No hizo falta que lo explicara. En todo caso, para confirmar lo que ya sugiere esa frase basta con acercarse a su obra. Olga Noya forma parte de la escuela pictórica esencialista, fundada en los años 80 por Heriberto Zorrilla y Helena Distéfano. El esencialismo, a grandes rasgos, busca captar la esencia de las cosas a través del color: la experiencia convertida en vibración, el sentimiento transformado en materia.
No se trata —como suele creerse— de pintar lo abstracto; toda representación lo es. Se trata, más bien, de revelar lo invisible, de poner en juego aquello que solo existe cuando el espectador termina de completarlo. Sus cuadros no describen: enuncian. No representan: laten. Cuando miro las pinturas de Olga, tengo la sensación de estar inmerso en un mundo trazado por amantes: casi a tientas, a la velocidad del fuego, buscando lo desconocido con un pincel que parece avanzar movido por una duda existencial más que por una certeza técnica.
– Me llamó la atención cuando contaste que muchas veces te enterás del significado de las obras después de haberlas terminado. Y eso me hizo pensar en el asunto de los títulos. Los títulos parecen completar algo que la obra contiene, pero no revelan del todo. En una obra como Troya y el Mar, ¿sabías que ibas a pintar Troya? ¿Qué pasó en el proceso?
– Jamás he trabajado con un modelo previo; mi manera de abordar la obra es sin patrón alguno. Colocar todos los colores en la paleta y realizó un estímulo cromático sobre el soporte que estoy pintando. A este estímulo lo llamó caos inicial: voy colocando los colores, sintiendo el color, dejándolo hablar. Ese primer gesto me permite caminar dentro del cuadro, bucear dentro de él. Se vuelve un ida y vuelta: yo hago algo, el cuadro responde. Yo propongo una energía, la tela me devuelve una pista. Nunca sé en qué color va a terminar ni qué figura va a sugerir.
En el caso de “Troya y el Mar”, no sabía desde el principio que iba a pintar Troya. Empecé como siempre, con ese caos inicial absolutamente libre. Y en un momento, algo empezó a emerger desde el fondo, como un recuerdo muy antiguo. Una vibración de ocres, de rojos quemados, de un fuego que no era fuego pero que me pedía avanzar por ahí. Apareció una forma que me remitía a una ciudad antigua, a una estructura que parecía resistir algo. Entonces supe que estaba frente a una Troya posible.
El mar vino después, casi como un descanso. Era un azul profundo que apareció sin que yo lo buscara. Lo dejé entrar y entendí que esa tensión —la ciudad incendiada y el océano que la rodea— era el verdadero corazón del cuadro. Troya era una metáfora del combate interior; el mar, del silencio que lo envuelve todo.
– Da la impresión de que pintás con una especie de intuición que no es meramente emocional, sino también corporal. Como si el cuerpo supiera antes que la mente qué obra quiere aparecer.
– Exactamente. Pinto desde el cuerpo, no desde la razón. La obra se va revelando mientras pinto; yo solo tengo que estar disponible. No pienso “voy a expresar tal cosa”. Si pensara así, bloquearía lo esencial. En el estudio necesito un estado de disponibilidad absoluta, un silencio mental que permita que lo inconsciente aparezca sin que yo lo censure.
Cuando alguien me dice que en una obra vio un animal, o un abrazo, o un paisaje, me parece perfecto. La pintura no está para ser explicada, está para ser vivida. La obra es un puente entre lo que yo intuí y lo que el otro siente. Si ese puente se arma, la obra ya cumplió su función.
– ¿Y qué lugar ocupa hoy el esencialismo en tu vida artística?. ¿Lo vivís como una tradición, una escuela o una forma de verdad?.
– Yo lo vivo como una forma de verdad. El esencialismo me enseñó a confiar en lo invisible, en lo que no necesita forma para ser. Para mí, el color tiene una vida propia, una energía que se comunica si la dejamos fluir. Cuando Heriberto Zorrilla decía que el arte debe revelar “la vibración interior del mundo”, hablaba de esto: de una relación directa con lo esencial, más allá de la narrativa y de la técnica. Hoy sigo ese camino con total libertad. El esencialismo está vivo porque no es un estilo, es una práctica espiritual dentro de la pintura.

