Entrevista a Pablo Romero, amigo del padre Carlos Mugica

“El asesinato de mi hermano sigue siendo una herida política abierta”.

Pablo Romero: "La historia oficial intentó durante mucho tiempo reducir el crimen a una “interna del peronismo”. Pero la cuestión es más profunda"

A más de cincuenta años del asesinato del padre Carlos Mugica, figura emblemática de la pastoral villera y de la militancia social en los años más convulsionados de la Argentina, su amigo—Pablo Romero— vuelve sobre aquella noche del 11 de mayo de 1974. Habla en voz baja sintiendo sus 86 años, pero con una claridad que desarma cualquier intento de simplificación histórica.

Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, más conocido como el Padre Mugica, ​ fue un sacerdote argentino fundador del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y del movimiento de Curas villeros, así como partícipe de las luchas populares de la Argentina de las décadas de 1960 y 1970.

– Han pasado décadas, pero su testimonio sigue siendo buscado. ¿Qué le queda de ese día?

– La sensación más nítida es la de un país enfermo de violencia. Yo estaba esperando que Carlos llegara a casa después de la misa. Cuando suena el teléfono y escuchó la noticia, lo primero que pensé fue: lo lograron. Porque él sabía que lo estaban siguiendo. No se movía con miedo, pero sí con conciencia.
El asesinato fue inmediato, fue político y fue un mensaje.

– ¿Un mensaje hacia quién? ¿Y desde dónde?

– La historia oficial intentó durante mucho tiempo reducir el crimen a una “interna del peronismo”. Pero la cuestión es más profunda: Carlos denunciaba la represión ilegal, criticaba la desviación autoritaria del gobierno y defendía a los más pobres desde un lugar que incomodaba a todos.
Era molesto para la Triple A, sí. Pero también para sectores que no querían que la Iglesia se mezclara con la política social real.

El Padre Mugica

Algunos informes históricos atribuyen el crimen directamente a la Triple A. ¿Lo comparte?

– Lo comparto, pero con una salvedad: la Triple A fue un brazo ejecutor. El clima que permitió su existencia era mucho más amplio. Cuando uno revisa los documentos, las declaraciones, los silencios de la época, es evidente que había un consenso tácito sobre la idea de “disciplinar” a quienes no respondieron a la línea oficial.
Carlos defendía la justicia social pero se negaba a aceptar la violencia como camino político. Eso lo dejó en medio de dos fuegos.

– Se lo suele recordar como un sacerdote comprometido. ¿Había asumido que lo podían matar?

– Sí. Un día me dijo: “Si me matan, que quede claro por qué me matan: por defender a los pobres”.
No lo decía desde el heroísmo, sino casi con cansancio. Él veía la escalada de violencia, los atentados, los comunicados cruzados, los fantasmas de la dictadura que se venía. Sabía que sus sermones y sus denuncias públicas irritaban a personajes muy poderosos.

– ¿Cómo vivió la Iglesia el asesinato?

– Con vergüenza. Algunos obispos lo lloraron sinceramente; otros respiraron aliviados.
Durante años, la Iglesia institucional prefirió el silencio. Su muerte recién encontró un reconocimiento real cuando la historia dejó en evidencia las responsabilidades del terrorismo de Estado.
Carlos hubiera querido una Iglesia más valiente. Y todavía la espera.

– ¿Cree que hoy se comprende mejor quién fue Mugica?

– Creo que sí y no. Se lo reivindica como símbolo, como estampita de la opción por los pobres, pero a veces se lo vacía de contenido político.
Carlos combatió la desigualdad desde adentro de la sociedad y desde adentro de la fe. Su pelea era concreta: techo, trabajo, educación, dignidad.
No era un cura decorativo, era un militante de la justicia.

– Si tuviera que decir qué falta para cerrar esa herida, ¿qué diría?

– Falta que se entienda que el asesinato de Carlos no es un episodio aislado: es parte de un proceso de violencia paraestatal que anticipó lo que después fue la dictadura del ’76.
Falta memoria, pero también falta asumir que la pobreza —esa por la que él dio la vida— sigue siendo el centro del conflicto argentino.
Mi amigo no murió por una interna: murió por elegir un bando. El de los descartados.

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