Manzano y Vila consolidaron una sociedad de tres décadas

De una consultoría inicial en Mendoza a controlar un imperio mediático y energético.

La sociedad entre José Luis Manzano y Daniel Vila es, desde hace treinta años, una de las alianzas más influyentes.

La sociedad entre José Luis Manzano y Daniel Vila es, desde hace treinta años, una de las alianzas más influyentes y menos escrutadas del capitalismo argentino. Nacida en Mendoza como un vínculo laboral sencillo —Vila contratando a un joven Manzano que recién salía de la política provincial— se transformó con el tiempo en un entramado de negocios que combina poder económico, territorial y mediático. Esa continuidad no es casual: ambos entendieron muy temprano que en la Argentina la acumulación empresarial es imposible sin una trama política profunda.

El ascenso del tándem se construyó en base a un método: crecer donde otros retroceden, aprovechar cada crisis para expandirse y mantener siempre una interlocución abierta con los gobiernos de turno. Manzano aporta la ingeniería política, el know-how regulatorio y una red que atraviesa oficialismos y oposiciones. Vila aporta capital, estructura, medios y la paciencia de un operador que sabe moverse en silencio. La combinación es explosiva: influencia institucional por un lado, amplificador mediático por el otro.

El resultado fue la consolidación del Grupo América, uno de los conglomerados de mayor peso en la agenda pública. La concentración de señales abiertas, canales de cable, plataformas digitales y radios les dio un activo que muchos consideran determinante: la capacidad de moldear conversación pública mientras negocian posiciones en sectores estratégicos como energía, petróleo, distribución eléctrica o telecomunicaciones. Esa doble palanca —comunicación y energía— es precisamente lo que despierta mayores críticas.

Para sus detractores, la alianza Manzano-Vila funciona como una máquina de poder blando que opera sin transparencia, con zonas grises en la gobernanza y con una estructura que aprovecha, una y otra vez, las debilidades del Estado. Las recientes operaciones en el sector energético, las compras de activos durante períodos de crisis y el ascenso en áreas reguladas alimentan la sospecha de que sus negocios no serían posibles sin una red de decisiones políticas favorables.

El ascenso del tándem se construyó en base a un método: crecer donde otros retroceden.

La reciente compra de Telefe —una operación que reconfigura drásticamente el mapa mediático— profundizó estas críticas. Para algunos analistas, el movimiento es estratégico: consolida un bloque comunicacional de enorme peso local en un momento de fragmentación y crisis económica. Para otros, concentra aún más la propiedad mediática en manos de un grupo con vínculos políticos de larga data, capacidad de presión y un historial de posicionarse al calor de cada gobierno.

En un país donde las regulaciones sobre medios y energía cambian según el clima político, la estabilidad del dúo Manzano-Vila contrasta con la volatilidad del resto del sistema. Y esa persistencia alimenta una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto su poder se basa en la eficiencia empresarial y hasta qué punto se sostiene gracias a un ecosistema político dispuesto a concederles espacio, influencia y privilegios?

Manzano y Vila compraron Telefé.

Mientras tanto, ellos continúan operando como siempre: sin estridencias, sin exposición y sin rivales capaces de disputarles su territorio. En la Argentina del cortoplacismo, su proyecto de poder no solo perdura: se expande. Y cada nuevo movimiento —ya sea en medios, energía o finanzas— refuerza la idea de que, más que empresarios, son arquitectos de un modelo donde la frontera entre política y negocio se vuelve cada vez más delgada.

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