Diplomacia

Henry Kissinger un personaje muy cuestionado

Este libro es un clásico imprescindible que resulta un compendio sobre la historia de las relaciones internacionales y el arte de la diplomacia, centrado en el siglo XX y el mundo occidental. Analiza tácticas diplomáticas clave, como el equilibrio de poder, la razón de Estado, la «realpolitik», la seguridad colectiva y la esfera de influencia. Este enfoque está relacionado de manera transversal con el módulo «Entender la geopolítica y la geoestrategia».

El libro narra la trayectoria de Henry Kissinger, un diplomático de origen judío nacido en Alemania en 1923, que huyó del nazismo y se nacionalizó estadounidense en 1942. Aunque no pudo aspirar a la presidencia por no haber nacido en EE.UU., su brillante carrera lo llevó a ser asesor de seguridad nacional y luego secretario de Estado. Kissinger impulsó una nueva política exterior basada en la distensión, el acercamiento a China y el reconocimiento de la Unión Soviética como interlocutor en el equilibrio global.

Casi como por efecto de alguna ley natural, en cada siglo parece surgir un país con el poderío,la voluntad y el ímpetu intelectual y moral necesarios para modificar, según sus propios valores, todo el sistema internacional.

En el siglo XVII, Francia, encabezada por el cardenal Richelieu, dio un enfoque moderno a las relaciones internacionales, basado en la nación-Estado y motivado por intereses nacionales como su propósito supremo. En el siglo XVIII, Gran Bretaña introdujo el concepto de equilibrio del poder, que dominó la diplomacia europea durante los siguientes doscientos años.

En el siglo XIX, la Austria de Metternich reconstruyó el Concierto de Europa, y la Alemania de Bismarck lo desmanteló, convirtiendo la diplomacia europea en un frío juego de política del poder.

En el siglo XX, ningún país ha influido tan decisivamente, y al mismo tiempo con tanta

ambivalencia, en las relaciones internacionales como los Estados Unidos. Ninguna sociedad ha insistido con mayor firmeza en lo inadmisible de la intervención en los asuntos internos de otros Estados, ni ha afirmado más apasionadamente que sus propios valores tenían aplicación universal.Ninguna nación ha sido más pragmática en la conducción cotidiana de su diplomacia, ni más ideológica en la búsqueda de sus convicciones morales históricas. Ningún país se ha mostrado más renuente a aventurarse en el extranjero, mientras formaba alianzas y compromisos de alcance y dimensiones sin precedente.

Las singularidades que los Estados Unidos se han atribuido durante toda su historia han dado origen a dos actitudes contradictorias hacia la política exterior. La primera es que la mejor forma en que los Estados Unidos sirven a sus valores es perfeccionando la democracia del propio país, actuando así como faro para el resto de la humanidad; la segunda, que los valores de la nación le imponen la obligación de defenderlos en todo el mundo, como si de una cruzada se tratara.

Desgarrado entre la nostalgia de un pasado prístino y el anhelo de un futuro perfecto, el pensamiento norteamericano ha oscilado entre el aislacionismo y el compromiso, aunque desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hayan predominado las realidades de la interdependencia.

Ambas escuelas de pensamiento, la de los Estados Unidos como faro y la de los Estados Unidos como cruzado, consideran normal un orden global internacional fundamentado en la democracia, el libre comercio y el derecho internacional. Sin embargo, como tal sistema no ha existido nunca, a menudo esta evocación les parece utópica, por no decir ingenua, a otras sociedades.

El escepticismo extranjero, no obstante, nunca hizo mella en el idealismo de Woodrow Wilson, Franklin Roosevelt o Ronald Reagan ni tampoco en el de ningún otro presidente norteamericano del siglo XX. Si algo ha hecho, ha sido intensificar la fe del país en que es posible superar la historia, y en el razonamiento de que si el mundo realmente desea la paz, tendrá que aplicar las prescripciones morales que defienden los Estados Unidos.

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