A lo largo de la historia latinoamericana, uno de los factores menos discutidos —pero más determinantes— del avance de la política imperial estadounidense ha sido la pasividad, cuando no la complicidad, de muchos gobiernos de la región.
No se trata únicamente de la fuerza externa ejercida desde Washington, sino de la debilidad interna que permitió que esa influencia se arraigara y se normalizara. En ese sentido, volver a poner sobre el tapete la Doctrina Monroe no es un ejercicio nostálgico, sino una necesidad política y ética.
Proclamada en 1823 bajo el lema “América para los americanos”, la Doctrina Monroe fue presentada como un escudo frente al colonialismo europeo. Sin embargo, con el paso del tiempo se transformó en una herramienta de dominación hemisférica que justificó intervenciones militares, golpes de Estado, bloqueos económicos y presiones diplomáticas. Estados Unidos se erigió como tutor de la región, decidiendo qué gobiernos eran aceptables y cuáles debían ser removidos. Este giro no habría sido posible sin la falta de una respuesta firme y coordinada desde América Latina.
Durante décadas, numerosos gobiernos latinoamericanos optaron por la comodidad de la subordinación antes que por el costo político de la autonomía. La dependencia económica, el endeudamiento externo y la fragilidad institucional crearon un terreno fértil para la injerencia. En lugar de fortalecer proyectos regionales soberanos, se aceptaron recetas impuestas, se firmaron acuerdos desiguales y se legitimaron intervenciones bajo el pretexto de la “estabilidad” o la “seguridad”.
La pasividad no siempre fue silenciosa; en muchos casos fue activa. El apoyo de élites locales a intereses extranjeros permitió que la Doctrina Monroe se actualizara bajo nuevos nombres: lucha contra el comunismo, guerra contra las drogas, combate al terrorismo o defensa de la democracia. El discurso cambiaba, pero el resultado era el mismo: pérdida de soberanía y marginación de los pueblos en la toma de decisiones estratégicas.
Hoy, cuando América Latina enfrenta desafíos comunes como la desigualdad, la crisis climática y la dependencia tecnológica, resulta imprescindible revisar críticamente ese legado. Poner la Doctrina Monroe sobre la mesa implica reconocer que su vigencia no depende solo de la voluntad de Estados Unidos, sino también de la incapacidad regional para construir una voz propia. La integración fragmentada y las rivalidades internas han sido aliadas silenciosas del imperialismo.
La historia demuestra que ninguna potencia avanza sin resistencias debilitadas. Por eso, más que denunciar únicamente al actor externo, es necesario interpelar a los gobiernos latinoamericanos, pasados y presentes, por su falta de decisión política. Recuperar la soberanía no es un gesto retórico, sino una tarea concreta que exige memoria histórica, cooperación regional y valentía política. Solo así América Latina dejará de ser objeto de doctrinas ajenas y podrá convertirse, finalmente, en sujeto de su propio destino.


Acuerdo con lo expuesto es más no sólo los gobiernos también los medios, las instituciones intermedias, los publicistas y todos aquellos que de alguna manera tienen responsabilidad comunicacional son cómplices por formar la opinión del pueblo, y, ningún gobierno podría arrodillarse con un pueblo resuelto a no permitirlo. Muchos uruguayos hablan de la tibieza del presidente pero cuantos estarían dispuestos a respaldar con su sangre posturas más extremas, hay mucho hipócrita, salu.
TOTALMENTE CIERTO
«A lo largo de la historia latinoamericana, uno de los factores menos discutidos —pero más determinantes— del avance de la política imperial estadounidense ha sido la pasividad, cuando no la complicidad, de muchos gobiernos de la región. «…….
Sin dudas!…..incluido el actual…..trasvestido detras de vacias «condenas»…..»repudios» frases hechas y cliche….cuyo significado no es exactamente coherente….con las acciones de los «neo-piratas» sino tan solo….pildoras de adormecimiento…..hacia adentro…..hacia el rebano…
FRENTEAMPLISTA: AHORA ERES ESPECIALISTA EN «DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO» !! YA PRESENTASTE TU TESIS DE GRADO ?? TAMBIÉN CONOCES POLÍTICA INTERNACIONAL, ACASO ESTUDIASTE EN EL REAL INSTITUTO ELCANO DE ESPAÑA ?? O SÓLO ERES UN CABEZA DE TERMO QUE VERANEA EN LA PLAYA DEL CERRO ??
Cuando se carece de respuestas definitivas y sólidas, pues se recurre a insultos personales.
El debate debe ser siempre una contraposición de argumentos y el que tenga la base legítima y pruebe su verdad será el que predomine en la temática.
La agresión personal, que vemos desde la calle misma, pasando por foros de debate y llegando hasta las cámaras legislativas mismas es sólo una muestra de incompetencia e ignorancia y su concurso está fuera de lugar pues no aporta absolutamente NADA al tema discutido.
EL RESPETO ES UN DERECHO Y UNA OBLIGACIÓN, Y DEBEN SER NORMA COMÚN EN LA VIDA CIUDADANA.
HAGAMOS DE ELLOS UNA NORMA COMÚN EN NUESTRA VIDA DIARIA.
Muchas gracias.
Me gusto el articulo, claro y consiso. En cuanto a su comentario estoy en su misma sintonia.