Apretujados estábamos en la emblemática calle 18 de Julio, ansiosos por presenciar el desfile inaugural del carnaval. Era una tarde calurosa de febrero, y la atmósfera estaba impregnada de expectativas, con todo el pueblo reunido para disfrutar del paso de las comparsas. Para mí, un adolescente con los típicos problemas de acné, lo más emocionante era observar al carismático director de la murga, aquel señor de frac, alto y elegante, con un clavel blanco en el ojal, que se movía al compás de su agrupación, Los Patos Cabreros. La impresión que me causaba era tan profunda que, al regresar al barrio, no podía evitar imitar sus movimientos, lo que provocaba risas y admiración entre mis amigos.
Fue en una de las actuaciones de Los Patos, en el tablado del Ciclón del Cerrito, que decidí dar un paso más allá. Era la última actuación de la noche, y, con un corazón palpitante de emoción, me acerqué a él y le propuse hacerle una entrevista. Con una sonrisa, Pepino, así lo llamaban, aceptó gustosamente, y acordamos encontrarnos en el Bar Rover, ubicado en la esquina de San Martín y Propios.
Cuando llegamos al bar, me sentí un poco nervioso, pero la emoción de tenerlo frente a mí supera cualquier inquietud. Le pedí permiso para encender mi pequeño grabador, y así comenzó nuestra conversación.
— ¿Usted fundó Los Patos Cabreros? (le pregunté, curioso por conocer su historia).
— Haciendo un poco de historia, te informo que la primera murga se fundó en 1910 y se llamó La Gaditana que se va. Esto fue en alusión a una compañía de zarzuela de Cádiz que tuvo un fracaso en su presentación. Ellos comenzaron a cantar en la calle para recaudar dinero para su viaje de regreso. En cuanto a mi ingreso a Los Patos, se produce en 1917, tres años después de su fundación; el primer registro en el concurso de agrupaciones data de 1914 —respondió con nostalgia.
— ¿Impuso alguna innovación a la murga?
— Al principio, la murga estaba formada por seis miembros más el director. Los instrumentos eran limitados: flauta, saxofón, bombo y platillos, además de objetos como tapas de cacerolas y un tonel de yerba que imitaba el sonido de un bombo. Era un ruido poco agradable. Introduje un bombo verdadero, un redoblante y platillos musicales —explicó con orgullo.
— ¿Se puede hablar de una murga uruguaya?
— Por supuesto. Aunque se inspira en La Gaditana, la murga uruguaya ha desarrollado su propia identidad. Mantiene las tres partes del repertorio: el saludo, el cuplé y la retirada, que es su momento estelar. Estas partes han quedado grabadas en la memoria del pueblo —afirmó.
— ¿Cuál es su nombre verdadero y de qué barrio es oriundo?
— José Ministeri, nací en 1902. Pertenezco al barrio de todos, al igual que la murga —respondió con una sonrisa.
— Lo ubico cerca del lugar de ensayo, el Club del Patín
— Los ensayos se llevaban a cabo en varios lugares, que recuerdo, como el Teatro Politeama de Colonia y Paraguay, la famosa Granja del Reducto o el Club Rosario Central de Palermo —narró.

— ¿Y su primer trabajo?
— Canillita y murguero son la misma cosa —respondió con una chispa de humor.
— ¿Es religioso? (pregunté, intrigado por su costumbre).
— ¿Por qué me lo pregunta? (inquirió).
— Por su hábito de detener la murga y dejar una ofrenda floral frente a la Iglesia del Cordón.
— Es cierto, es un ritual sagrado que todo el pueblo espera.
— ¿La introducción del frac en su vestimenta a qué se debe?
– Era una idea que se me ocurrió mientras trabajaba de canillita frente al Jockey Club. Pedí prestado un frac y una galera a un conocido y lo empecé a usar en lugar de un viejo traje y una melena de lana —me contó.
— ¿Y su enemistad con Cachela de los Asaltantes con Patente?
— Eso es solo una fantasía. Es cierto que Los Patos creamos letras críticas hacia el gobierno, mientras que los Asaltantes se enfocan en la diversión. Pero en 1940 y 41, salimos juntos en el carnaval, y en 43, ellos estuvieron con Los Patos —aclaró.
— Por último, ¿cómo se originó «Uruguayos campeones», que perdura hasta nuestros días?
— La historia es poco conocida. En una época en que la selección uruguaya ganaba títulos, en diciembre de 1926, en Ñuñoa, Santiago de Chile, se me ocurrió pedirle a Omar Odriozola, un estudiante de derecho, que escribiera una letra. Se llamó «Dianas de Ñuñoa». Cuando la cantamos en el carnaval del 27, lo hicimos con la música de un tango de Francisco Canaro, «La brisa». Y sucedió el milagro, hasta hoy la disfrutamos —concluyó con emoción.
Al finalizar la entrevista, le agradecí sinceramente y guardé mi grabador. Los Patos Cabreros hicieron historia, acumulando la mayor cantidad de triunfos en el Concurso Oficial, superando a sus tradicionales rivales, Curtidores de Hongo y Asaltantes con Patente.
Mientras esperaba el 156 al Cerrito, intenté tararear la retirada de los Patos del 53, recordando la calidez de las palabras de Pepino y la magia del carnaval que une a toda una comunidad. La murga, con su humor crítico y su pasión, sigue siendo un símbolo de identidad en Uruguay, resonando en los corazones de quienes la han vivido y disfrutado a lo largo de los años.


Quería agradecer por las palabras y por haber grabado las palabras de mi abuelo. Soy la nieta por parte de su hija Susana Ministeri y a través de tus palabras me recuerda muchos de las historias que mi tía Mary (Maria Concepción Ministeri) y mi madre me contaban sobre mi abuelo. Muchas gracias de parte de la familia.
Haya por 1965 en el Centro Social Peñarol ( CESOPE) una noche fresca de Carnaval esperábamos a Los Patos ( así se le llamaba entre los botijas) pero más que a la Murga todos queríamos ver a PEPINO. Qué emoción cuando llegó cerca de las 12 de la noche, ya era muy tarde para nosotros niños con los ojos como platos de asombro. Hoy con casi 72 años y los recuerdos que llegan como cataratas me veo como un niño inocente y lleno de asombro ante aquel señor leyenda viva de nuestra historia carnavalera. Solo pido una cosa, recordar a quienes nos dieron identidad y orgullo de ser orientales.