La palabra también juega

El desafío pendiente de la selección uruguaya.

La conferencia de prensa de Marcelo Bielsa dejó una reflexión que trasciende lo futbolístico. La no intervención  de varios jugadores evidenciaron dificultades para comunicar ideas, argumentar y expresar conceptos, un aspecto que también forma parte de la formación integral de un deportista de alto rendimiento y que la mayoría carecen.

Las conferencias de prensa posteriores a los partidos suelen ofrecer mucho más que un análisis táctico. Son una ventana al perfil humano, intelectual y emocional de quienes representan a un país. En ese sentido, las últimas comparecencias de futbolistas de la selección uruguaya dejaron al descubierto una realidad que merece una reflexión más profunda.

Marcelo Bielsa ha insistido desde hace años en que el futbolista no debe limitarse a entrenar y competir. Debe comprender el juego, interpretar el contexto y desarrollar herramientas para comunicarse. Esa visión quedó nuevamente expuesta tras ver las actitudes  de algunos integrantes del plantel.

Más allá del resultado deportivo, varias intervenciones reflejaron dificultades para construir una idea, expresar un razonamiento o transmitir un concepto con claridad. No se trata de juzgar a las personas ni de medir su inteligencia por una conferencia de prensa. Tampoco de exigir que todos sean grandes oradores. Sin embargo, sí es legítimo preguntarse si la formación de un futbolista profesional debería contemplar también el desarrollo de habilidades comunicacionales y pensamiento crítico.

Durante décadas, el fútbol sudamericano priorizó casi exclusivamente el rendimiento físico y técnico. Desde edades muy tempranas, miles de jóvenes dedican su vida a perfeccionar el manejo del balón, relegando en muchos casos la educación formal y otras herramientas que serán determinantes una vez terminada su carrera deportiva.

La capacidad de expresarse, argumentar, leer el contexto o dialogar con los medios no solo fortalece la imagen del deportista, sino que también influye en su liderazgo, en la relación con sus compañeros, en la toma de decisiones y en la construcción de su proyecto de vida fuera de las canchas.

El desafío, por tanto, no pasa por ridiculizar a quienes tienen dificultades para hablar ante un micrófono. La verdadera discusión debería centrarse en qué tipo de formación reciben los futbolistas durante su proceso de crecimiento. Si el sistema solo prepara excelentes ejecutores dentro del campo de juego, pero no ciudadanos con herramientas para desenvolverse en otros ámbitos, la responsabilidad trasciende a los propios jugadores.

El fútbol profesional exige hoy mucho más que talento deportivo. Los jugadores son referentes sociales, modelos para miles de niños y protagonistas permanentes de la comunicación pública. Saber expresarse con claridad, comprender el impacto de sus palabras y desarrollar pensamiento propio constituye una competencia tan valiosa como un buen pase o un remate preciso.

Quizás esa sea una de las enseñanzas que deja el debate abierto por Bielsa: formar futbolistas completos implica educar personas completas. Porque la carrera deportiva termina algún día, pero la capacidad de pensar, comunicarse y desenvolverse en la sociedad acompañará al individuo durante toda su vida.

 

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1 Comentario

  1. Estimado señor Blanco: disculpe mi atrevimiento ante su editorial pero me hizo recordar el ensayo sobre el tenista Michael Joyce que David Foster Wallace publicó hace algunos años. Todo el texto es interesante pero me gustaría copiar aquí algunas fracciones de ese texto con el fin de expandir sus reflexiones.

    (No escuché la conferencia de prensa a la que usted hace mención pero sí escuché muchas discusiones sobre si Messi debería haber recibido o no el saludo de Trump mientras que nadie mencionaba a Suárez)

    Cito a Wallace:

    «Reverenciamos la excelencia atlética y el éxito en la competición. Y dedicamos más que atención; votamos con nuestras carteras. Gastamos grandes sumas por ver a un atleta realmente grande; lo recompensamos con la celebridad y la adulación y llegamos a comprarnos los productos y servicios que él promociona.

    Pero preferimos no aceptar la clase de sacrificios que el atleta a nivel profesional ha hecho para volverse tan bueno en una actividad específica. Esos sacrificios nos parecen bien de boquilla: invocamos tópicos apasionados acerca del heroísmo solitario de los atletas olímpicos, del dolor y la analgesia del fútbol americano, del levantarse temprano, las horas de entrenamiento, las dietas restringidas, las privaciones, el celibato antes del combate, etcétera. Pero los verdaderos elementos del sacrificio nos repelen cuando los vemos: genios del baloncesto que no saben leer, corredores que se dopan, defensas de fútbol americano que se inyectan hormonas bovinas hasta desmayarse o explotar. Preferimos no tener en cuenta los comentarios asombrosamente banales y primitivos que hacen los atletas en las entrevistas posteriores a los torneos, ni imaginar qué clase de empobrecimiento de la vida mental permite a la gente pensar de esa forma simplista en que los grandes atletas parecen pensar.»

    Sé que hay ejemplos que contradicen a Wallace pero el mundo está lleno de gente hábil para muchas cosas más allá del deporte que se concentran en su campo de tal manera que no se dedican a algo más.

    Termino con una reflexión de Estanislao Zuleta: «Una educación que transmite el saber en el mismo proceso con que refuerza las resistencias al pensamiento produce uno de los logros más nefastos de nuestra civilización: el experto y el científico que hacen aportes y que, fuera del campo de su especialidad, son las ovejas más mansas del rebaño, se atienen a las ideas dominantes, y conservan incontaminadas por su saber, las más extravagantes creencias con tal de que sean lo suficientemente tradicionales y colectivas, como para que no les planteen problemas en su medio.»

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