Todo puede comenzar con algo insignificante. Una alfombra levantada, una baldosa floja, el apuro por atender el teléfono o una visita al baño durante la madrugada. Un segundo de desequilibrio, una caída y una frase que se repite en muchos hogares: «No fue nada, solamente se tropezó». Pero a veces sí fue algo. Y mucho más serio de lo que parecía. Para una persona mayor, una caída desde su propia altura puede terminar en una fractura de cadera, una intervención quirúrgica y un prolongado período de rehabilitación. En algunos casos, también puede significar la pérdida de la independencia para realizar actividades tan sencillas como bañarse, vestirse o caminar sin ayuda. La pregunta es por qué un tropiezo que a los 30 años probablemente terminaría en un golpe puede tener consecuencias tan importantes a los 80.
La respuesta obliga a mirar más allá de la alfombra.
El Fondo Nacional de Recursos (FNR) publicó un informe sobre las artroplastias de cadera por fractura realizadas entre enero de 2021 y junio de 2023. En ese período financió 3.051 procedimientos correspondientes a 3.004 personas. El 78,7% de las intervenciones se realizó en mujeres y la edad promedio de los pacientes fue de 80,9 años. Pero el dato más preocupante surge del seguimiento posterior: entre los 2.901 procedimientos incluidos en el análisis de mortalidad al año, se registraron 595 fallecimientos por cualquier causa durante los doce meses siguientes a la cirugía. Es decir, el 20,5%. Esto no significa que la operación o la fractura hayan causado necesariamente esas muertes. La edad avanzada, las enfermedades preexistentes y el estado general de los pacientes influyen en el pronóstico. Sin embargo, la cifra permite comprender la gravedad que puede alcanzar una lesión frecuentemente asociada con un accidente doméstico.
El problema puede comenzar antes de la caída
Durante años se ha insistido, con razón, en la necesidad de retirar alfombras, mejorar la iluminación y evitar obstáculos en los hogares donde viven personas mayores. Pero la prevención no termina en el entorno. «Muchas veces la familia identifica el obstáculo que provocó la caída, pero no se pregunta por qué la persona perdió el equilibrio o no pudo recuperarlo. Con los años podemos perder fuerza muscular, estabilidad y velocidad de reacción. También hay medicamentos que producen mareos o somnolencia. No siempre hay una sola causa: frecuentemente coinciden varios factores», explica el doctor Carlos Montoya, de UCM Falck.
La pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, conocida como sarcopenia, es uno de los problemas que merecen atención. Los músculos no sirven solamente para caminar o levantar objetos. También permiten corregir rápidamente un movimiento cuando tropezamos o perdemos estabilidad.
Cuando esa capacidad disminuye, un pequeño desequilibrio puede resultar más difícil de controlar. A esto se agregan problemas de visión, alteraciones neurológicas, descensos de presión arterial y determinados medicamentos que pueden provocar mareos, somnolencia o inestabilidad. Por eso, una caída no debería atribuirse automáticamente a la edad o a la mala suerte. En ocasiones puede ser la primera manifestación de un problema de salud que todavía no ha sido identificado. Y cuando las caídas se repiten, la necesidad de una evaluación médica es todavía mayor.

Los huesos también envejecen
Cada 20 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Osteoporosis, una enfermedad caracterizada por la disminución de la resistencia de los huesos, que aumenta la probabilidad de sufrir fracturas. Su particularidad es que puede avanzar durante años sin producir síntomas evidentes. Muchas personas descubren que tienen osteoporosis después de una fractura que ocurrió ante un traumatismo de escasa intensidad.
Pero hay una distinción importante: la osteoporosis no suele ser la causa de la pérdida del equilibrio. Lo que hace es aumentar la posibilidad de que un hueso se fracture cuando ocurre una caída. Esto explica por qué dos personas pueden tropezar en circunstancias similares y sufrir consecuencias completamente diferentes.
En los adultos mayores, especialmente en las mujeres después de la menopausia, la pérdida de densidad ósea puede convertirse en un factor determinante. Cuando coincide con debilidad muscular, dificultades para caminar o enfermedades que afectan el equilibrio, el riesgo aumenta. «Una fractura de cadera en una persona mayor no es simplemente un hueso roto. Puede implicar una operación, semanas o meses de recuperación y, en algunos casos, la pérdida de una independencia que costó toda una vida construir. Por eso tenemos que prestar tanta atención a lo que ocurre antes de una caída como a sus consecuencias», señala Montoya. La prevención, por lo tanto, requiere atender dos problemas diferentes: reducir la posibilidad de caerse y disminuir la fragilidad que puede transformar esa caída en una fractura.
Qué hacer durante los primeros minutos
Hay una reacción casi instintiva cuando encontramos a una persona mayor en el suelo: ayudarla a levantarse cuanto antes. Pero esa decisión, tomada con la mejor intención, puede resultar peligrosa si existe una fractura o una lesión de columna.
El dolor intenso en la cadera o la ingle, la dificultad para mover una pierna, la imposibilidad de ponerse de pie o una extremidad que parece más corta o girada de manera anormal son señales que requieren atención médica urgente. «Cuando una persona mayor se cae, nuestra primera reacción es ayudarla a levantarse. Pero si tiene dolor intenso de cadera, no puede apoyar una pierna o sospechamos una fractura, lo correcto es no movilizarla innecesariamente y solicitar asistencia médica urgente. Querer ayudar no siempre significa mover al paciente», advierte el médico de UCM Falck.
Ante estos síntomas, no se debe intentar levantar a la persona ni obligarla a caminar. Lo indicado es solicitar asistencia médica, evitar movimientos innecesarios y mantenerla acompañada y abrigada mientras llega el equipo de salud.
También requieren especial atención las caídas acompañadas de pérdida de conocimiento, confusión, dolor de cabeza intenso o traumatismos craneales, particularmente si la persona recibe medicamentos anticoagulantes.
Incluso cuando no aparecen lesiones evidentes, es importante conocer qué provocó la caída. No es lo mismo tropezar con un objeto que perder súbitamente el conocimiento, sufrir un mareo o experimentar una debilidad inesperada. «Que una caída no haya terminado en una fractura no significa que debamos ignorarla. Es importante averiguar qué ocurrió. ¿Hubo un mareo? ¿Una pérdida de conocimiento? ¿Dificultades para caminar? Una caída puede ser una oportunidad para identificar problemas de salud y reducir el riesgo de que vuelva a ocurrir», explica Montoya.
La prevención comienza mucho antes
La buena noticia es que existen medidas capaces de reducir el riesgo de caídas. El entrenamiento de fuerza, especialmente de los músculos de las piernas, y los ejercicios que mejoran el equilibrio y la marcha ocupan un lugar importante. También es necesario controlar la visión, revisar periódicamente la medicación y evaluar la salud ósea cuando corresponda. La actividad física debe adaptarse a la capacidad y las condiciones de cada persona. Caminar es beneficioso, pero no siempre resulta suficiente para recuperar la fuerza muscular o mejorar un equilibrio deteriorado. En el hogar, una iluminación adecuada, los pasamanos, el calzado estable y la eliminación de obstáculos siguen siendo medidas sencillas y útiles. Pero quizá el cambio más importante sea abandonar una idea demasiado extendida: considerar que caerse es una consecuencia natural e inevitable de cumplir años. No todas las caídas pueden prevenirse. Tampoco todas terminan en fracturas. Pero muchas de las condiciones que aumentan el riesgo pueden identificarse y tratarse antes de que ocurra un accidente.
Porque el verdadero objetivo no es solamente evitar una fractura. Es preservar algo que con los años adquiere un valor cada vez mayor: la posibilidad de seguir viviendo con independencia.

