Conozco a Luis Alejandro Calzadilla desde la secundaria. Ya entonces era carismático, virtuoso en las artes e independiente. Si alguien podía habitar una tensión sin que se le notara el esfuerzo, era él. Hoy, a sus veintitantos, esa tensión tiene forma de isla: Cuba legalizó el matrimonio igualitario en 2022 y blindó la orientación sexual en la Constitución, pero ningún decreto deroga una mentalidad. Luis Alejandro es negro, gay, canta, actúa, estudia Derecho y hace activismo. Vive, como tantos, en ese desajuste entre la norma que lo ampara y la calle que lo mide. Entre un texto jurídico moderno y las miradas que no se actualizan. Así ha aprendido a moverse: sin consultar a nadie, sin dar explicaciones, sin convertir su vida en un argumento público.
Tendría siete u ocho años y hacía zapping en los pocos canales que había cuando en la pantalla apareció un bailarín ejecutando un fragmento de El lago de los cisnes. Giraba y saltaba con una precisión que no era agresiva sino exacta y suave, y él, que no sabía nada de técnica dancística, se quedó asombrado. Aquel hombre no estaba siendo femenino en el sentido burdo que se maneja en la calle: estaba siendo hermoso sin romper nada. «Esa imagen me mostró que se podía ser hombre desde otro ángulo», dice ahora, más de quince años después. El ballet no lo hizo gay, pero le abrió una puerta que ya nunca se cerró: la de entender la masculinidad como un espectro y no como una lista de comportamientos obligatorios.
Conversábamos una tarde cualquiera, de esas que La Habana concede cuando el ajetreo afloja un poco. Somos amigos desde la secundaria, pero no siempre nos vemos. Vivimos en la misma ciudad, y sin embargo la inmensidad de las calles, los horarios partidos, la vida que cada uno se ha ido armando, nos dejan menos encuentros de los que quisiéramos. Esa tarde, sin embargo, estábamos sentados frente a frente, y Luis Alejandro hablaba de su sexualidad con la misma naturalidad con que repasa su horario de clases o comenta una canción que está montando.
«Convivir con ella es hoy un dato más, no un drama —dijo—. Ocupa un lugar similar al de mi registro vocal. Es un hecho». No hay en él un ejercicio de reconciliación porque el conflicto interno ya lo resolvió en la adolescencia, cuando entendió que el problema no era lo que sentía sino lo que el entorno esperaba de él. Ahora, explica, su sexualidad no es una compañía ruidosa ni una fuente de angustia: es una realidad que informa algunas de sus decisiones, pero no todas. La vive al mismo nivel de su nacionalidad o su color de piel, una condición constitutiva que funciona en silencio, y eso le parece más sólido que cualquier militancia estricta.
Le pregunto por la Facultad de Derecho. Es la respuesta que menos tarda en dar. Como si no necesitara calibrar las palabras, como si ese terreno lo tuviera ya medido y despejado. Luis no parece preocupado. Dice que en el entorno universitario su orientación no es un secreto, pero tampoco un tema de presentación, no la anuncia, no la esconde. «Lo importante es que no modula mi rendimiento académico ni mi capacidad de intervenir en un debate. Ocupa su lugar sin alardes». Para él, esa es la forma más efectiva de normalizarla: tratarla como un hecho no excepcional.
Hablamos de su raza. De lo que significa ser un hombre negro y gay en una isla donde ambas condiciones han sido estereotipadas por separado y, cuando coinciden, generan un estereotipo compuesto: el del «negro afeminado» que ha aparecido en ciertos chistes populares. Luis Alejandro creció viendo eso, y dice que desde temprano supo que tenía dos frentes abiertos. No siente que una condición lo proteja de la otra; a veces, de hecho, se potencian negativamente. En un ambiente racista su color de piel lo coloca en una posición de desventaja, y si además es gay, la desventaja se duplica porque no cumple con la expectativa del hombre negro fuerte e hipersexual. En un ambiente homofóbico, ser negro añade un componente de exotización que puede ser incómodo. Pero él no lo padece, lo usa: «Esta doble condición me ha dado herramientas de lectura crítica. En mi trabajo artístico, esa intersección es un material valioso».
La tarde se iba poniendo más fresca y la conversación se movía sin prisa, algunos detalles ya los conocía, pero siempre es bueno indagar en los porqués.
—¿Y la música? Siempre fue tu aliada…
«De todas mis actividades, cantar es la que me permite funcionar sin que mi sexualidad sea un factor a considerar», responde. Cuando canta no está representando a nadie ni defendiendo una postura: está ejecutando una técnica que depende de su diafragma, su garganta y su oído. «Cantar es un acto que no requiere justificación identitaria. No tengo que explicar por qué un hombre gay canta una canción de amor dirigida a otro hombre, porque en la música la voz es un instrumento que trasciende el género». Esa autonomía le da un descanso: «Es el único momento de mi vida pública donde no estoy negociando con la mirada ajena. Simplemente sueno, y eso es suficiente».
De su espectáculo drag sé por lo que él me cuenta y por lo que veo en redes. Lo sé, es una deuda ir a uno de ellos. Nunca lo he visto actuar en La Habana. Luis Alejandro se sube a un escenario, con vestuario y con una intención que no es solo artística. «No tengo una visión romántica del arte como activismo. Lo he entendido como un vehículo de comunicación que tiene más alcance que un panfleto o una ponencia académica». Cuando arma un concierto que juega con lo drag, cada elección está calculada: el vestuario, el tema musical, el gesto escénico. Sabe que el público paga una entrada para ver un show, no para escuchar un discurso, pero si el show está bien construido la gente sale habiendo recibido un discurso sin darse cuenta. «Esa es la eficacia del arte —dice—. El arte tiene una licencia social que el discurso político directo no siempre tiene».
Antes de despedirnos, le pregunto por el Código de las Familias de 2022, ese texto normativo que reconoce la diversidad sexual y familiar de manera explícita. Él, que estudia Derecho y que algún día litigará, lo valora como un hecho jurídico incuestionable. Pero también como un hecho sociológico que no opera por decreto. «Lo que ocurre en Cuba es una paradoja típica de los países que legislan por delante de su realidad cultural —explica—. Lo que hago es trabajar para acortar ese desfase: desde el arte, que llega a la emoción; desde el activismo, que pone el tema en agenda; y desde el futuro ejercicio del Derecho, que puede traducir la voluntad jurídica en sentencias concretas que sienten precedentes». Luego remata, sin solemnidad, como quien dice la hora: «La ley es el piso, no el techo. El piso ya está puesto. Toca construir la casa».






