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Las consecuencias de una hepatitis mal cuidada tienen un impacto en la vida personal, laboral y social del paciente. 

Cuando la hepatitis no se cuida…

La hepatitis es una inflamación del hígado

La infección por el virus de la hepatitis C afecta a 50 millones de personas en el mundo
La infección por el virus de la hepatitis C afecta a 50 millones de personas en el mundo

La infección por el virus de la hepatitis C afecta a 50 millones de personas en el mundo. Aunque existe una cura eficaz en más del 95% de los casos, la detección tardía y el abandono del seguimiento médico pueden desembocar en cirrosis, cáncer hepático y la necesidad de un trasplante. Esta puede ser provocada por virus, por el consumo de alcohol, por la exposición a tóxicos o por una reacción equivocada del propio sistema inmunitario. En cualquiera de sus formas, el daño comienza de manera silenciosa.

El paciente no siente nada, o apenas un cansancio difuso, mientras el virus o la agresión química van minando la capacidad del órgano para cumplir sus funciones. Cuando la hepatitis no se cuida, o pasa desapercibida durante años o cuando el paciente abandona el control médico, las consecuencias se acumulan de manera progresiva y, en muchos casos, irreversible. Lo que pudo ser una infección curable se convierte en una enfermedad crónica que termina por condicionar la vida entera de la persona.

La infección por el virus de la hepatitis C afecta a 50 millones de personas en el mundo
La infección por el virus de la hepatitis C afecta a 50 millones de personas en el mundo

El primer paso en el deterioro hepático mal cuidado es la cronificación. En el caso de la hepatitis C, entre un 55% y un 85% de las personas infectadas desarrollan una infección crónica si no reciben tratamiento. El virus permanece en el organismo y la inflamación se mantiene de manera constante durante años. Esa inflamación activa un mecanismo de reparación defectuoso. El hígado intenta regenerarse, pero lo hace generando tejido cicatricial. Aparece entonces la fibrosis, un endurecimiento progresivo del órgano que dificulta el flujo sanguíneo y reduce su capacidad para procesar toxinas, sintetizar proteínas y almacenar nutrientes. Si no se interviene, la fibrosis avanza, el tejido cicatricial sustituye al tejido sano. El hígado se vuelve más rígido y su superficie se vuelve irregular. Esa es la antesala de la cirrosis.

La cirrosis hepática constituye la fase más avanzada de la fibrosis. Aquí, el daño estructural es extenso y la arquitectura normal del hígado ha sido reemplazada por nódulos de regeneración rodeados de tejido cicatricial. La función del órgano se ve gravemente comprometida. Un paciente con cirrosis puede permanecer asintomático durante años. Es la llamada cirrosis compensada. Pero si el daño progresa o aparecen complicaciones, se entra en la fase descompensada. Los síntomas entonces son ictericia, ascitis, edemas en las piernas, sangrado digestivo por várices esofágicas y deterioro cognitivo provocado por la acumulación de toxinas que el hígado ya no puede eliminar.

Una de las consecuencias más graves de la hepatitis mal cuidada es el carcinoma hepatocelular. La inflamación crónica y la regeneración constante del tejido hepático crean un entorno propicio para que las células acumulen mutaciones y se transformen en malignas. El cáncer de hígado suele ser silencioso en sus fases iniciales.  Por su parte, la insuficiencia hepática es el estadio final del daño acumulado.

El hígado ya no puede realizar sus funciones básicas, depurar la sangre, sintetizar factores de coagulación, producir albúmina o almacenar glucógeno. El paciente desarrolla encefalopatía hepática que incluye confusión, somnolencia, coma, trastornos de la coagulación que provocan sangrados espontáneos, infecciones recurrentes por ascitis infectada y fallo multiorgánico. Las consecuencias de una hepatitis mal cuidada tienen un impacto en la vida personal, laboral y social del paciente. 

A esto se suma el coste sanitario. Atender a un paciente con cirrosis descompensada o carcinoma hepatocelular requiere múltiples consultas, pruebas de imagen, procedimientos terapéuticos y, en muchos casos, hospitalizaciones prolongadas. El trasplante hepático, cuando es necesario, supone un desembolso aún mayor. La prevención mediante detección precoz y tratamiento temprano resulta siempre más efectiva. Prevenir la infección mediante medidas de salud reduce la incidencia de nuevos casos. 

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