El cierre de Casa de Galicia dejó mucho más que una institución de salud fuera del sistema. También dejó una deuda política y social que aún hoy sigue sin resolverse del todo: la situación de centenares de trabajadores que continúan esperando que se cumplan las promesas realizadas por el gobierno en el momento más crítico de aquella crisis.
Cuando la histórica mutualista cerró sus puertas en el 2022, el gobierno encabezado por Luis Lacalle Pou aseguró públicamente que los funcionarios no quedarían desamparados. Fue el entonces ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, quien transmitió uno de los mensajes más recordados de aquellos días de incertidumbre. Frente a trabajadores angustiados por su futuro laboral, el jerarca afirmó con contundencia: “acá nadie va a perder el laburo”.
Aquella frase se transformó rápidamente en una promesa política fuerte. El Ejecutivo anunció un mecanismo de redistribución de funcionarios dentro del sistema sanitario, buscando que los trabajadores fueran absorbidos por otras instituciones de salud. Parte de ese proceso efectivamente ocurrió: varios médicos, enfermeros y técnicos lograron ser incorporados en distintos prestadores.
Sin embargo, el panorama no fue igual para todos. Con el paso del tiempo quedó claro que la inserción laboral prometida no alcanzó a la totalidad de los trabajadores. Personal administrativo, de mantenimiento, servicios y otras áreas quedó fuera de las soluciones estructurales que se habían planteado inicialmente.
Muchos debieron atravesar largos períodos en seguro de paro, otros lograron empleos temporales o en condiciones laborales más precarias, y un grupo importante sigue reclamando que se cumpla la promesa original realizada desde el gobierno.
El caso de Casa de Galicia también dejó en evidencia las dificultades del sistema para absorber de forma ordenada el cierre de una institución con cientos de funcionarios y miles de usuarios. Pero, más allá de las complejidades técnicas, para quienes quedaron en el camino el asunto es mucho más simple: hubo una palabra dada que todavía esperan que se cumpla.
Recordar hoy lo que ocurrió con Casa de Galicia implica también recordar aquella frase que generó esperanza en medio de la crisis. “Acá nadie va a perder el laburo”, dijo el entonces ministro. Sin embargo, para muchos trabajadores esa frase todavía permanece como una promesa pendiente.
El tiempo pasó, cambiaron prioridades y el tema dejó de ocupar los titulares. Pero para quienes formaban parte de aquella institución histórica, la historia sigue abierta. Y la pregunta continúa siendo la misma: qué ocurrió finalmente con la promesa de que nadie perdería su trabajo.


Y bue, don Salinas dijo lo que le prometieron a él. A los que no le creyeron, los tildaban de derrotistas, pesimistas de izquierda que se oponían al progreso. Así les fue a los que sí le creyeron…
Los puestos de trabajo no se cumplieron varios compañeros se suicidaron , esto no se dice, los más veteranos quedaron desprotejidos, otros fueron absorbidos después de 2 o 3 años, en diferentes condiciones, y el señor Luis Lavalle pago chirolas de la deuda de la empresa con sus funcionarios, el pescado grande y jodedor está el círculo católico, ex presidente de asse vino a eso, a quedarse con casa de Galicia para el círculo católico. Luis lacalle no lo tapas con nada, mi con 5 hospitales en el cerro. Bien demostrado lo que es ser antipueblo y antitrabajador. Delincuentes