Frank Owen Gehry, arquitecto

Frank Owen Gehry, el arquitecto que convirtió la arquitectura en poesía hecha de metal, vidrio y luz, falleció a los 96 años. Gehry llegó a Los Ángeles en 1947 con su padre enfermo y apenas unos dólares. Trabajó de repartidor, estudió por las noches en Los Angeles City College y luego en la Universidad del Sur de California. Fue en 1997, con el Museo Guggenheim Bilbao, cuando el planeta entero se quedó sin aliento. Aquel edificio de escamas de titanio que parecen moverse con el viento del Nervión no solo salvó a una ciudad industrial en decadencia. Le siguieron la Walt Disney Concert Hall en Los Ángeles (2003), una nave de acero inoxidable que parece navegar por el cielo de Downtown; la Fondation Louis Vuitton en París (2014), un barco de cristal varado en el Bois de Boulogne; el puente de la Vida en Panamá, el Luma Arles en Francia, el Eisenhower Memorial en Washington… Cada proyecto era una nueva demostración de que la arquitectura podía ser emocional, optimista y profundamente humana.

Gehry nunca se tomó demasiado en serio. Decía que sus edificios eran “como dibujos de niños hechos realidad”. Amaba el hockey (diseñó trofeos para la NHL), coleccionaba arte (era amigo íntimo de Jasper Johns y Chuck Close) y hasta los 90 años llegaba a su estudio en chancletas y camisa hawaiana. En una de sus últimas entrevistas, en 2024, declaró “no me interesa ser un genio. Me interesa hacer edificios que hagan feliz a la gente. Si logré eso, ya está. El resto es ruido”.

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