Hay una escena que merece nuestra atención como periodistas,termina una conferencia de prensa, se apagan los micrófonos y queda una pregunta sin responder. Hubo palabras, argumentos, referencias a dificultades heredadas y promesas de trabajo. Pero aquello que motivó la consulta sigue pendiente. Si publicamos la declaración sin señalar ese vacío, la evasiva consigue su propósito: ocupar el lugar de una explicación.
Allí empieza una responsabilidad nuestra. El poder tiene sus estrategias de comunicación; el periodismo debe tener la constancia necesaria para atravesarlas. Una respuesta insuficiente requiere otra pregunta. Una contradicción exige un contraste. Un compromiso incumplido merece seguimiento, aunque haya dejado de ser novedad.
Frente a la situación del país, nos está faltando indignación. Una indignación capaz de reconocer que detrás de cada asunto público hay personas que soportan sus consecuencias. Que una demora administrativa puede significar meses de incertidumbre para una familia. Que una decisión sobre recursos públicos exige explicar prioridades. Que el lenguaje de los despachos puede resultar insoportable para quien necesita una solución concreta.
La discusión política se vuelve estéril cuando todo termina reducido a quién obtuvo una ventaja, quién perdió una votación o quién pronunció la frase más conveniente.
El descaro político merece ser examinado allí donde una autoridad considera que su cargo la libera de explicar. Donde una pregunta legítima es tratada como una agresión. Donde se invoca la confianza de los votantes para eludir el control sobre el uso del dinero público. Una elección otorga representación y responsabilidades; la rendición de cuentas debe acompañar todo el mandato. También corresponde mirar hacia nuestras propias redacciones. La cercanía con las fuentes facilita información, pero puede debilitar preguntas. El acceso a un despacho pierde valor si obliga a suavizar lo que debe ser consultado. Una entrevista fracasa cuando el temor a incomodar pesa más que el derecho del público a conocer una respuesta. La independencia se demuestra en esas decisiones pequeñas y concretas: volver sobre una cifra que no cierra, pedir el documento que respalda una afirmación, consultar a quienes sufren una medida y conceder a los señalados la oportunidad de responder. También se demuestra al corregir un error propio. Nuestra firmeza tiene que apoyarse en una exigencia que estemos dispuestos a aplicarnos.
Enojarnos supone trabajar más. Revisar expedientes, reconstruir antecedentes, distinguir una denuncia de un hecho probado y evitar que la urgencia por publicar convierta una sospecha en sentencia. Una acusación sin sustento puede hacer daño y, además, ofrecer al poder una excusa para descalificar un reclamo legítimo.
Nos falta enojarnos, sí. Transformar ese enojo en preguntas que no puedan esquivar y en investigaciones que resisten cualquier intento de desacreditarlas.

