El hígado filtra toxinas, metaboliza nutrientes, regula hormonas, almacena energía y participa en más de 500 funciones vitales. Sin embargo, su importancia suele pasar desapercibida hasta que aparecen problemas graves. En Uruguay —como en gran parte del mundo— las enfermedades hepáticas están en aumento y generan preocupación en el sistema de salud.
Especialistas señalan que las patologías más frecuentes son la esteatosis hepática (hígado graso), las hepatitis virales, el daño causado por el consumo de alcohol y las enfermedades autoinmunes. Pero el principal factor de crecimiento en los últimos años es el hígado graso no alcohólico, directamente vinculado al sedentarismo, la mala alimentación y el sobrepeso. Hoy afecta a entre el 25% y el 30% de la población adulta en varios países de la región, una cifra que también se refleja en los consultorios locales.
El problema es que la mayoría de estas afecciones no presentan síntomas en etapas tempranas. El hígado no duele. Por eso, muchas personas conviven durante años con inflamación o daño progresivo sin saberlo. Cuando la enfermedad finalmente se manifiesta en forma de cansancio extremo, dolor abdominal, ictericia o retención de líquidos, suele ser porque el daño está avanzado.
La buena noticia es que el hígado es un órgano con una capacidad extraordinaria de regeneración. Con cambios oportunos en el estilo de vida, un diagnóstico precoz y controles adecuados, es posible revertir o frenar muchas patologías. En ese sentido, los hepatólogos recomiendan chequeos periódicos, especialmente para quienes tienen factores de riesgo: obesidad, diabetes, colesterol alto, consumo habitual de alcohol o antecedentes familiares de enfermedad hepática.
Otro punto clave es la importancia de la vacunación contra hepatitis A y B, dos enfermedades prevenibles que aún registran brotes esporádicos. La hepatitis C, en cambio, no tiene vacuna, pero hoy cuenta con tratamientos altamente efectivos que permiten la curación en la mayoría de los casos cuando se detecta a tiempo.
Los especialistas también alertan sobre la automedicación, especialmente con analgésicos y antiinflamatorios que, en dosis altas o prolongadas, pueden generar daño hepático severo. Lo mismo ocurre con algunos suplementos “naturales” o productos de herbolaria que se comercializan sin control y no siempre están libres de riesgos.
La alimentación ocupa un capítulo central. Una dieta equilibrada, baja en ultraprocesados, rica en vegetales, frutas, fibras y grasas saludables, acompañada de actividad física regular, puede mejorar significativamente la función hepática. El consumo moderado o nulo de alcohol es, para muchos pacientes, una condición indispensable.
Desde el sistema de salud, los expertos insisten en la necesidad de estrategias preventivas: campañas de información, fortalecimiento de la pesquisa en policlínicas, programas de detección del hígado graso y un mayor acceso a estudios básicos como ecografías y análisis de enzimas hepáticas.
La salud hepática requiere un enfoque integral. No es solo una cuestión clínica, sino también social y cultural: hábitos alimentarios, patrones de consumo, estilos de vida y educación sanitaria. Cuidar el hígado no significa vivir con restricciones, sino asumir decisiones informadas que impactan en la calidad de vida.
Mientras las enfermedades hepáticas continúan creciendo, la clave está en actuar antes de que aparezcan los síntomas. Porque, aunque silencioso, el hígado es un órgano que habla cuando ya es tarde. Escucharlo antes es responsabilidad de todos.

