Hay viajes que comienzan mucho antes de subir a un avión. Empiezan cuando una persona comprende que necesita buscar nuevos horizontes, cuando el deseo de progresar se vuelve más fuerte que el temor a lo desconocido y cuando la esperanza de construir un futuro diferente obliga a tomar una de las decisiones más difíciles: abandonar el país donde se nació.
Clara y Calia conocen esa experiencia. La primera llegó desde República Dominicana. La segunda, desde Cuba. Ambas dejaron atrás sus costumbres, sus afectos y buena parte de sus historias personales para comenzar una nueva etapa en Uruguay. No llegaron con el mismo proyecto empresarial, pero compartían una aspiración: trabajar, progresar y alcanzar una independencia económica que les permitiera construir una vida propia. Hoy, Clara es empresaria gastronómica y Calia tiene su salón de belleza.
Sus historias son ejemplos de una inmigración que no solamente busca oportunidades laborales, sino que también genera emprendimientos, diversifica la actividad comercial y contribuye a la integración cultural. Clara recuerda que su llegada a Uruguay estuvo acompañada por una mezcla de incertidumbre y esperanza. Había dejado República Dominicana, un país de costumbres caribeñas, con la intención de construir un futuro diferente. Su objetivo era desarrollar una actividad gastronómica propia.
– ¿Qué fue lo más difícil de tomar la decisión de abandonar tu país?
– Dejar atrás todo lo que uno conoce. La familia, los amigos, las costumbres. Cuando decidís emigrar, sabés que vas a comenzar nuevamente y que muchas cosas no van a ser fáciles. Pero también sentís que necesitás buscar otras oportunidades.
– ¿Por qué elegiste Uruguay?
– Buscaba un lugar donde pudiera trabajar, establecerse y construir algo propio. Mi sueño era poder tener un emprendimiento gastronómico y desarrollar mi actividad.
– ¿Cómo fueron tus primeros días?
– Todo era diferente. Tenía que conocer el país, adaptarme a las costumbres y entender cómo funcionaban las cosas. Al principio uno tiene muchas preguntas, pero también muchas ganas de salir adelante. La gastronomía representa una de las expresiones culturales más importantes de los pueblos. Los sabores, las recetas y las formas de cocinar acompañan a las personas incluso cuando se encuentran a miles de kilómetros de su tierra natal. En el caso de Clara, esa actividad se transformó en el camino hacia su independencia económica. Tres años después de su llegada, consiguió concretar su objetivo empresarial.
– ¿Imaginabas que en tres años ibas a conseguir tener tu propio negocio?
– Era lo que quería lograr. Cuando uno tiene un sueño, tiene que trabajar para conseguirlo. Hoy miro hacia atrás y siento una satisfacción muy grande por haber podido alcanzar esa meta.
– ¿Qué significa para vos ser empresaria en un país que no es el tuyo?
– Significa mucho. Es saber que pude comenzar una nueva vida y construir algo propio. Uruguay es el país donde estoy desarrollando mi futuro. La historia de Clara permite observar cómo un proyecto personal puede transformarse en una actividad económica y en una herramienta de integración. Su emprendimiento gastronómico forma parte de una realidad comercial en la que conviven diferentes tradiciones culturales y propuestas culinarias.
La historia de Calia comenzó en Cuba.
Su decisión de emigrar estuvo vinculada al deseo de encontrar nuevas oportunidades y desarrollar un proyecto independiente. Uruguay se convirtió en el destino elegido para comenzar esa etapa. A diferencia de Clara, su aspiración estaba relacionada con el sector de la estética y el cuidado personal. Quería tener su propio salón de belleza.

– ¿Qué recordás del momento en que decidiste dejar Cuba?
– Fue una decisión importante porque significa dejar muchas cosas atrás. Uno sabe que va a extrañar su país, su gente y su forma de vida. Pero también piensa en el futuro y en las oportunidades que quiere conseguir.
– ¿Con qué expectativas llegaste a Uruguay?
– Llegué con ganas de trabajar y de construir mi propio camino. Tenía el sueño de poder abrir un salón de belleza y dedicarme a una actividad que me permitiera crecer.
– ¿Cómo fueron tus comienzos?
– Tuve que adaptarme a un país diferente, conocer personas y aprender cómo funcionaba todo. Cuando llegás a un lugar nuevo, necesitás tiempo para encontrar tu espacio. El sector de la belleza requiere conocimientos técnicos, atención personalizada y capacidad para desarrollar una relación de confianza con los clientes. Para quien comienza una actividad independiente, construir una clientela representa uno de los desafíos más importantes. A ello se suman las responsabilidades de administrar un emprendimiento, organizar el trabajo y sostener una propuesta comercial. Después de cuatro años en Uruguay, Calia consiguió abrir su propio salón.
– ¿Qué sentiste cuando finalmente pudiste concretar ese proyecto?
– Una felicidad muy grande. Era algo que quería conseguir desde hacía tiempo. Tener mi propio salón significa que pude avanzar y construir una actividad independiente.
– ¿Qué representa Uruguay en tu vida actual?
– Es el país donde pude desarrollar mi proyecto. Acá estoy construyendo mi presente y mi futuro.
– ¿Qué le dirías a otra mujer que está pensando en emigrar para buscar nuevas oportunidades?
– Que tenga claro lo que quiere conseguir y que se prepare para comenzar nuevamente. No todo se logra de un día para otro, pero es importante tener objetivos y trabajar para alcanzarlos. Las historias de Clara y Calia comparten una característica fundamental: ninguna de las dos llegó a Uruguay con su proyecto empresarial concretado. Ambas debieron atravesar un proceso de adaptación antes de alcanzar sus objetivos. Emigrar significa aprender a desenvolverse en una sociedad diferente, comprender sus mecanismos comerciales, construir vínculos y encontrar un espacio dentro de la comunidad.

Desafíos exigentes
Para las mujeres que aspiran a emprender, esos desafíos pueden resultar particularmente exigentes. No alcanza con tener conocimientos sobre una actividad. También es necesario comprender las obligaciones comerciales, desarrollar redes de contactos y conseguir los recursos indispensables para poner en funcionamiento un negocio.
En ese proceso, la integración social adquiere una importancia fundamental. Cada cliente, cada vínculo comercial y cada nueva relación personal contribuyen a construir un sentido de pertenencia. Clara y Calia representan dos experiencias concretas de ese recorrido. Una encontró en la gastronomía su camino empresarial. La otra desarrolló su proyecto en el sector de la belleza.
República Dominicana y Cuba comparten una identidad caribeña, aunque poseen realidades económicas, sociales y culturales diferentes. Uruguay, con sus propias características, representa un escenario distinto para quienes llegan desde esas naciones. El clima, las costumbres, la dinámica comercial y las relaciones sociales forman parte de un proceso de adaptación que cada migrante atraviesa de manera particular. Sin embargo, las diferencias culturales también generan oportunidades de intercambio.
La inmigración incorpora nuevas expresiones gastronómicas, servicios, conocimientos y formas de relacionarse con el trabajo. En las últimas décadas, Uruguay ha recibido ciudadanos de distintos países latinoamericanos que se incorporaron a su vida económica y social. Muchos encontraron empleo en actividades existentes. Otros decidieron desarrollar emprendimientos independientes.
Clara y Calia pertenecen a este último grupo. Sus historias permiten comprender que la inmigración no debe analizarse únicamente desde las necesidades de quienes llegan, sino también desde las capacidades que incorporan a la sociedad que los recibe. Hay un momento particular en la vida de quienes emigran: aquel en que pueden mirar hacia atrás y reconocer que la decisión de abandonar su país dio lugar a una nueva realidad. Para Clara, ese momento llegó cuando consiguió establecer su actividad gastronómica. Para Calia, cuando pudo abrir su salón de belleza.
Tres y cuatro años, respectivamente, fueron los períodos necesarios para alcanzar sus metas empresariales. Detrás de esos resultados existen dos historias personales que merecen ser conocidas.
– Clara, si hoy pudieras hablar con aquella mujer que dejó República Dominicana, ¿qué le dirías?
– Que siguiera adelante con su sueño. Que no dejara de pensar en lo que quería conseguir. Hoy puedo mirar lo que construí y sentirme orgullosa.
– Calia, ¿qué le dirías a aquella cubana que llegó a Uruguay con la ilusión de comenzar una nueva vida?
– Que valió la pena intentarlo. Hoy tengo mi propio salón y puedo seguir trabajando para construir mi futuro. Las dos respuestas sintetizan el sentido de sus experiencias: el deseo de progresar y la satisfacción de haber conseguido establecer una actividad independiente.
Historia de migrantes
La historia uruguaya está profundamente vinculada a la inmigración. Durante generaciones, personas provenientes de diferentes lugares del mundo participaron en el desarrollo comercial, industrial, cultural y profesional del país. Las nuevas corrientes migratorias latinoamericanas continúan incorporando experiencias y conocimientos a esa construcción colectiva. Clara y Calia son parte de ese proceso.
Sus emprendimientos no solamente representan logros individuales. También constituyen actividades económicas que se desarrollan dentro de la sociedad uruguaya. La integración de las personas extranjeras puede expresarse de múltiples maneras, y el trabajo independiente constituye una de ellas. Cada emprendimiento abre posibilidades de intercambio, establece relaciones comerciales y contribuye a la diversidad de la oferta de bienes y servicios. En el caso de estas dos mujeres, sus proyectos también reflejan una búsqueda de autonomía personal.
Cuando Clara abandonó República Dominicana y Calia dejó Cuba, ambas iniciaron un camino cuyo resultado todavía desconocían. Sabían qué querían conseguir, pero no podían anticipar cuánto tiempo necesitarían para alcanzar sus objetivos.
Hoy, una dirige su emprendimiento gastronómico y la otra desarrolla su actividad en su propio salón de belleza. Sus historias muestran dos formas diferentes de construir una nueva vida.También recuerdan que detrás de cada persona migrante existe mucho más que un documento de identidad extranjero o una nacionalidad diferente. Hay proyectos, conocimientos, expectativas y decisiones personales que merecen ser escuchadas. Clara necesitó tres años. Calia, cuatro. Una encontró su futuro entre sabores y propuestas gastronómicas; la otra, en el mundo de la belleza y el cuidado personal. Ambas dejaron atrás sus países de nacimiento, pero llevaron consigo aquello que finalmente les permitió construir una nueva etapa: sus sueños.
Y hoy, esos sueños tienen un lugar en Uruguay.


