El Mundial de Norteamérica 2026 está cada vez más cerca y hay varias selecciones que se perfilan como candidatas a conquistar la máxima cita del fútbol. Entre ellas aparece Brasil. La oncena sudamericana no atraviesa su mejor momento, pero siempre resulta obligatorio respetar a la primera pentacampeona del mundo, que ya trabaja para recuperar el poderío futbolístico que históricamente la ha caracterizado.
Brasil ha contado con generaciones doradas a lo largo de toda su historia. Desde Pelé, Zico, Jairzinho, Sócrates, Rivelino, Bebeto, Dunga y Romario, hasta Ronaldinho, Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos y Marcelo, sus figuras han brillado tanto a nivel individual como con la camiseta de la selección.
Sin embargo, en los últimos años el rendimiento ha estado muy lejos de las expectativas que se construyeron a partir de su glorioso pasado. Por eso, el desafío de cara a 2026 es volver a competir por el título y recuperar la cima del fútbol mundial, aunque para lograrlo deberán superar a selecciones que hoy cuentan con algunos de los mejores futbolistas del planeta.
Brasil ha intentado reinventarse con el paso del tiempo. Su última gran figura, Neymar Jr., asumió el liderazgo del equipo en Rusia 2018, en medio de un período de transición y lo que probablemente fue la última generación dorada. A pesar de ello, el camino se detuvo en los cuartos de final, tras la eliminación frente a Bélgica.
En Qatar 2022 el recambio generacional fue aún más notorio. A los nombres consolidados de Neymar, Marcelo, Alisson, Thiago Silva y Casemiro se sumaron jóvenes como Antony, Vinícius, Rodrygo o Gabriel Martinelli. No obstante, el desenlace volvió a ser el mismo: eliminación en cuartos de final, esta vez ante Croacia. De cara a la edición que se disputará en México, Estados Unidos y Canadá, la selección brasileña aspira a retomar el protagonismo. Aunque Neymar intenta recuperar su nivel con pasos muy medidos, todo indica que es momento de que futbolistas como Vinícius Jr., figura del Real Madrid, y Raphinha, estrella del Barcelona, asuman definitivamente la responsabilidad de conducir al equipo hacia los primeros planos del fútbol mundial.

A pesar de contar con numerosos jugadores en los mejores clubes del mundo, Brasil aún no ha logrado engranar como equipo, algo que quedó en evidencia durante las Eliminatorias Sudamericanas, donde finalizó en el quinto puesto con 28 puntos. La última convocatoria, realizada en noviembre de 2025 para disputar amistosos ante Senegal y Túnez, incluyó a figuras como Alisson, titular en el Liverpool; Marquinhos, capitán del PSG; Militão, pilar del Real Madrid; Bruno Guimarães, habitual en el Newcastle United; Vinícius y Rodrygo, piezas clave del conjunto merengue; Raphinha, referente ofensivo del Barcelona, y Richarlison, quien se destaca en el Tottenham.
Ellos conforman la base del actual seleccionado brasileño, pero pese a los intentos por desplegar su mejor versión, el rendimiento apenas alcanzó para asegurar la clasificación al Mundial. Por ese motivo, la Confederación Brasileña de Fútbol decidió apostar por un entrenador extranjero. Los pentacampeones rompieron una tradición de décadas al contratar a Carlo Ancelotti como seleccionador. Desde 1965 no contaban con un técnico de otra nacionalidad, cuando el argentino Filpo Núñez dirigió de manera fugaz al combinado nacional.
Antes de aquel antecedente, sólo se registraban los pasos del portugués Joreca en 1944 y del uruguayo Ramón Platero en 1925. De este modo, Ancelotti se convierte en apenas el cuarto entrenador extranjero en la historia de Brasil, un hecho de gran peso simbólico para el país. El ex director técnico del Real Madrid asumió el mando del “Scratch” hasta 2030, aunque su continuidad estará claramente condicionada por el rendimiento en la cita mundialista.

Brasil integrará el Grupo C junto a Marruecos, Haití y Escocia, con sede en Estados Unidos, y debutará el 13 de junio frente al conjunto africano, que a priori aparece como el rival más exigente de la fase inicial.
El principal objetivo de la era Ancelotti es aportar equilibrio a un equipo que en ataque desborda talento y opciones, con una magia individual capaz de complicar a cualquier adversario. Combinar ese potencial ofensivo con una concentración férrea y la capacidad de neutralizar al rival fue una de las grandes virtudes de los equipos del entrenador italiano, y esa misma identidad busca trasladar a la verdeamarela.
Además, el plantel espera afinar la puntería de cara al arco, algo que en teoría no debería representar un problema si se tiene en cuenta la calidad de sus delanteros. En el ciclo clasificatorio terminaron con apenas siete goles a favor, una cifra baja para una selección que históricamente se ha caracterizado por su poder ofensivo.

Sin embargo, más allá de los resultados, el gran debate que rodea a Brasil en los últimos años tiene que ver con la identidad. El “Jogo Bonito”, símbolo del fútbol brasileño durante décadas, parece haberse diluido entre la presión por ganar y los planteos más conservadores. Recuperar esa esencia no solo implica títulos, sino también volver a enamorar al mundo con un estilo que forma parte de la cultura y la identidad del país.

