La Asamblea General de las Naciones Unidas debería ser el escenario donde las diferencias encuentren una posibilidad de diálogo. Sin embargo, la intervención de Benjamin Netanyahu, el 24 de septiembre, volvió a colocar la confrontación en el centro de una tribuna creada precisamente para evitar que la fuerza sustituya a la diplomacia.
Cuando numerosas delegaciones abandonaron el recinto antes de su discurso, el primer ministro israelí respondió calificando a sus representantes de «cobardes morales». No fue una interpretación de sus críticos: fueron sus propias palabras, pronunciadas ante la comunidad internacional.
El episodio permite examinar una cuestión que trasciende las formas diplomáticas. La autoridad de un gobernante no se demuestra mediante la descalificación de quienes discrepan, sino por su capacidad de responder a cuestionamientos, reconocer responsabilidades y construir condiciones para una salida política.
Netanyahu defendió las acciones militares israelíes, rechazó las acusaciones de genocidio en Gaza y presentó las operaciones contra Irán como decisiones vinculadas con la supervivencia de su país. Esa fue la posición expresada por el mandatario.
Reconocer ambas realidades del conflicto no significa establecer equivalencias automáticas entre hechos diferentes, sino afirmar que ninguna causa política autoriza a prescindir del derecho humanitario.
La discusión tampoco puede reducirse a una confrontación entre Netanyahu y sus adversarios. Detrás de cada discurso existen familias israelíes y palestinas que necesitan seguridad, libertad y una perspectiva de futuro.
El problema aparece cuando la retórica de la victoria desplaza las preguntas esenciales: ¿qué condiciones permitirán una paz duradera?, ¿cómo se protegerá a los civiles?, ¿qué garantías tendrán ambos pueblos?, ¿qué horizonte político sustituirá a la guerra?. La ONU no está para exigir adhesiones incondicionales a los gobiernos. Está para sostener principios que deben aplicarse incluso cuando resultan incómodos para las potencias y sus aliados. La retirada de delegaciones fue una expresión de protesta diplomática. Netanyahu tenía derecho a exponer la posición de Israel; los representantes de otros países, a manifestar su desacuerdo. Lo que merece una crítica particular es convertir esa discrepancia en motivo de desprecio. La paz no exige que las partes renuncien a sus preocupaciones de seguridad. Exige que acepten discutirlas sin negar los derechos de los demás. El verdadero desafío de Netanyahu no consiste en imponerse verbalmente ante una sala dividida, sino en explicar qué salida política ofrece a quienes llevan años viviendo entre ataques, desplazamientos, pérdidas y temor. Ninguna intervención en Naciones Unidas reemplaza esa responsabilidad. La fuerza puede modificar una situación militar; no puede, por sí sola, construir convivencia.
Y mientras la confrontación continúe ocupando el lugar del diálogo, la paz seguirá siendo una palabra pronunciada desde los atriles, pero ausente de la vida cotidiana de millones de personas.



La pregunta es ¿ cuál es la razón del privilegio de 5 naciones para poder «vetar» cualquier determinación de la asamblea general ? Esa injusticia desacredita el rol de la ONU, a mi entender el primer paso es refundar la institución sobre bases más lógicas, actualizadas y derogar en derecho a veto puesto que mantenerlo vuelve estériles ( por no decir al pedo) todos los debates y los cuantiosos gastos que genera para los pueblos.
Y la delegacion Uruguaya , En ves de retirarse de la sala , como lo hicierton mas de 70 paises, Se quedaron para Aplaudir a un Criminal Genocida, por un lado denunciamos el Bloqueo a Cuba y por el otro lado , Aplaudimos al Estado Criminal Genocida de Israel, Este gobierno con su politica exterior entreguista sumisa y alcahueta, sirviendo al sionismo Internacional , no me rrepresenta en Nada/.
Así como Hitler fue la ruina de Alemania, este tipo será la ruina de Israel. Con lo que ha hecho, es imposible la paz con sus vecinos. Así como ellos recuerdan ofensas de hace miles de años, los demás pueden también. Y dicen que los árabes son muy vengativos.
Se debe haber creído realmente el cuento de ser «elegido». Ser una minoría insignificante, rodeado de gente que no te quiere, y empezar a insultarlos a todos como un loco (quizás para forzar la aparición de su mesías), no es muy inteligente que digamos. Y es el primer contraejemplo que pongo cuando me hablan de la «inteligencia judía».
No tienen futuro y, en el fondo, lo saben.