La lógica perversa: fabricar “tigres” donde apenas hay “ratones”.

Entre operadores disfrazados de periodistas e “investigaciones” que apuntan a los débiles, se consolida un modelo informativo que protege al poder real y degrada la función social de la prensa.

El problema no es la falta de títulos. Es, precisamente, lo que algunos hacen con ellos.

En un contexto donde la información circula a una velocidad inédita y la confianza pública en los medios se erosiona día a día, resulta particularmente grave la proliferación de seudoperiodistas que, amparados en diplomas y credenciales, han optado por degradar el oficio hasta convertirlo en una cadena de mandados. No investigan: ejecutan. No preguntan: obedecen. No contrastan: replican.

El periodismo —en su esencia— es una práctica incómoda. Incomoda al poder, tensiona los relatos oficiales y exige una ética que no se negocia según la pauta publicitaria ni la cercanía con determinados actores políticos o empresariales. 

No alcanza con tener un título universitario para ser licenciado en comunicación periodística. El título certifica la formación, pero no garantiza independencia, ni coraje, ni compromiso con la ciudadanía. Cuando esos atributos faltan, lo que queda es una caricatura: profesionales que se dicen periodistas pero actúan como operadores, redactores de conveniencia o simples intermediarios del poder.

Aún más preocupante es cuando estos seudoperiodistas ensayan una falsa vocación investigativa. No investigan donde deben, sino donde conviene. Detectan debilidades en actores menores —funcionarios de segunda línea, figuras sin respaldo o ciudadanos sin capacidad de respuesta— y descargan sobre ellos una maquinaria de exposición desproporcionada. Allí sí hay titulares, insistencia, zócalos permanentes y condena anticipada.

Pero cuando se trata de los verdaderos centros de poder, el rigor se diluye. La pregunta incómoda desaparece. El archivo se vuelve selectivo. Y la prudencia —curiosamente— reemplaza a la vehemencia.Se instala entonces una lógica perversa: fabricar “tigres” donde apenas hay “ratones”. Amplificar lo menor hasta convertirlo en escándalo, mientras lo estructural, lo verdaderamente relevante, queda fuera de foco. 

No es un error de criterio: es una forma de operar. 

Ese “periodismo de zócalo”, urgente, simplificador y muchas veces condenatorio, no busca comprender ni explicar: busca instalar. Reduce la complejidad a consignas, reemplaza la evidencia por reiteración y convierte sospechas en verdades a fuerza de repetición. En ese esquema,recuperar la dignidad del oficio no depende solo de las redacciones o de las universidades. Depende también de una ciudadanía que exija calidad informativa y que deje de consumir pasivamente contenidos diseñados para manipular más que para informar.

Porque cuando el periodismo se arrodilla, la democracia se debilita. Y cuando quienes deberían preguntar se convierten en mensajeros obedientes, lo que se pierde no es solo la verdad: es la posibilidad misma de construir una sociedad informada, crítica y verdaderamente libre.

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