El Foro Económico Mundial de Davos suele funcionar como una mesa de pruebas de alcance global. Sin embargo, la edición 2026 ha dejado algo más que señales y ha expuesto una fractura intelectual profunda entre dos visiones incompatibles del porvenir. De un lado, el presidente argentino Javier Milei defendió el capitalismo como una utopía moralmente perfecta, casi una religión secular. Por otro lado, Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, ofreció un diagnóstico frío y estructural sobre los riesgos sistémicos que amenazan la estabilidad de nuestra civilización.
Para Uruguay —un país que históricamente ha protegido su soberanía apoyándose en el derecho internacional, la fortaleza institucional y el equilibrio diplomático— este contraste no es un ejercicio académico. Es una advertencia estratégica sobre la supervivencia en un mundo que ha dejado de jugar bajo las reglas conocidas.
En el estrado de Davos, Milei presentó una visión del capitalismo como una fuerza natural, infalible y redentora. En su narrativa, la intervención estatal no es solo una ineficiencia técnica, sino el único obstáculo ético entre la humanidad y una prosperidad ilimitada. No obstante, esta idealización requiere una operación retórica audaz: ignorar la evidencia empírica del siglo XXI.
El capitalismo «realmente existente» hoy no se asemeja al ideal competitivo de emprendedores heroicos que describe el mandatario argentino. Es un sistema marcado por una hiperconcentración sin precedentes, donde el 1% más rico controla casi la mitad del patrimonio global y las corporaciones tecnológicas ejercen un poder soberano superior al de muchas naciones. En este escenario, la «libertad de mercado» corre el riesgo de mutar en la libertad de los monopolios para dictar las condiciones de vida de la ciudadanía.
Frente al optimismo metafísico de Milei, Mark Carney —cuya trayectoria une la gestión de bancos centrales con el liderazgo de una potencia media— ofreció un mensaje diametralmente opuesto. Su afirmación fue una sentencia de muerte para la nostalgia: “El orden mundial basado en normas ha terminado”.
Carney describió un mundo donde las grandes potencias utilizan la interdependencia económica como un arma. Aranceles, infraestructura financiera y cadenas de suministro ya no son herramientas de integración, sino instrumentos de coerción. Su frase más resonante sintetizó el nuevo paradigma: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Para los países de mediana escala, la lección es brutal: entregarse a una fe de mercado que las potencias ya no practican es una forma de vulnerabilidad estratégica.
El contraste entre ambos discursos revela tres fallas estructurales en la utopía libertaria que el realismo de Carney obliga a mirar de frente:
La Crisis Climática: Mientras la visión de Milei tiende a minimizar como un «invento burocrático», Carney la identifica como el mayor costo externo que el mercado, por sí solo, no puede internalizar. Para una economía agroexportadora como la uruguaya, ignorar esto no es una postura filosófica, es un riesgo macroeconómico.
La Erosión Democrática: Milei propone que el mercado sustituya a la política. Carney advierte que es precisamente la desigualdad extrema y la inseguridad económica lo que fractura el contrato social y alimenta los autoritarismos que, finalmente, dinamitan el comercio internacional.
El Tecnocapitalismo: Milei celebra la innovación como liberación absoluta. Sin embargo, la realidad muestra un ecosistema de algoritmos opacos que moldean comportamientos y reducen la autonomía individual a patrones de consumo, transfiriendo la soberanía de los pueblos a plataformas privadas sin control democrático.
Uruguay ha construido su identidad nacional sobre el equilibrio y el pragmatismo. La propuesta de Milei nos invita a un salto al vacío ideológico, confiando en que el mercado resolverá tensiones que son, en esencia, políticas. Por el contrario, la tesis de Carney sugiere que la soberanía hoy no se protege desmantelando el Estado, sino fortaleciendo una autonomía estratégica en sectores críticos: energía, alimentos, tecnología y finanzas.
En un continente fragmentado, este realismo geopolítico exige reconstruir la cooperación regional. Brasil y México, como potencias estructurales, son actores indispensables. No se trata de un romanticismo integracionista, sino de una estrategia de supervivencia entendida como la necesidad de la unidad de las potencias medias como la única defensa ante la ley del más fuerte.
Esta versión de Davos nos ha dejado una importante lección. La utopía libertaria de Milei solo sobrevive si se elimina la realidad de este mundo. El realismo de Carney, aunque incómodo, nos ofrece una brújula para navegar por un siglo XXI hostil. Para Uruguay, la elección es contundente. O abrazar la promesa de un orden de mercado cada vez más inexistente o dedicarnos a la construcción paciente de una arquitectura de supervivencia regional. Todo indica que solo la segunda opción es compatible con la defensa de nuestra soberanía en un mundo que ha vuelto a privilegiar la fuerza sobre las normas.

