La oposición y el riesgo de convertir la crítica en una política de Estado

La democracia necesita que la coherencia llegue a la oposición.

Pero una oposición fuerte no es necesariamente aquella que más critica, sino aquella que, además de señalar los errores del gobierno, es capaz de demostrar que tiene una alternativa mejor.

En Uruguay comienza a instalarse una discusión que merece ser planteada sin mezquindades partidarias: ¿la oposición encabezada por el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente está construyendo una alternativa de gobierno o simplemente está construyendo un discurso contra el gobierno?

La diferencia no es menor.

En las últimas semanas, la Coalición Republicana ha reiterado cuestionamientos al primer año de gestión de Yamandú Orsi. En ocasión de la Rendición de Cuentas, blancos, colorados e independientes resolvieron no acompañar el proyecto en general y hablaron de falta de rumbo, inacción, retrocesos y malos resultados. Al mismo tiempo, anunciaron que realizarían propuestas y modificaciones durante la discusión particular.

Ese es, precisamente, el punto donde debería comenzar el verdadero debate.

Porque decir que el gobierno se equivoca no alcanza.

Decir que la seguridad está mal tampoco alcanza.

Denunciar que la economía no crece lo suficiente, que el empleo no responde, que existen problemas sociales o que determinadas decisiones son equivocadas forma parte de la legítima tarea opositora. Pero una democracia madura necesita algo más: ¿qué harían ustedes?

Ahí parece estar faltando una parte sustancial de la discusión política uruguaya.

La crítica permanente corre el riesgo de convertirse en una política en sí misma. Y cuando la crítica se transforma en el principal producto de una oposición, termina perdiendo valor. El ciudadano escucha que todo está mal, pero no necesariamente descubre cuál sería el camino alternativo.

La oposición tiene la obligación de controlar, denunciar y cuestionar. Pero también tiene la responsabilidad de construir.

Si se sostiene que la política de seguridad es equivocada, habrá que explicar cuál es la estrategia alternativa, cuánto cuesta, en cuánto tiempo puede aplicarse y qué resultados concretos se esperan.

Si se cuestiona la política económica, habrá que presentar una hoja de ruta para crecer, atraer inversiones, mejorar salarios, reducir el déficit y generar empleo.

Si se considera insuficiente la política social, habrá que explicar cómo se atenderá la pobreza infantil, cómo se fortalecerán las familias y cómo se evitará que las políticas sociales se transformen en mecanismos permanentes de dependencia.

Si se cuestiona la educación, habrá que presentar propuestas concretas, presupuestos, metas y mecanismos de evaluación.

Y si se discrepa con la política exterior, también sería saludable que la oposición explique qué modelo de inserción internacional propone para Uruguay, qué relaciones priorizará y cómo piensa ampliar mercados e inversiones.

Gobernar en positivo significa asumir el costo de las respuestas.

La crítica es relativamente sencilla porque no obliga a administrar las consecuencias de una decisión. Proponer, en cambio, exige asumir responsabilidades. Obliga a explicar cuánto cuesta, quién lo paga, cuándo comienza a funcionar y qué ocurre si el resultado esperado no aparece.

Por eso Uruguay necesita una oposición que deje atrás la lógica del comentario permanente y avance hacia la construcción de una plataforma alternativa.

El Partido Nacional y el Partido Colorado tienen una larga tradición de gobierno. El Partido Independiente también ha participado de responsabilidades ejecutivas y legislativas. No son fuerzas políticas improvisadas ni recién llegadas al sistema. Precisamente por eso la sociedad puede exigirles mucho más que una sucesión de comunicados y conferencias de prensa.

La oposición debería estar preparando desde ahora el programa de gobierno que pretende ofrecerle al país en 2030.

No solamente explicando por qué Orsi se equivoca, sino explicando qué haría en su lugar. No solamente denunciando los problemas, sino estableciendo prioridades.

No solamente enumerando las dificultades, sino proponiendo soluciones. No solamente hablando de lo que el Frente Amplio no hace, sino de lo que la Coalición Republicana haría.

Hay, además, una cuestión política de fondo. La oposición todavía tiene por delante el desafío de definir qué quiere ser. Los análisis recientes sobre la Coalición Republicana advierten precisamente sobre la necesidad de resolver su arquitectura política y electoral y evitar decisiones que favorezcan a un socio en detrimento de los demás.

Ese debate no puede reducirse a quién tiene más protagonismo dentro de la coalición. La verdadera discusión debería ser qué país quiere construir ese espacio político. Uruguay no necesita una oposición que espere cuatro años acumulando argumentos contra el gobierno. Necesita una oposición que utilice estos cuatro años para demostrar que está preparada para gobernar. El ciudadano no vota únicamente contra alguien. También vota a favor de alguien. Y ahí aparece el gran desafío para blancos, colorados e independientes: transformar la indignación en propuesta, la crítica en programa y el diagnóstico en soluciones.

Porque si toda la oposición consigue demostrar es que el gobierno se equivoca, habrá cumplido una parte de su tarea. Pero si pretende volver a gobernar, tendrá que demostrar algo mucho más difícil,que sabe cómo hacerlo mejor. Ese debería ser el verdadero comienzo de una oposición responsable.

Porque en democracia, criticar al que gobierna es necesario. Pero convencer de que uno puede gobernar mejor es imprescindible.

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