La intolerancia a la lactosa aparece cuando el intestino delgado no produce suficiente lactasa. Esa enzima es la que descompone la lactosa, el azúcar que tienen naturalmente la leche y sus derivados. Es muy común entre los adultos, aunque también puede presentarse en la niñez o en la adolescencia.
De acuerdo con MedlinePlus, el portal de salud de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE.UU., las molestias empiezan entre media hora y dos horas después de consumir lácteos, y muy pocas veces la condición es peligrosa.
Por qué ocurre
Al nacer, el cuerpo produce lactasa para poder digerir la leche materna. Con los años, en muchas personas esa producción baja, y por eso la intolerancia suele dar señales recién en niños más grandes, adolescentes o adultos.
Hay otra causa posible: las enfermedades que dañan el intestino delgado, como la celiaquía o la enfermedad de Crohn, y las infecciones que provocan diarrea. Tratar el problema de fondo suele mejorar los síntomas. Si la intolerancia vino después de una diarrea pasajera, la lactasa vuelve a sus niveles normales en pocas semanas.
Ocurre en todo el mundo, según el Food Intolerance Network —red europea de información sobre intolerancias alimentarias— estima que apenas entre un cuarto y un tercio de los adultos del planeta conserva la capacidad de digerir bien la lactosa.
En los países nórdicos lo logra cerca del 90% de la población; en el sur de Europa, entre un 10% y un 30%. En América del Sur, alrededor de la mitad de las personas es intolerante. La propia organización aclara que los datos son escasos.
Síntomas y diagnóstico
Lo más habitual es sentir hinchazón y cólicos en el abdomen, gases, diarrea o náuseas. Cuantos más lácteos se consumen, más fuertes son las molestias.
MedlinePlus insiste en que la intolerancia “no es lo mismo que una alergia” a la leche. En la alergia reacciona el sistema inmunitario y puede haber cuadros graves. La intolerancia, en cambio, resulta incómoda pero no trae complicaciones serias.
Como el síndrome del intestino irritable y otras afecciones dan síntomas parecidos, el diagnóstico tiene que hacerlo un profesional. El estudio más usado es la prueba de hidrógeno en el aliento, que mide ese gas antes y después de que la persona beba un líquido con lactosa.

Qué se puede consumir
Tener poca lactasa no obliga a dejar los lácteos. Según MedlinePlus, la mayoría de las personas en esa situación tolera hasta media taza de leche, entre 60 y 120 mililitros, si la toma de una sola vez.
Hay productos que se digieren mejor que la leche, como el yogur y otros lácteos fermentados, los quesos duros estacionados, la manteca y los deslactosados.
En Uruguay, el Ministerio de Salud Pública (MSP) puso a consulta pública en setiembre de 2020 un proyecto de decreto para regular este tipo de alimentos. El borrador considera “sin lactosa” a los que tienen hasta 100 miligramos cada 100 gramos o mililitros, y “bajos en lactosa” a los que tienen entre 100 y 250 miligramos. La categoría “reducidos en lactosa” queda para los que contienen al menos un 30% menos que el producto original.
El calcio
Dejar los lácteos sin buscar reemplazos puede llevar a una falta de calcio, vitamina D, riboflavina y proteínas. MedlinePlus indica que una persona necesita entre 1.000 y 1.500 miligramos de calcio por día, según su edad y sexo. Entre las alternativas aparecen las verduras de hoja, el brócoli, las sardinas, el salmón en lata y los jugos con calcio agregado. Los suplementos solo deben tomarse con indicación médica.
También conviene consultar cuando un bebé menor de dos o tres años tiene síntomas o un niño no aumenta de peso. En los adultos, la señal para volver al médico es que las molestias empeoren, no mejoren o aparezcan otras nuevas.

