La inversión de China en tecnología se ha consolidado como uno de los ejes centrales de su modelo de desarrollo económico y estratégico. En 2024, el país destinó más de 3,6 billones de yuanes (alrededor de 500 mil millones de dólares) a investigación y desarrollo (I+D), reflejando un crecimiento anual superior al 8 % y manteniendo a China como el segundo mayor inversor mundial en este rubro.
Ese gasto en I+D representó aproximadamente el 2,68 % del Producto Interno Bruto (PIB), un porcentaje que ha ido en aumento con el tiempo y que ya se sitúa cerca del promedio de los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Este compromiso con la innovación se traduce en una inversión sostenida en sectores clave como inteligencia artificial, semiconductores, energías renovables y telecomunicaciones, que no solo impulsan la competitividad tecnológica de China, sino que también moldean su crecimiento económico futuro.
Este contexto ha llevado a que China marque el camino de la modernidad a nivel global. Basta recorrer las calles de la capital, Beijing, o de ciudades costeras como Shanghái para advertir el nivel de innovación y sustentabilidad de los proyectos vinculados a la I+D. Un ejemplo claro es el avance en la creación de robots y humanoides, capaces de realizar desde tareas cotidianas hasta trabajos industriales de alta complejidad.

Lo llamativo es que estas creaciones no se limitan a exhibiciones o vitrinas tecnológicas. Las personas pueden adquirir estos desarrollos para uso personal o comercial. Desde agosto de 2025, Beijing alberga el primer centro comercial del mundo dedicado exclusivamente a la venta de robots, denominado Robot Mall (Centro Comercial de Robots). Este espacio ofrece una experiencia interactiva donde los clientes pueden ver, probar y comprar robots humanoides, mascotas robóticas y brazos mecánicos, bajo un modelo “4S” (venta, servicio, repuestos y experiencia) similar al de las concesionarias de automóviles, reflejando el impulso de China por liderar la industria robótica.
Este avance se traslada también a la vida cotidiana. Ya es habitual encontrar robots que reciben a los huéspedes en hoteles, preparan café en cafeterías o realizan tareas de atención al público. En el ámbito industrial, los brazos robóticos se utilizan para trabajos pesados como el ensamblaje de automóviles, lo que permite una mayor velocidad de producción, reducción de costos y mayor eficiencia.
Por otro lado, la modernidad en los aeropuertos chinos es una de las expresiones más visibles del desarrollo tecnológico y la planificación del país. Grandes terminales como Beijing Daxing o Shanghái Pudong funcionan no solo como puntos de tránsito, sino como verdaderas ciudades inteligentes, diseñadas para mover millones de pasajeros con altos estándares de eficiencia.
El uso de tecnología avanzada es clave: reconocimiento facial para el check-in y el embarque, sistemas automatizados de control de seguridad y gestión digital del flujo de pasajeros reducen tiempos y optimizan la experiencia de viaje. En muchos casos, es posible completar todo el proceso sin mostrar documentos físicos, utilizando únicamente el teléfono móvil o datos biométricos. Incluso, algunos aeropuertos cuentan con asistentes con traducción en tiempo real a múltiples idiomas, facilitando la comunicación entre pasajeros y personal.

Además, los aeropuertos incorporan servicios inteligentes como señalización digital multilingüe, robots de asistencia, sistemas automatizados de equipaje y una amplia oferta comercial y gastronómica. Todo ello convierte al aeropuerto en una experiencia eficiente y tecnológica, alineada con la visión de China de modernizar cada eslabón de su red de transporte.
Fuera de la capital, diversas megaciudades avanzan a un ritmo acelerado, visible desde el primer momento. Shanghái, por ejemplo, concentra millones de habitantes y funciona como un verdadero laboratorio urbano, donde conviven rascacielos, barrios inteligentes y sistemas de transporte altamente eficientes. El metro, los trenes de alta velocidad y las autopistas urbanas permiten una movilidad fluida en ciudades de escala gigantesca, algo impensado en muchos países.
La tecnología integrada a la vida cotidiana es otro eje central, en China, pagar con efectivo es cada vez menos común: el celular se utiliza para compras, transporte, trámites administrativos, atención médica y comunicación. Esta digitalización masiva no es solo una cuestión de comodidad, sino una muestra de cómo la innovación se aplica de forma inmediata y a gran escala.

Por otro lado, existen puertos inteligentes, redes logísticas avanzadas y el sistema ferroviario de alta velocidad más extenso del mundo reflejan una apuesta estratégica por la conectividad interna y externa. Estas obras no solo sostienen el crecimiento económico, sino que refuerzan la integración territorial del país.
En paralelo, China continúa impulsando una fuerte inversión en innovación y desarrollo tecnológico, con especial foco en inteligencia artificial, energías renovables, vehículos eléctricos, telecomunicaciones y exploración espacial. Empresas tecnológicas nacionales conviven con políticas estatales que orientan el rumbo del desarrollo, consolidando un ecosistema que busca liderazgo global y soberanía tecnológica.
En definitiva, la modernidad en China no se define únicamente por lo tecnológico o lo económico, sino por su capacidad de proyectar el futuro sin borrar su identidad histórica. Un modelo propio, planificado y a gran escala, que continúa transformando al país y redefiniendo su papel en el escenario global.


Igualito al «patrimonio cultural» con grafitis, en estado ruinoso y chato que algunos se esmeran en mantener en los barrios por 18 de Julio hasta la Aduana que por al noche parece un antro gigante con luces amarrillas que apenas iluminan.