El avance acelerado de la transformación digital, si bien ha democratizado el acceso a servicios financieros y simplificado trámites cotidianos, también abrió la puerta a una sofisticación sin precedentes en la delincuencia informática. En el último año, los incidentes de ciberseguridad registraron un incremento sostenido a nivel global y regional, convirtiéndose en uno de los mayores desafíos para instituciones públicas, empresas y ciudadanos.
Dentro de este universo de amenazas, la suplantación de identidad, popularmente conocida como phishing en sus distintas variantes, se consolida como el método preferido por los ciberdelincuentes para vulnerar la privacidad y acceder de manera ilícita a activos económicos.
En Uruguay, el Centro Nacional de Respuesta a Incidentes de Seguridad Informática (CERTuy), informó que durante 2025 se gestionaron y detectaron 42.768 incidentes de ciberseguridad en infraestructuras y sistemas nacionales, lo que representó un incremento del 199,8% en comparación con el período 2024.
El 0,17% de los casos detectados en 2025 correspondió a incidentes categorizados con severidad «alta» o «muy alta» de acuerdo con la escala internacional de ENISA. Mientras tanto, los picos del año se registraron hacia el cierre del ejercicio, alcanzando en diciembre un máximo de 6.400 incidentes atendidos en un solo mes.
En ese contexto, a diferencia de los ataques técnicos complejos que buscan romper firewalls o explotar fallas en sistemas informáticos, la suplantación de identidad apunta directamente al eslabón más vulnerable de la cadena de seguridad: el factor humano. Mediante técnicas de ingeniería social, los atacantes diseñan escenarios verosímiles orientados a manipular la confianza, generar sentido de urgencia o infundir temor en las víctimas.
Las modalidades más frecuentes van desde correos electrónicos que simulan ser notificaciones oficiales de bancos o plataformas de comercio electrónico, hasta mensajes de texto (smishing) y conversaciones de WhatsApp (vishing) donde los estafadores se hacen pasar por asesores técnicos, familiares o servicios de cadetería.

El objetivo principal es casi siempre el mismo: lograr que la persona entregue voluntariamente sus credenciales de acceso, números de tarjeta de crédito o códigos de verificación de un solo uso (OTP). En otros casos, los enlaces maliciosos redirigen a sitios web clonados que replican al milímetro la interfaz de portales bancarios o institucionales para capturar la información en tiempo real.
Para mitigar este fenómeno y evitar caer en las trampas digitales, los expertos en ciberseguridad coinciden en que la prevención no depende únicamente de barreras tecnológicas, sino de la adopción de hábitos digitales defensivos.
Entre las recomendaciones para evitar un ciberataque, aparecen implementar autenticación de Doble Factor (2FA), que es configurar la verificación en dos pasos en todas las cuentas de correo electrónico, redes sociales y aplicaciones bancarias.
Así mismo, verificar dominios y enlaces, desconfiar por sistema de las solicitudes urgentes de datos personales. Antes de hacer clic en un enlace o ingresar datos confidenciales, es imprescindible revisar la dirección URL exacta en la barra del navegador para identificar variaciones sutiles en la escritura del dominio.
Por último, gestión segura de contraseñas, evitar la reutilización de claves en múltiples servicios. La utilización de gestores de contraseñas permite generar y almacenar combinaciones complejas y únicas para cada plataforma sin riesgo de olvido.
En el caso de haber sido víctima de una suplantación, la rapidez de respuesta es crucial. El protocolo inmediato exige el bloqueo de tarjetas y cuentas bancarias involucradas, el cambio urgente de contraseñas en las plataformas afectadas y el cierre de sesiones activas. Asimismo, resulta vital radicar la denuncia formal ante las unidades policiales de delitos informáticos, conservando capturas de pantalla y registros de conversación para facilitar la investigación judicial.

