Virginia Woolf: No me digas princesa

El escribir es considerado un don que no se nos otorga a todos; el poder vaciar la mente con un lápiz y un papel (un teclado y un archivo en blanco), vaya don divino… Esa gran habilidad de unos cuantos, nos ha dejado historias, poemas, cuentos y un sinfín de información que nos nutren día a día.

Gracias a este “don divino” llegamos a nuestra referente de la semana: Virginia Woolf, novelista de origen británico considerada una de las figuras más relevantes del modernismo literario del siglo XX y el movimiento feminista.

Virginia Woolf, nacida en Londres como Adeline Virginia Stephen un 25 de enero de 1882, una mujer a la cual le tocó vivir en un mundo de cambios, una época de prosperidad para el Reino Unido que salía de una Revolución Industrial la cual había dejado avances tecnológicos y económicos, haciendo que Inglaterra se convirtiera en un país moderno y poderoso. Dentro de los cambios más significativos fue la liberad de imprenta, lo que le daba espacio a la liberad de expresión y la defensa de los derechos de la mujer, que no era para menos.

Hija del escritor Leslie Stephen y Julia Prinsep Stephen, modelo de pintores prerrafaelitas. Un matrimonio que tuvo un total de ochos hijos, cuatro de ellos de matrimonios pasados y cuatro juntos, donde nace Virginia; en un hogar rodeado de intelectualidad, arte y política.

Por más liberales que fuesen sus padres, no pudo acceder a una institución educativa, solo sus hermanos varones, ya que era considerado que las mujeres debían quedarse en el hogar a cuidar de la familia mientras eran enseñadas por tutores.

A su corta edad sufrió la pérdida de su madre, quien falleció abruptamente por una fiebre reumática en 1895, dos años después se despide de su hermana Stella y en 1905 fue el turno de su padre quien padecía cáncer.

Poco después del fallecimiento de su padre, Virginia y tres de sus hermanos se mudan a Bloomsbury, en la zona oeste de Londres. Lugar donde se empieza a relacionar con intelectuales británicos conocidos como el “Círculo de Bloomsbury”. El relacionarse con sus pares, abrió un mundo de ideas sobre la igualdad, feminismo, la homosexualidad, bisexualidad, ecologismo y el amor por el arte.

Vida amoroso

Pese a sus altibajos emocionales y sus reiterados intentos de suicidio, en agosto de 1912 se casó con el escritor, político y editor Leonard Woolf. Un matrimonio condicionado por la salud mental de la escritora; en algunas de sus cartas confesaba que si bien existía el afecto entre ambos, no existía ningún tipo de erotismo ya que para ella no era disfrutable el estar con una persona de su mismo sexo.

Años después, en 1922 aparece una apasionada historia de amor entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West, quienes se conocerían en una cena en Londres. Sus diferencias hacían que se mantuviese vivo el fuego entre las dos. Juntas lograron comprender sus más íntimos pensamientos, alcanzaron la estabilidad que necesitaban para seguirse desarrollando como escritoras; para Virginia, Vita fue la droga que necesitaba para estar a flote.

10 años de incontables cartas de amor, de complementarse, acompañarse a la distancia, deberían de llegar a su fin cuando la edad y los ideales políticos empezaran a pesar más que su amor.

“Mi adorada, déjame escribirte una línea más: me has dado demasiada felicidad”, escribió Virginia a Vita en una oportunidad. Ambas se mantuvieron como amigas muy cercanas, pero su pasado amoroso quedó muy atrás. “¿Qué más puedo decir? Te amo”, escribió Virginia. “Mi amor por ti es absolutamente verdadero, vívido e inalterable”, respondió Vita. Y así, se acabó uno de los romances más apasionados de la historia de la literatura que las marcaría de por vida.

Obra literaria

Entre la cordura y el delirio, Virgina logró escribir magníficas obras literarias que le permitían expresar su sentir, aquellas cosas que veía y no distinguía entre la realidad y las voces de su cabeza.

Las ideas y palabras fluían sin parar; durante los primeros brotes de su enfermedad, la escritora llegó a afirmar que había oído cantar a los pájaros en griego, escena que años más tarde reproduciría en sus obras “La señora Dalloway” (1925) considerada una de sus obras más famosas junto a “Al faro” (1927), “Orlando: una biografía” (1928), “Las olas” (1931), y su breve ensayo “Una habitación propia” (1929); esta última fue tomada como referente para varias mujeres en los años 70 por los temas que aborda, dentro de ellos la frase: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción” .

Final no feliz

Con una vida llena de altibajos, depresiones, intentos de suicidio, un mal acompañamiento psicológico; Virginia lamentablemente no podía terminar de otra manera. El 28 de marzo de 1941, puso fin a su sufrimiento sin antes dejar dos caras, una para su hermana Vanessa, otra para su marido Leonard, donde expresa su gratitud y amor, así como su profundo dolor y tristeza. Sin poder luchar más, envuelta en desesperación, se colocó su abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se adentro en el Río Ouse.

Su cuerpo fue encontrado semanas más tarde.

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