Desde muy joven mostró interés por el cine; a los 16 años comenzó a rodar cortometrajes amateurs, mayoritariamente documentales sobre la vida de trabajadores y personas marginadas. Su talento precoz lo llevó a trabajar en el prestigioso estudio experimental Béla Balázs Stúdió, donde debutó como director de largometrajes con Nido familiar (1979), un drama realista sobre la crisis de vivienda en la Hungría comunista.
En sus primeras obras, Tarr se adscribió al llamado «cine social», influido por el realismo crudo de directores como John Cassavetes (aunque él negaba haber visto sus películas en esa época). A partir de La condena (1988), Tarr evolucionó hacia un estilo más poético y existencial, caracterizado por planos secuencia extremadamente largos, ritmo pausado, imágenes en blanco y negro y una atmósfera de desolación espiritual. Esta etapa lo convirtió en pionero del «slow cinema» y en una figura de culto para cinéfilos y directores como Gus Van Sant (quien citó su influencia en su «trilogía de la muerte»), Jim Jarmusch o László Nemes.
Su obra maestra indiscutible es Sátántangó (1994), una adaptación de la novela homónima de László Krasznahorkai (premio Nobel de Literatura en 2025), con quien colaboró en varias ocasiones. Esta epopeya de más de siete horas y media, rodada en blanco y negro, narra el colapso moral de una comunidad rural tras la caída del comunismo y se convirtió en un hito del cine contemporáneo.
Le siguieron Las armonías de Werckmeister (2000), una parábola sobre el caos social y la manipulación, y El caballo de Turín (2011), su testamento cinematográfico, inspirada en un episodio de la vida de Nietzsche y ganadora del Gran Premio del Jurado en Berlín.

