El Mundial de la FIFA 2026 pasará a la historia del deporte internacional no solo por su inédita expansión de formato, su inédito número de sedes o la distribución geográfica entre tres naciones, sino también por haber llevado la intervención tecnológica a un extremo exagerado que abrió heridas profundas en la esencia misma del juego.
Lo que originalmente se promocionó en los congresos de la FIFA como la era de la justicia absoluta, la transparencia total y la erradicación definitiva del error humano se ha transformado, paradójicamente, en el torneo en uno de los más discutido por decisiones arbitrales.
La introducción de la pelota conectada con microchips de alta sensibilidad y el refinamiento extremo de los algoritmos de fuera de juego semiautomatizado, lejos de pacificar el ambiente del fútbol moderno, han trasladado la polémica perpetua desde el césped del estadio hacia las cabinas herméticas de transmisión y las salas de revisión de video de los complejos arbitrales.
La eliminación de la selección de Alemania frente a Paraguay en la prórroga se convirtió en uno de los principales focos de debate en torno a la aplicación de la tecnología en el torneo. La anulación del gol del defensor Jonathan Tah en el minuto 101, debido a la señalización de una falta ofensiva de Waldemar Anton sobre el guardameta Orlando Gill, abrió la discusión sobre la interpretación de las imágenes en cámara lenta.
Mientras que diversos sectores señalaron que la acción en vivo correspondía a un contacto colateral dentro del área chica, la revisión en alta definición llevó al cuerpo arbitral a determinar la existencia de una infracción. Tras la posterior caída de los germanos en la tanda de penales, la federación alemana solicitó aclaraciones formales a las autoridades de la FIFA respecto a los criterios y márgenes del protocolo de intervención.
Este escenario se repitió en los octavos de final, el partido entre Argentina y Egipto sumó un nuevo elemento al análisis internacional. La invalidación de un gol al conjunto africano por una falta en el inicio de la jugada previa generó posturas encontradas en la prensa especializada.
Diversos analistas cuestionaron si la revisión de acciones ocurridas veinte o treinta segundos antes de la anotación altera la dinámica y el ritmo natural del juego, contraponiendo la búsqueda de la precisión reglamentaria frente a la fluidez colectiva en un deporte de contacto.

Por su parte, el encuentro de eliminación directa entre Portugal y Croacia también concitó la atención por las decisiones del cuerpo arbitral y los asistentes de video. En primera instancia, se debatió la sanción de un penal a favor del combinado luso por una caída en el área croata. Posteriormente, en el cierre del encuentro, el sistema automatizado intervino para anular lo que hubiese sido el gol del empate de Joško Gvardiol al detectar una posición adelantada milimétrica de Igor Matanović.
La discusión sobre la unificación de criterios se intensificó al analizar las jugadas en las que el VAR optó por no intervenir. Durante la fase de grupos, una acción donde el atacante ghanés Prince Adu cayó dentro del área tras un cruce del defensor inglés Ezri Konsa no fue considerada como infracción por el árbitro principal ni revisada en el monitor, lo que provocó protestas oficiales por parte del equipo africano.
En una línea similar, la anulación de un gol a Vinícius Jr. frente a Escocia por una falta sobre el central Jack Hendry reavivó la controversia global respecto a dónde debe fijarse el umbral aceptable para el contacto físico en el fútbol de alta competencia.

